Lo llamaron el Sansón de Extremadura, y no era un apodo poético: detenía un carro tirando de la rueda, partía herraduras entre los dedos y, cuenta la leyenda, sostuvo él solo un puente sobre el Tíber contra una multitud. Pero detrás de la fuerza había algo mayor: la lealtad de un soldado que sirvió a la misma casa desde Trujillo hasta los campos de Italia, y ayudó a forjar la infantería que dominaría Europa siglo y medio.

En Trujillo, en la dura Extremadura de donde saldrían tantos hombres a ganar mundo, nació hacia 1466 un muchacho de tamaño y fuerza descomunales. Se cuenta que de joven, en un arranque de ira, hirió a un clérigo y tuvo que huir a Roma para salvar la vida: allí, sirviendo en la guardia del papa Alejandro VI, empezó la leyenda del hombre que detenía a un toro por los cuernos y doblaba barras de hierro como si fueran mimbre.
Pero Diego García de Paredes no fue solo un forzudo de feria. Fue un soldado que aprendió el oficio en la mejor escuela de su tiempo y lo puso, entero, al servicio de una causa. Cuando el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, empezó a reinventar la guerra en Italia, encontró en aquel gigante de Trujillo el brazo que necesitaba. Y la fuerza, por fin, tuvo dirección.
De Trujillo a Roma y a los campos de Italia: la línea que une una tierra dura de Extremadura con las batallas donde nacía la mejor infantería de Europa.
La tradición cuenta que, cercado por una turba en Roma, se hizo fuerte en un puente y lo defendió él solo con su espadón hasta que llegaron los suyos. Cierto o exagerado, el relato dice mucho: los hombres que lo conocieron creyeron que era capaz de hacerlo.
Encerrado con el Gran Capitán en Barletta, participa en el célebre desafío entre trece caballeros italianos y trece franceses que defendía el honor de las armas italianas y españolas frente a una burla francesa. La victoria de los trece se celebra aún hoy en Italia: fue un torneo, pero también una declaración de que aquel ejército no se dejaba humillar.
En las dos batallas que dieron Nápoles a España, Paredes pelea en primera línea. En el Garellano, cuenta la crónica, defendió él solo el puente de barcas para que pasara el ejército, repartiendo mandobles hasta que le fallaron las fuerzas. La infantería que allí venció sería la semilla de los tercios.
En una de las batallas más sangrientas del siglo cae gravemente herido, dado por muerto entre los cadáveres. Se levanta. Lo suyo no era solo fuerza: era una tenacidad que asustaba.
Ya veterano y famoso en toda Europa, combate en Pavía, donde la infantería española captura al mismísimo rey de Francia. Es el punto más alto del poder de la Monarquía, y Paredes, el viejo coloso, todavía está allí.
Muere en Bolonia — según la tradición, a consecuencia de una caída al intentar, ya anciano, una última demostración de fuerza. Deja escrita de su puño una breve Suma de las cosas que le acontecieron: el propio gigante contando, con sencillez de soldado, una vida de asombro.
Cervantes lo inmortalizó: en el Quijote, cuando el cura repasa los libros de caballerías, se dice que Diego García de Paredes fue un caballero real que hizo cosas que ni los de las novelas. Y es que su figura quedó a caballo entre la historia y el mito, como Roldán o el Cid. Pero lo importante no es cuántas de sus hazañas de fuerza fueron ciertas al pie de la letra; es que encarnó, más que nadie, al soldado de infantería español que estaba naciendo: humilde de cuna, leal hasta la muerte, capaz de sostener él solo lo imposible.
Hombre de tan grandes fuerzas, que con una cadena de hierro detenía la rueda de un molino… y con todo, más se preciaba de leal que de fuerte.
Del recuerdo de sus compañeros de armas Sobre el Sansón de ExtremaduraLo que sintió aquel hombre de fuerza descomunal —el «Sansón de Extremadura» que, según se cuenta, partía herraduras entre los dedos— fue, más allá de la leyenda, la vida entera del soldado de su tiempo: la de quien se juega el cuerpo en mil combates lejos de casa, poniendo su vigor al servicio de una causa que casi siempre lo dejaría sin premio. Detrás de las anécdotas de forzudo había un profesional del valor, curtido en las guerras de Italia junto al Gran Capitán.
Debió de sentir, como tantos de aquella generación, la mezcla de orgullo y de olvido: admirado por su fuerza, temido en el campo, y sin embargo destinado a vivir más en la leyenda que en la gloria oficial. Su fama de gigante ha durado siglos; el hombre cansado que había detrás merece recordarse también.
Porque detrás de los grandes generales y de las fechas de las batallas hubo siempre esto: hombres concretos, salidos de aldeas pobres, que pusieron el cuerpo. Paredes es el rostro del soldado anónimo elevado a leyenda — el mismo pueblo llano de Extremadura, de Castilla, de toda la Península, que un poco después cruzaría el océano. En nuestro mapa, su vida traza una línea que une Trujillo con Italia: la de una tierra dura que exportaba, más que oro, coraje.
Y hay algo entrañable en que el hombre más fuerte de su siglo se preciara, según los suyos, más de leal que de forzudo. Porque esa es la clave de toda esta historia: la fuerza sola no construye nada: destruye. Lo que hizo grande a aquella generación no fueron los brazos de titán, sino ponerlos al servicio de algo más grande que uno mismo. Del Sansón de Extremadura no nos queda tanto la anécdota de las herraduras partidas como la lección: que la verdadera fortaleza es la que se entrega. De su tierra y de su temple saldría, pocos años después, la infantería que asombró al mundo — y que aún late en la memoria común de los pueblos que hablan español.

El hombre más fuerte de su siglo: detenía un carro por la rueda y doblaba barras de hierro. Pero se preciaba, según los suyos, más de leal que de forzudo. Cervantes lo inmortalizó como un caballero real que hizo cosas que ni los de las novelas.

El general que reinventó la guerra en Italia encontró en el gigante de Trujillo el brazo que necesitaba. Bajo su mando, la fuerza de Paredes tuvo por fin dirección, y la infantería que venció en Ceriñola y el Garellano fue la semilla de los tercios.