En 1403, casi un siglo antes de que se hablara de América, el rey Enrique III de Castilla hizo algo asombroso: envió una embajada al corazón de Asia, a la corte de Tamerlán, el conquistador más temido de su tiempo. Al frente iba Ruy González de Clavijo, un hombre de la casa del rey que cruzó el Mediterráneo, Constantinopla, Persia y los desiertos de Asia central hasta llegar a Samarcanda. Volvió tres años después con un libro que hoy es un tesoro: la crónica más viva que dejó un europeo de aquel mundo lejano.

A comienzos del siglo XV, el mundo que un castellano podía imaginar terminaba mucho antes de llegar a Asia. Y sin embargo, en aquellos años, un nombre corría por Europa como un trueno lejano: Tamerlán —Timur, el señor de Samarcanda—, un conquistador que había levantado un imperio descomunal en el corazón de Asia y que en 1402, en la batalla de Ankara, había hecho lo que nadie: derrotar y capturar al poderosísimo sultán turco Bayaceto, el mismo que tenía en jaque a la cristiandad de Oriente.
El rey Enrique III de Castilla, un monarca joven y enfermizo pero de miras largas, entendió lo que aquello significaba. Si el turco tenía un enemigo capaz de aplastarlo por la espalda, valía la pena conocerlo. Ya había mandado dos observadores que asistieron de lejos a aquella guerra, y Tamerlán, halagado de que un rey del último confín de Occidente se fijara en él, le devolvió el gesto con embajador y regalos. Enrique III respondió con una embajada en toda regla. Y para escribirla eligió, entre otros, a un hombre de su casa: Ruy González de Clavijo.
No fue un viaje: fue una travesía por casi todo el mundo conocido. Salieron de junto a Cádiz, cruzaron el Mediterráneo de punta a punta, invernaron en Constantinopla, pasaron al mar Negro y de allí, ya sin mar, se metieron a caballo por las montañas de Armenia, las mesetas de Persia y los desiertos de Asia central hasta Samarcanda. Este es el camino que recorrió la embajada de Castilla.
Tres hombres al frente: el camarero real Ruy González de Clavijo, el fraile y maestro en teología Alfonso Páez de Santa María y el guardia Gómez de Salazar. Con ellos, un embajador que Tamerlán había enviado a Castilla y que ahora regresa a casa.
Bordean la costa, hacen escala en Málaga, las Baleares, Italia y Rodas. El mar los zarandea con temporales; una galera estuvo a punto de perderse. Llegan por fin a Constantinopla, la vieja Roma de Oriente, cercada por los turcos pero todavía en pie.
Pasan el invierno en la ciudad. Clavijo recorre Santa Sofía, venera las reliquias, describe palacios e iglesias con la mirada asombrada de quien sabe que está viendo algo único. Es ya un cronista sin proponérselo.
Cruzan el mar Negro hasta Trebisonda, el último puerto cristiano. A partir de aquí no hay barcos: montañas de Armenia, ríos, caravanas y postas de caballos por el imperio de Tamerlán. Entran en un mundo que ningún castellano había pisado.
Atraviesan Tabriz, Teherán y las tierras de Persia bajo un sol de fragua. Tamerlán ha ordenado que a sus embajadores no les falte de nada y que viajen deprisa: es cuestión de honor. Clavijo lo anota todo —ciudades, bazares, costumbres— y su libro se vuelve los ojos de Europa sobre Oriente.
Llegan a la capital de Tamerlán, en el corazón de Asia. Los reciben entre banquetes fastuosos, tiendas de seda, elefantes y árboles fingidos de oro y plata cargados de frutas de piedras preciosas. Clavijo describe una ciudad rebosante de mercancías de China, la India y Rusia, y la compara con Sevilla.
Tamerlán, ya anciano y enfermo, prepara una nueva campaña —esta vez contra China— y despide a los embajadores casi a toda prisa. Comienza el durísimo regreso, en pleno invierno. En el camino muere Gómez de Salazar. El conquistador morirá pocos meses después, en 1405, sin llegar a China.
Casi tres años después de partir, Clavijo se presenta ante Enrique III y le cuenta lo que ha visto. Poco después pone su viaje por escrito. El rey muere ese mismo año; el libro, en cambio, no ha dejado de leerse desde entonces.
El imperio de Tamerlán se deshizo en cuanto él faltó, como se deshacen los imperios que dependen de un solo hombre. La embajada, en apariencia, no cambió nada: no hubo alianza, ni guerra conjunta contra el turco, ni consecuencia política duradera. Y sin embargo dejó algo que ha durado más que muchos tratados: un libro. La «Embajada a Tamorlán» de Ruy González de Clavijo es la relación más completa y viva que un europeo escribió sobre Samarcanda y la corte de Timur, y una de las primeras grandes obras de literatura de viajes en lengua castellana.
La ciudad de Samarcanda es algo mayor que la ciudad de Sevilla.
Ruy González de Clavijo midiendo el corazón de Asia con la única vara que conocía: su tierra. «Embajada a Tamorlán»Lo que sintieron aquellos castellanos hubo de ser un asombro sin medida. Habían salido de una Castilla pequeña y lejana para cruzar medio mundo conocido —mares, montañas, desiertos— y plantarse en Samarcanda, la capital deslumbrante del hombre más temido de la tierra. Ver aquellos jardines, aquellas tiendas de seda, aquel poder inmenso, y saberse observados como curiosidad venida del último rincón de Occidente, tuvo que encoger y agrandar el ánimo a la vez.
Y hubo el orgullo callado de cumplir. Ruy González de Clavijo volvió años después para contarlo por escrito, y su relación es una de las grandes aventuras de nuestra lengua: la prueba de que, mucho antes de las Indias, ya había hombres capaces de ir hasta el fin del mundo por curiosidad y por deber, y de regresar para dejarlo contado.
Porque desmiente de un plumazo la idea de una Castilla encerrada en sí misma, de espaldas al mundo. Casi noventa años antes de que Colón cruzara el Atlántico, un rey de aquel reino del extremo de Europa tuvo la curiosidad y el arrojo de mandar hombres al otro extremo de Asia, solo para saber quién era aquel conquistador del que todos hablaban. Aquella sed de mirar más allá del horizonte —de ir a ver con los propios ojos lo que había al final del camino— es la misma que, una generación después, empujaría las carabelas. La embajada a Tamorlán no es una rareza: es un ensayo temprano de esa mirada larga.
Y hay que contarlo entero, sin dorarlo. Tamerlán fue un genio militar y también un conquistador atroz: sus campañas dejaron ciudades arrasadas y muertos sin cuento, y los embajadores admiraron su corte sin llegar a ver del todo lo que había costado. Clavijo no era un santo ni un sabio, sino un hombre práctico de su tiempo, con sus prejuicios a cuestas. Pero tuvo el mérito raro de mirar de frente un mundo distinto y contarlo con honradez y asombro, sin convertirlo en monstruo ni en paraíso. Por eso su libro sigue vivo: porque en él, seis siglos después, todavía se oye a un hombre asomándose por primera vez al fin del mundo conocido y atreviéndose a describirlo.