Castilla venía de la peor derrota de su historia y el imperio almohade parecía imparable. Entonces ocurrió lo más difícil: los reyes de Castilla, Aragón y Navarra aparcaron sus pleitos y subieron juntos a Sierra Morena. El 16 de julio de 1212, guiados por un pastor que conocía un paso que no venía en los mapas, decidieron el futuro de la península en una sola mañana.

El imperio almohade no usaba una bandera nacional en el sentido moderno; se representa aquí con un emblema, no con una enseña histórica concreta.
Para el año 1195, la palabra «Alarcos» era sinónimo de catástrofe. Aquel verano, el ejército de Alfonso VIII de Castilla se había lanzado, solo y confiado, contra el poder almohade, y había sido deshecho por completo en los llanos de la actual Ciudad Real. Miles de castellanos quedaron en el campo o cautivos, y el propio rey escapó a duras penas. El imperio almohade —un califato bereber, riguroso y guerrero, que gobernaba desde Marrakech y que había sometido con dureza no solo a los reinos cristianos, sino también a los propios musulmanes de al-Ándalus y a sus juderías— parecía dueño invencible de media península.
Alfonso VIII pasó los diecisiete años siguientes rumiando la revancha. Pero era un hombre que había aprendido en su propia carne la lección más difícil: a Alarcos había ido solo, y solo se pierde. Entendió que la victoria no dependía tanto de las armas como de algo mucho más raro en aquella península troceada en reinos que se disputaban cada legua de frontera: la unidad.
Conseguirla costó casi tanto como la propia batalla. Hizo falta que el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada —cronista, diplomático y alma de toda la empresa—, recorriera media Europa predicando; que el papa Inocencio III proclamara cruzada; y que los viejos rencores se guardaran, siquiera por un verano. En la primavera de 1212 se juntó en Toledo un ejército como no se recordaba: castellanos, aragoneses con su rey Pedro II, navarros con Sancho VII el Fuerte, más caballeros de León y de Portugal a título propio, las órdenes militares del Temple, Calatrava y Santiago, y millares de cruzados llegados de allende los Pirineos.
Pero aquellos cruzados ultramontanos duraron poco. Cuando el ejército tomó la fortaleza de Calatrava y Alfonso VIII dejó marchar con vida a su guarnición musulmana en lugar de pasarla a cuchillo, los franceses —que habían venido a saquear y a matar infieles— se sintieron estafados y, con el calor asfixiante de junio por excusa, emprendieron en masa el regreso a casa. No importó. Quedaban los de aquí. Esta batalla, la más importante de todas, la ganarían los pueblos de la península solos.
Para medir lo que estaba en juego hay que mirar quién era el enemigo. El imperio almohade no era un reino de taifas más: era un califato bereber gobernado desde Marrakech que se extendía por casi todo el norte de África y por al-Ándalus, uno de los mayores Estados del Mediterráneo occidental de su tiempo. Riguroso y guerrero, había sometido con dureza no solo a los cristianos, sino también a los propios musulmanes andalusíes y a sus juderías. Diecisiete años antes había humillado a Castilla en Alarcos. Enfrente, no una potencia, sino un puñado de reinos pequeños que se pasaban la vida disputándose las fronteras.
Sierra Morena era la gran muralla natural que separaba la meseta castellana de la Andalucía musulmana: quien controlaba sus estrechos pasos, controlaba la puerta de al-Ándalus. Por eso el califa había cerrado el puerto de la Losa: meterse por él era morir. Todo el plan cristiano se jugaba en cómo cruzar esa cordillera sin dejarse la campaña en el intento.
El ejército coaligado parte de Toledo hacia el sur, recuperando por el camino Malagón y Calatrava. El califa al-Nasir — «Miramamolín» para los cronistas — espera al otro lado de Sierra Morena con fuerzas muy superiores, dueño de los pasos.
El puerto de la Losa está bloqueado: meterse es morir. Cuando los reyes debaten retirarse, un pastor de la sierra — la tradición lo llama Martín Alhaja — ofrece lo que ningún estado mayor tenía: un paso de ganado que no vigila nadie. Por la senda del pastor, el ejército entero amanece en la meseta, frente al campamento califal, sin haber perdido un hombre.
Choque frontal en las navas. El centro cristiano avanza, sufre, y cuando la jornada se inclina hacia el desastre, los tres reyes cargan en persona con sus reservas. La caballería navarra de Sancho el Fuerte llega hasta el palenque del califa — un recinto de guardias encadenados entre sí — y lo revienta. Al-Nasir huye a uña de caballo; su ejército se deshace.
Caen Vilches, Baeza y Úbeda: Sierra Morena, la muralla natural de al-Ándalus, ha cambiado de dueño. El imperio almohade, herido de muerte, se descompondrá en una generación.
Merece la pena detenerse en aquella mañana, porque en unas pocas horas se decidió el rumbo de siglos. Cuando el sol del 16 de julio se alzó sobre la meseta, los dos ejércitos se vieron por fin las caras. Arriba, el califa al-Nasir aguardaba sentado en su tienda roja —cuentan las crónicas que con el Corán en una mano y la cimitarra en la otra—, rodeado de un anillo de guardias esclavos encadenados unos a otros para que ninguno pudiera huir: una muralla de hombres, el llamado palenque.
