Lo desterró su propio rey y se quedó sin tierra, sin casa y casi sin hombres. Diez años después, Rodrigo Díaz de Vivar era señor de Valencia, había frenado al ejército que aterrorizaba a toda la Península y su nombre —el Cid, «el señor»— lo pronunciaban con respeto tanto cristianos como musulmanes. La historia real, tan grande como la leyenda, de un hombre que solo tenía su palabra y su espada.

El emblema representa a los almorávides; la Cruz de Santiago, a las mesnadas del Cid.
Rodrigo Díaz nació hacia 1048 en Vivar, cerca de Burgos, y se crió en la corte de Castilla como el mejor guerrero de su generación: por eso lo llamaron Campeador, «el que vence en el campo». Pero su fama despertó envidias, y una embajada mal interpretada le costó el favor del rey Alfonso VI, que lo desterró. De un día para otro, el hombre más admirado de Castilla se quedó sin tierra, sin casa y con solo un puñado de fieles que quisieron seguirle al destierro.
Empezó entonces la parte más asombrosa de su vida. En la frontera revuelta de la Península —donde reinos cristianos y taifas musulmanas se aliaban y traicionaban sin cesar—, el Cid se ganó la vida y el respeto con la espada. Sirvió incluso al rey musulmán de Zaragoza, que lo tuvo por el mejor de sus capitanes. No era un cruzado de estampa: era un hombre de frontera, leal a su palabra por encima de banderas, y esa lealtad fue, al final, lo que lo hizo grande.
El mundo del Cid no era el de dos bandos enfrentados, sino un tablero endiablado. Al desmoronarse en 1031 el gran Califato de Córdoba, al-Ándalus se había roto en una treintena de pequeños reinos, las taifas, que se peleaban entre sí y pagaban parias —tributo en oro— a los reyes cristianos del norte a cambio de protección. Cristianos y musulmanes se aliaban, se traicionaban y se combatían sin cesar, a menudo todo a la vez. En esa frontera mestiza, un buen capitán valía su peso en oro para quien pudiera pagarlo, fuera cual fuera su fe.
Pero en 1086 algo cambió el tablero: llegaron de África los almorávides, un imperio bereber, austero y fanático, gobernado desde Marrakech. Ese año aplastaron al rey Alfonso VI en Sagrajas, y el terror cundió por toda la Península: parecían imparables. Fue precisamente contra esa marea recién llegada contra la que el Cid, un desterrado sin corona, iba a plantarse en Valencia.
Lo asombroso de Rodrigo Díaz es que llegó a ser, él solo, una potencia. Sin reino ni título, al frente de su mesnada —una hueste de fieles de frontera—, su palabra acabó valiendo más que la de muchos reyes, y su espada decidiendo el destino de ciudades. La tradición le atribuye algo que casi nadie puede decir: no perdió una sola batalla en toda su vida. Sus armas —las espadas Tizona y Colada, el caballo Babieca— se hicieron tan legendarias como él.
De Vivar y Burgos al Levante: la ruta de un desterrado que se ganó, palmo a palmo, el reino de Valencia.
Alfonso VI lo destierra de Castilla. El Cantar de Mio Cid abrirá con esa imagen inmortal: Rodrigo mirando su casa vacía, «los ojos muy grandes tornando la cabeza». Sale a ganarse un mundo con lo poco que le queda.
Sirve al taifa de Zaragoza, vence a cristianos y musulmanes por igual, reúne una hueste temible y se convierte en una potencia por sí mismo en el Levante. Su palabra empieza a valer más que la de muchos reyes.
Pone sitio a la rica y populosa Valencia, entonces en manos musulmanas y amenazada por los fanáticos almorávides recién llegados de África. Tras un asedio largo y durísimo, la ciudad capitula el 15 de junio de 1094. El desterrado es ahora señor de un reino.
Los almorávides —que venían de aplastar a los reyes cristianos en Sagrajas— acuden con un ejército enorme a recuperar Valencia. En Cuarte, a las puertas de la ciudad, el Cid los derrota con una salida audaz. Es de los primeros en pararles los pies cuando parecían imparables.
Muere en Valencia, dueño de su reino, sin haber perdido una batalla. La leyenda dirá que aún muerto, atado a su caballo Babieca, ganó una última salida. Su viuda, doña Jimena, resistiría en la ciudad tres años más.
El heroísmo del Cid no es solo el de la espada —aunque de esa le sobraba—, sino uno más raro y más difícil: el de la lealtad a la palabra dada, incluso hacia quien no la merecía. Su propio rey lo había desterrado por envidias de corte y una embajada mal interpretada, arrancándole tierra, casa y honra. Cualquiera se habría vuelto contra Alfonso VI; el Cid, en cambio, siguió respetándolo como señor, le envió parte de sus botines y nunca alzó las armas contra Castilla. Esa hidalguía en la desgracia es lo que arranca al poeta el verso más famoso de nuestra lengua: «¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!».
