Una pequeña ciudad de la costa levantina aguantó ocho meses el asedio del mayor general de su tiempo, Aníbal, esperando el auxilio de su aliada Roma. Roma no llegó. Y cuando ya no quedó muralla ni esperanza, los saguntinos hicieron una hoguera con todo lo que tenían —sus riquezas y sus vidas— antes que rendirse. Un siglo antes de Numancia, aquí ya latía el mismo corazón.

Enseña púnica de Cartago; Sagunto, ciudad íbera, no usaba bandera. Ni leyenda negra ni leyenda rosa.
Un siglo antes de que Numancia escribiera su página inmortal, otra ciudad de esta misma tierra ya había enseñado al mundo la misma lección terrible y grandiosa: que hay gente que prefiere arder a arrodillarse. Se llamaba Sagunto, y su nombre encendió, literalmente, una de las guerras que decidieron el destino del mundo antiguo.
Para entender por qué una ciudad pequeña acabó incendiando el mundo antiguo, hay que mirar a los dos gigantes que la rodeaban. Roma y Cartago eran las dos superpotencias del Mediterráneo, y se odiaban. En la Primera Guerra Púnica, Roma había vencido y humillado a Cartago, arrebatándole Sicilia. Para resarcirse, los cartagineses —la familia de los Bárcidas: Amílcar, Asdrúbal y el joven Aníbal— habían conquistado buena parte de Hispania, rica en plata y en guerreros, y la habían convertido en la base desde la que preparar la revancha.
Entre las dos potencias había una frontera pactada, el río Ebro, y una trampa legal: Sagunto, aliada de Roma, quedaba al sur de esa línea, en la zona de influencia cartaginesa. Aníbal sabía que atacarla obligaría a Roma a reaccionar y le daría la excusa que buscaba para la guerra. Por eso cayó sobre aquel cerro junto al mar con un ejército aplastante. Lo que no calculó fue cuánto le iba a costar: una ciudad de unos pocos miles de almas estaba a punto de tener en jaque, durante casi un año, al mejor general del mundo.
A finales del siglo III antes de Cristo, la costa levantina de la península estaba en el centro de un pulso entre las dos superpotencias del momento: Roma y Cartago. El joven y genial general cartaginés Aníbal Barca gobernaba una Hispania cartaginesa próspera y guerrera desde su capital, Cartago Nova —la actual Cartagena—, y sólo pensaba en una cosa: la revancha contra Roma, que había humillado a su patria en la guerra anterior. Le faltaba una excusa para empezar. La encontró en Sagunto.
Sagunto era una ciudad íbera pequeña pero rica, encaramada sobre un cerro junto al mar, que años atrás había sellado una alianza con la lejana Roma. Aníbal sabía que atacarla obligaría a Roma a reaccionar. En el año 219 a. C., marchó sobre ella con un ejército aplastante y la puso cerco.
Un cerro junto al mar en la costa levantina: el punto donde una ciudad diminuta prendió la mecha de una guerra que decidió el mundo antiguo.
Los saguntinos apenas conocían a sus poderosos aliados del otro lado del mar, pero cumplieron su palabra: en vez de abrir las puertas, se dispusieron a resistir, y enviaron mensajeros a Roma implorando socorro. Y aquí está el primer nudo trágico de esta historia, que se repetirá una y otra vez a lo largo de los siglos: la ayuda no llegó. Roma, enredada en sus propios asuntos y en discusiones diplomáticas, dudó, se demoró y, al final, no movió un dedo a tiempo. Sagunto se quedó sola frente a Aníbal.
Y aguantó. Aguantó ocho meses. Rechazaron asalto tras asalto desde sus murallas; resistieron el hambre cuando el cerco se cerró del todo; e inventaron o perfeccionaron un arma temible, la falárica —una jabalina envuelta en estopa ardiendo—, con la que incendiaban las torres de asalto y las máquinas del enemigo. El propio Aníbal fue herido de gravedad frente a sus muros. Una ciudad de unos pocos miles de habitantes tuvo en jaque, durante casi un año, al mejor ejército del mundo.
Pero sin refuerzos, el final sólo podía ser uno. Cuando tras ocho meses la muralla cedió y las tropas de Aníbal se disponían a entrar a sangre y saqueo, los saguntinos tomaron su última decisión, y la tomaron libres. No habría botín ni esclavos para Cartago. Reunieron en la plaza principal cuanto tenían de valor —el oro, la plata, sus enseres— y prendieron una enorme hoguera; y muchos de ellos, hombres, mujeres y niños, se arrojaron a las llamas con sus riquezas antes que caer en manos del vencedor. Aníbal conquistó, al fin, un montón de cenizas.
