En doce meses, Gonzalo Fernández de Córdoba pasó de resistir encerrado en Barletta a ganar las dos batallas que enterraron la Edad Media militar: Ceriñola — la primera victoria de la pólvora — y el Garellano, su obra maestra. De su escuela saldrían los tercios que dominarían Europa siglo y medio.

La flor de lis, enseña del Reino de Francia; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
A comienzos del siglo XVI, Italia era el tablero donde se decidía quién mandaría en Europa, y Nápoles, rica y estratégica, la casilla más codiciada. En 1500, las dos grandes potencias del momento —la España de los Reyes Católicos y la Francia de Luis XII— habían firmado un pacto tan ambicioso como cínico: repartirse el reino entre las dos y expulsar a su rey. Conquistado Nápoles, los socios se enzarzaron, como era previsible, en la disputa por el reparto, y los aliados de ayer amanecieron enemigos. Ahí prendió la guerra.
Sobre el papel no había color. Francia tenía la caballería pesada más temida del continente y a los piqueros suizos, tenidos por invencibles desde hacía un siglo. El ejército hispano era menor, cobraba tarde y peleaba a mil kilómetros de casa. Pero lo mandaba un cordobés de Montilla que llevaba años dándole vueltas a lo impensable: Gonzalo Fernández de Córdoba, curtido en los diez años de la guerra de Granada, un hombre de una frialdad y una elegancia tácticas que sus propios enemigos acabarían reconociendo al bautizarlo el Gran Capitán.
Su revolución fue de las que no lucen en los desfiles. Comprendió antes que nadie que el caballero acorazado, dueño de los campos de batalla durante mil años, tenía los días contados. Dio a la infantería armas de fuego portátiles en masa —los arcabuces—, la organizó en unidades flexibles donde picas, espadas y pólvora se protegían unas a otras, y la enseñó a manejar la pala tanto como la espada: atrincherarse, elegir el terreno y obligar al enemigo a atacar justo donde a él le convenía. No inventó ninguna de aquellas armas; inventó la forma de combinarlas. Todo lo que después sería el tercio nació en aquellos campamentos.
De Barletta al Garellano, la campaña se jugó en el reino de Nápoles: primero encerrado, afilando; después, en dos golpes que cambiaron la historia militar.
Superado en número, Gonzalo se encierra en Barletta y se niega a presentar la batalla que Francia le exige a gritos. Mientras los franceses se burlan, él adiestra, fortifica y espera sus refuerzos. Del pulso de honor de aquellos meses queda el famoso Desafío de Barletta, el duelo entre trece caballeros italianos y trece franceses que ganaron los italianos, aliados de España.
Gonzalo elige una ladera de viñedos, cava un foso, levanta un parapeto y coloca detrás a sus arcabuceros. La flor de la caballería francesa carga al atardecer… y se estrella contra la zanja bajo una lluvia de plomo. El duque de Nemours cae con ella; los suizos que siguen, también. En media hora, la batalla ha terminado: es la primera gran victoria de la historia ganada por la pólvora de infantería. Los libros de arte militar tienen un antes y un después de esa tarde.
El Gran Capitán entra en Nápoles entre aclamaciones. Pero Francia envía un ejército nuevo y aún mayor, y el otoño encuentra a los dos ejércitos clavados frente a frente en las ciénagas del río Garellano, bajo una lluvia interminable.
Mientras los franceses invernan confiados en que nadie ataca en ese barro, Gonzalo hace construir en secreto un puente de barcas, cruza el río de madrugada por donde nadie lo espera y cae sobre el campamento enemigo. La retirada francesa se convierte en derrumbe; Gaeta capitula días después. Nápoles será hispano durante dos siglos.
El Gran Capitán no solo cambió cómo se ganaban las batallas, sino la manera de comportarse en ellas. En pleno combate de Ceriñola, un pañol de pólvora estalló por accidente y estuvo a punto de sembrar el pánico en sus filas; Gonzalo, sin perder la calma, gritó a los suyos que aquellos eran «los fuegos de la victoria», y siguió adelante. Y cuando terminó la matanza y le trajeron el cuerpo del duque de Nemours, el caudillo enemigo, no lo exhibió como trofeo: le rindió honores y lo lloró como a un igual, tal como lo pintaría siglos después Federico de Madrazo.