Y estaba el arrojo militar, cuyo momento cumbre fue Cuarte. Recién dueño de Valencia, con una hueste pequeña, vio caer sobre él al enorme ejército almorávide que venía de humillar a los reyes cristianos. En vez de encerrarse a esperar el asedio, hizo lo contrario de lo prudente: una salida audaz que deshizo al enemigo a las puertas de la ciudad. Fue de los primeros en toda la Península en pararles los pies cuando parecían invencibles. No peleaba por una bandera —había servido a cristianos y a musulmanes—, sino por los suyos, por lo pactado y por un nombre que se había ganado a pulso. Esa es su grandeza: no la fe de sus enemigos, sino el honor con que los trató.
Valencia volvería a manos musulmanas pocos años después de su muerte: el Cid no dejó una conquista permanente, sino algo más duradero. Dejó un modelo. El Cantar de Mio Cid, primera gran obra de la literatura española, lo fijó para siempre no como un santo ni como un carnicero, sino como algo más humano y más admirable: un hombre justo, mesurado, leal a su palabra y a los suyos, que cae en desgracia sin merecerlo y se levanta a fuerza de mérito. Ese retrato —el del hombre que se hace a sí mismo con honradez— se volvió parte del alma de un idioma.
¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!
Cantar de Mio Cid Ante el destierro del CampeadorEl «Cantar» arranca con una de las imágenes más conmovedoras de nuestra literatura: Rodrigo saliendo al destierro, volviendo la cabeza para mirar por última vez su casa vacía, las puertas abiertas, las perchas sin las pieles, «llorando de los ojos, tan fuertemente». En ese instante está todo lo que debió de sentir un hombre que lo había dado todo por su rey y su tierra y se quedaba, de la noche a la mañana, sin nada. No la rabia del traidor, sino el dolor callado del que ha sido injustamente humillado y aun así no se rebaja.
Y luego, año a año, el sentimiento contrario: el orgullo tranquilo de quien se rehace a sí mismo. No sabemos qué sintió el Cid al entrar como señor en la Valencia que había conquistado desterrado y sin nada, pero podemos imaginarlo. Y sabemos lo que sintió doña Jimena, que compartió el destierro y la gloria y que, muerto su marido, aún resistió al frente de la ciudad tres años más, hasta que fue imposible sostenerla. La firmeza que el «Cantar» celebra no fue solo la de un guerrero: fue la de una familia que, echada de todo, decidió ganarse un mundo a fuerza de mérito y de palabra. Ese sentimiento —el de que uno vale por lo que hace, no por lo que hereda— es quizá lo más nuestro que nos dejó el Campeador.
Porque el Cid es uno de los primeros grandes personajes de nuestra lengua, y no es casual que lo sea uno tan complejo: un hombre que sirvió a reyes cristianos y musulmanes, que respetó pactos con unos y con otros, y que fue admirado por sus propios enemigos. En nuestro mapa, 1094 enciende Valencia — el reino que un desterrado se ganó cuando no tenía nada más que su temple.
Y conviene mirarlo sin leyenda: la España del siglo XI no era un tablero de buenos y malos, sino una frontera mestiza donde se convivía, se comerciaba y se guerreaba entre tres culturas, a menudo todo a la vez. El Cid es hijo de ese mundo, y por eso su grandeza no está en a quién combatió, sino en cómo: cumpliendo su palabra, tratando con honor al vencido, negándose a la bajeza incluso cuando su rey se la hizo a él. Esa figura —la del hombre que vale por lo que hace y no por lo que hereda— sería después la de tantos que cruzaron el mar a ganarse un nombre. El Campeador es el primer eslabón de esa larga cadena de gente común que decidió ser dueña de su destino.
Desterrado por su rey, se ganó un reino con la espada y la palabra. Hombre de frontera, leal a lo pactado por encima de banderas, admirado por cristianos y musulmanes. Murió señor de Valencia sin haber perdido una batalla, y el Cantar lo hizo alma de un idioma.
Compañera del destierro y de la gloria. A la muerte del Campeador resistió al frente de Valencia tres años más, hasta que fue imposible sostenerla. La firmeza que el Cantar celebra no fue solo del Cid.

El rey que desterró al Campeador por una embajada mal interpretada y unas envidias de corte. De aquel agravio nació la frase inmortal: «¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!». La grandeza del Cid creció, en parte, del error de su rey.