El heroísmo de Sagunto tiene dos tiempos. Primero, el aguante: ocho meses rechazando a las tropas de Aníbal desde unas murallas de ciudad pequeña, inventando armas como la falárica —la jabalina ardiente que incendiaba las torres de asalto— e hiriendo de gravedad al propio Aníbal. Todo ello mientras esperaban un socorro de Roma que dudaba, se demoraba y, al final, no llegó. Que un puñado de miles de personas resistiera casi un año al mejor ejército del mundo, y solas, ya es prodigioso.
Pero el segundo tiempo es el que las hizo inmortales: la elección final. Cuando la muralla cedió y no quedaba salida, los saguntinos tomaron, libres, la única decisión que aún les pertenecía. No habría botín ni esclavos para Cartago: reunieron en la plaza cuanto tenían de valor, prendieron una enorme hoguera y muchos se arrojaron a ella con sus riquezas —hombres, mujeres y niños— antes que caer en cadenas. No los movía un rey ni un imperio, que no tenían; los movía la palabra dada a un aliado que les falló, y el derecho a no arrodillarse. Aníbal conquistó un montón de cenizas. Un siglo antes que Numancia, Sagunto ya había escrito la misma lección terrible: que hay pueblos a los que se puede matar, pero no doblegar.
Prefirieron la muerte a la servidumbre, y arrojaron al fuego, junto con sus bienes, sus propias vidas.
Tito Livio y Apiano A partir de su relato del final de SaguntoLo más desgarrador de Sagunto es la espera. Durante ocho meses, aquella gente resistió mirando al horizonte del mar, hacia donde debían llegar las velas romanas que nunca aparecieron. Habían apostado su vida a la palabra de un aliado lejano, y fueron descubriendo, semana a semana, que ese aliado no vendría. Hay que imaginar la mezcla de esperanza y desengaño de cada amanecer sin refuerzos, el hambre apretando cuando el cerco se cerró del todo, y la certeza creciente de que estaban solos frente al mejor ejército del mundo. Cualquiera, en su lugar, habría abierto las puertas mucho antes.
Ellos no. Y cuando llegó el momento final, lo que sintieron aquellos hombres y mujeres al reunir sus bienes en la plaza y prender la hoguera es casi imposible de concebir para nosotros: el amor por lo que ardía, el terror ante las llamas y, por encima de todo, una voluntad de hierro de no entregarse. No fue desesperación ciega, sino una decisión tomada con los ojos abiertos —la de que su libertad valía más que su vida—. Los romanos, avergonzados de haberles fallado, reconstruyeron después Sagunto y honraron para siempre a aquellos aliados a los que abandonaron. Y nosotros, dos mil doscientos años después, todavía sentimos el escalofrío de aquel fuego: el de los que eligieron ser ceniza libre antes que carne esclava.
La caída de Sagunto no fue un final, sino el principio de un terremoto. Roma, avergonzada de no haber acudido, declaró la guerra a Cartago: había comenzado la Segunda Guerra Púnica, la que llevaría a Aníbal a cruzar los Alpes con sus elefantes y a poner a Roma al borde del abismo, y la que terminaría, años después, con Cartago aniquilada. Todo aquello empezó junto a un cerro de la costa valenciana, con el sacrificio de una ciudad que no quiso rendirse.
Sagunto es la hermana mayor de Numancia, y las dos son el mismo relato contado con un siglo de diferencia: el de un pueblo pequeño que, abandonado y sin ninguna posibilidad, elige la dignidad de morir libre antes que la comodidad de vivir esclavo. Los romanos, que acabarían dominando y reconstruyendo Sagunto, honraron para siempre a aquellos aliados a los que fallaron. Y nosotros, dos mil doscientos años después, seguimos contándolo, porque ahí —en aquel fuego— está una de las primeras chispas del carácter que recorre esta casa entera: el de quien, puesto contra la pared, no se rinde jamás.
Habitantes de una pequeña ciudad íbera que apenas conocían a sus aliados romanos del otro lado del mar, pero cumplieron su palabra hasta el final. Rechazaron asalto tras asalto durante ocho meses y, cuando cedió la muralla, prefirieron arrojarse al fuego con sus riquezas antes que caer esclavos.

El genial general cartaginés que gobernaba Hispania desde Cartago Nova y solo soñaba con la revancha contra Roma. Eligió Sagunto como excusa para la guerra. Fue herido de gravedad ante sus muros y conquistó, al cabo de ocho meses, un montón de cenizas.