Aquella mezcla de dureza y cortesía, de cálculo helado y magnanimidad con el vencido, fue tan parte de su escuela como los arcabuces. Sus soldados lo adoraban porque compartía con ellos el barro y el peligro y repartía el botín con largueza; sus enemigos lo respetaban porque sabía vencer sin humillar. Ganar estaba bien; ganar con grandeza, mejor.
Gonzalo gobernó Nápoles como virrey con una generosidad que se hizo proverbial, hasta que la desconfianza del rey Fernando — dicen que había en la corte quien le pedía cuentas de los gastos de guerra — lo devolvió a España y al retiro. De aquella auditoría mezquina nació la leyenda de «las cuentas del Gran Capitán», la respuesta más soberbia jamás dada a un contable. Murió en Granada en 1515; su escuela, en cambio, no murió: veinte años después, sus discípulos formaban los tercios, la mejor infantería del mundo durante ciento cincuenta años.
Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas a los frailes que rogaron por la victoria, ciento cincuenta mil; por guantes perfumados para que los soldados no olieran el hedor de la batalla… y por la paciencia de escuchar estas cuentas, cien millones más.
«Las cuentas del Gran Capitán» Respuesta legendaria a quienes le auditaban la victoriaLo que sintió Gonzalo Fernández de Córdoba, encerrado y en apuros en Barletta y capaz de salir de allí para ganar en doce meses las dos batallas que cambiaron el arte de la guerra, fue seguramente la calma fría del genio que ve lo que otros no ven. Comprendió antes que nadie que la pólvora y la disciplina valían más que el arrojo del caballero, y tuvo la sangre fría de esperar, de cavar, de dejar que el enemigo se estrellara contra sus arcabuces.
Debió de sentir también la soledad del que innova: mandar de un modo nuevo, contra toda la tradición militar de su tiempo, exige una seguridad enorme. De su escuela saldrían los tercios que dominarían Europa siglo y medio. El «Gran Capitán» no venció por fuerza, sino por cabeza — y esa es una forma de valor que rara vez se aplaude tanto como merece.
Todo lo que esta casa cuenta sobre los tercios —Empel, Malta, Lepanto— empieza aquí: en el hombre que entendió antes que nadie que la guerra moderna la ganaría la infantería profesional con armas de fuego, y que un soldado bien mandado vale por diez. Ceriñola y Garellano son el certificado de nacimiento de la potencia militar que sostuvo a la civilización hispana en tres continentes durante siglos.
Pero hay una lección que va más allá de lo militar y que enlaza esta historia con todas las demás. El Gran Capitán demostró que un pueblo no necesita ser el más rico ni el más numeroso para cambiar el mundo: le basta con ser el más ingenioso, el más unido y el más tenaz. Con ejércitos pequeños y mal pagados, pero bien mandados y llenos de fe en su jefe, la España recién unida por los Reyes Católicos se puso a la cabeza de Europa. De aquella infantería de andaluces, castellanos, extremeños y gallegos que aprendió a vencer en el barro de Italia saldría el instrumento que llevaría nuestra lengua y nuestra civilización a los confines del mundo.

El cordobés que entendió antes que nadie que la guerra la ganaría la infantería con armas de fuego. Combinó picas, espadas, arcabuces y pala en unidades flexibles: la fórmula del tercio. Venció sin humillar, y sus enemigos acabaron bautizándolo.

El más famoso de sus capitanes, de fuerza legendaria y mil duelos. Encarnó el arrojo de aquella infantería que, con Gonzalo, aprendió a vencer en el barro de Italia.

El maestro de las minas y las fortificaciones. Suyo fue el arte de zapa y el puente de barcas que permitió cruzar el Garellano por donde nadie esperaba: la técnica al servicio del genio.