El choque fue brutal. La vanguardia cristiana, al mando de Diego López de Haro, se lanzó ladera arriba y quedó atrapada bajo una lluvia de flechas; el centro empezó a ceder, y por un instante la jornada olió a un segundo Alarcos. Fue entonces cuando los tres reyes, que esperaban con la reserva, decidieron jugárselo todo a una sola carga. La tradición cuenta que un caballero avisó a Alfonso VIII de que la batalla se perdía, y que el rey, señalando la tienda del califa, respondió que allí habían de morir o vencer. Espolearon juntos, castellanos, aragoneses y navarros mezclados, monte arriba.
La caballería de Sancho VII el Fuerte —un gigante que medía más de dos metros— reventó aquel anillo de esclavos encadenados y llegó hasta la mismísima tienda del califa. Al-Nasir tuvo que huir a uña de caballo, arrancado del campo por los suyos casi a la fuerza. Cuando cayó su estandarte, el inmenso ejército almohade se deshizo como la sal en el agua. Aquellas cadenas rotas del palenque son las que, desde entonces y hasta hoy, cruzan el escudo de Navarra.
Los vencedores empujaron aún unas semanas y tomaron Baeza y Úbeda; esta última resistió, y al caer sus habitantes fueron muertos o vendidos como esclavos, porque la guerra medieval no tenía la piedad que a veces le presta la leyenda. Pero enseguida el hambre y la peste se cebaron con el propio ejército vencedor, que hubo de volverse a casa: el gran año de la victoria fue también un año de miseria. Del otro lado, en cambio, el desastre fue definitivo: el califa al-Nasir huyó a Marrakech y murió al año siguiente, y el imperio almohade, herido de muerte, se despedazó en una sola generación.
El fruto verdadero tardó en llegar, pero llegó. Por la puerta que Las Navas había abierto en Sierra Morena bajaría, una generación después, Fernando III el Santo, que tomaría Córdoba en 1236 y Sevilla en 1248, y con ellas casi todo el sur. Los recuerdos de aquella jornada duran hasta hoy: en La Carolina, junto al campo de batalla, un monumento honra al pastor; y Alfonso VIII escribió al papa una carta, que aún se conserva, contando la victoria casi con incredulidad.
El día dieciséis, con el auxilio de Dios, vencimos en batalla campal al rey de Marruecos: suya fue la muchedumbre y nuestra la victoria.
Alfonso VIII de Castilla De su carta al papa Inocencio III, 1212Cuesta imaginar el peso que cargaban aquellos hombres al subir a la sierra. Castilla venía de Alarcos, la mayor humillación de su historia reciente; muchos de los que marchaban habían perdido allí a un padre o a un hermano, y sabían que se dirigían contra el mismo enemigo que los había deshecho. Cuando llegaron al puerto de la Losa y lo encontraron cerrado a cal y canto, con el califa esperando arriba, el desánimo debió de ser inmenso: se habló abiertamente de dar media vuelta. Ir adelante parecía ir al matadero; volver, repetir la vergüenza de diecisiete años atrás.
Fue entonces cuando apareció el pastor con su paso de ganado, y todo cambió. Amanecer de pronto en lo alto, frente al campamento del califa, sin haber perdido un hombre, debió de sentirse como una señal. Y aun así, en lo peor de la batalla, cuando el centro cedía y la mañana olía a segundo Alarcos, hizo falta algo más que fe: hizo falta que tres reyes que se detestaban miraran a la vez la tienda roja del califa y decidieran, juntos, morir o vencer allí. No sabremos qué se dijeron al espolear monte arriba, mezclados castellanos, aragoneses y navarros; pero lo que sintieron al ver caer el estandarte enemigo lo escribió Alfonso VIII con incredulidad de niño en su carta al papa: «suya fue la muchedumbre y nuestra la victoria». Era el asombro de descubrir, por fin, lo que podían hacer si dejaban de pelearse entre ellos.
Porque es la primera gran lección del método hispano: divididos, Alarcos; juntos, Las Navas. Tres reinos que se disputaban las fronteras pelearon una mañana como un solo pueblo, y esa mañana pesó más que los diecisiete años anteriores. En nuestro mapa, el 16 de julio se enciende Sierra Morena: el paso del pastor que los mapas no conocían.
Y esa lección no ha envejecido. La misma península que aquel día aprendió a sumar reinos acabaría, siglos después, tejiendo una civilización entera a los dos lados del océano. Todo lo que vino luego —las coronas que se unieron, la lengua que hoy hablan cientos de millones de personas de veinte países— tiene aquí, en un humilde paso de ganado de Sierra Morena, uno de sus primeros latidos. Es la historia que nos une, contada desde su raíz: cuando los que se pelean deciden, siquiera una vez, mirar en la misma dirección, no hay poder en la tierra que los resista.

Diecisiete años después de Alarcos entendió que solo se pierde: forjó la unidad de los reinos. En el momento crítico señaló la tienda del califa y cargó con la reserva.

Un gigante de más de dos metros. Su caballería reventó el palenque de esclavos encadenados del califa; aquellas cadenas cruzan desde entonces el escudo de Navarra.

Cronista, diplomático y alma de la empresa. Recorrió media Europa predicando la cruzada y dejó el relato de testigo que aún leemos de aquella jornada.