Ningún ser humano había rodeado jamás el planeta. Cinco naves españolas lo intentaron en 1519. Tres años, tres océanos, un motín, un estrecho imposible y un capitán muerto después, una sola nave — la Victoria — cerró el círculo. La Tierra, por fin, era redonda de verdad.

Al mando de Fernando de Magallanes y, tras su muerte en Mactán, de Juan Sebastián Elcano. Zarparon 5 naos; volvió una, la Victoria.
El premio eran las islas de las Especias — las Molucas — donde crecía el clavo que en Europa valía literalmente su peso en oro. Portugal controlaba la ruta oriental por África; la Corona de Castilla apostó por lo impensable: llegar navegando hacia el oeste, buscando un paso a través del continente americano que nadie había encontrado y que quizá no existía. El portugués Fernando de Magallanes, despechado por su rey, ofreció el proyecto a Carlos I, y en Sevilla se armaron cinco naos: Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria. A bordo, 239 hombres de toda la cristiandad: castellanos, vascos, portugueses, italianos, griegos — y un cronista lombardo, Antonio Pigafetta, gracias a cuyo diario conocemos la historia.
El 20 de septiembre de 1519 la escuadra cruzó la barra de Sanlúcar de Barrameda. Ninguno de los que agitaban la mano desde el muelle podía imaginar que estaban despidiendo el viaje más importante de la historia de la navegación.
Para medir la locura de aquel viaje hay que entender el mundo de 1519. Veintisiete años después de Colón, nadie había conseguido lo esencial: encontrar un paso a través de América hacia el otro mar. Balboa había visto ya el Mar del Sur desde una cima de Panamá en 1513, pero llevar hasta él una nave era otra cosa; muchos pilotos sabios juraban que ese paso sencillamente no existía. Navegar hacia el oeste era navegar hacia una página en blanco: se sabía calcular la latitud, pero no la longitud, y las cartas del otro lado del mundo eran pura fantasía.
¿Por qué arriesgarlo todo, entonces? Por las especias. El clavo y la nuez moscada que crecían solo en las Molucas valían en Europa, literalmente, su peso en oro. Portugal dominaba la ruta oriental, bordeando África, y el Tratado de Tordesillas (1494) había partido el planeta en dos mitades, una para cada corona. Castilla necesitaba llegar a las islas de las Especias por el oeste, dentro de su mitad, sin cruzarse con los portugueses. La empresa era, a la vez, un negocio descomunal y un salto al abismo geográfico. Magallanes prometió el paso; Carlos I pagó por creerle.
Las naves que debían rodear la Tierra eran diminutas. La Victoria, la única que volvería, medía unos 26 metros y desplazaba apenas 85 toneladas: en un cascarón así cabían las provisiones, la quincalla para el trueque y unas decenas de hombres hacinados. Zarparon cinco naos y 239 hombres de media Europa —castellanos, vascos, portugueses, italianos, griegos—. Volvieron dieciocho: uno de cada trece.
Y sin embargo, el viaje fue también un negocio redondo. La Victoria volvió con unas 26 toneladas de clavo en la bodega que, vendidas, pagaron la expedición entera —las cinco naves, los tres años, los sueldos— y aún dejaron ganancia. Ese era el precio de las especias, y esa la lógica fría que empujó a 239 hombres al otro lado del mundo. Pero lo que trajeron de verdad no cabía en ninguna bodega: la prueba, hecha con la quilla, de que la Tierra era una y redonda.
Tres océanos en una sola quilla: bajar por el Atlántico, forzar el laberinto helado del Estrecho, cruzar el Pacífico sin fin y volver por el Índico doblando África.
Bajar por el Atlántico, forzar el estrecho helado del sur, cruzar el Pacífico sin fin y volver por el Índico doblando el cabo de Buena Esperanza: la prueba, hecha con la quilla, de que la Tierra era una y redonda.
Cifras de las relaciones del viaje. La Victoria volvió cargada de especias que pagaron la expedición entera; lo que trajo de verdad no cabía en la bodega.
Cinco naves ponen rumbo a Canarias y luego al Brasil. En la bodega, quincalla para trocar y esperanza a partes iguales.
En la desolada Patagonia, con el frío mordiendo y sin paso a la vista, tres capitanes se alzan contra Magallanes. El motín se ahoga en sangre y destierros. La Santiago naufraga explorando; la San Antonio desertará meses después, robando la mayor parte de las provisiones.
Día de Todos los Santos: entre acantilados y canales que parecen no acabar nunca, aparece por fin el paso. 600 kilómetros de laberinto helado que hoy lleva el nombre de Magallanes. Al salir, un océano tan en calma que lo bautizan Pacífico.
Nadie imaginaba el tamaño del Pacífico: 98 días sin tocar tierra habitada. Pigafetta lo cuenta sin adornos: comieron galleta podrida, serrín, cuero de las vergas y ratas — «y aun estas eran un manjar». El escorbuto mata a diecinueve hombres antes de avistar Guam el 6 de marzo.
En Filipinas, Magallanes interviene en una guerra local y muere en la playa de Mactán. La expedición, diezmada, quema la Concepción por falta de brazos. Quedan dos naves y un objetivo: las Molucas, que alcanzan en noviembre y cargan de clavo.
La Trinidad hace agua y quedará atrás. Juan Sebastián Elcano, al mando de la Victoria, toma la decisión más audaz del viaje: volver a España por el oeste, cruzando el Índico entero y doblando África sin tocar puerto portugués — media vuelta al mundo de un solo trago, en una nave que se pudría bajo sus pies.
Tres años menos catorce días después de la partida, la Victoria remonta la barra de Sanlúcar con 18 supervivientes esqueléticos que, al día siguiente, cruzan Sevilla descalzos y en camisa, con velas en la mano, para dar gracias. Han recorrido más de 14.000 leguas. El clavo de sus bodegas paga el viaje entero — pero lo que traen de verdad no tiene precio: la prueba de que el mundo es uno.
Lo asombroso de este viaje no es que empezara, sino que no se rindiera. En cada tramo, la razón aconsejaba volver a casa. En la desolada bahía de San Julián, con el frío austral mordiendo y sin paso a la vista, tres capitanes se alzaron en motín contra Magallanes; poco después, la San Antonio —la nave con la mayor parte de las provisiones— desertó y puso proa a España. Los que quedaron podrían haberla imitado. No lo hicieron.
Entraron en cambio en el Estrecho: seiscientos kilómetros de niebla, canales ciegos y acantilados de hielo, sin saber si aquel laberinto llevaba a alguna parte. Y al salir, en vez de un premio, encontraron el Pacífico infinito y los noventa y ocho días de hambre en que vieron morir a sus compañeros de escorbuto. Aun así siguieron. La decisión más audaz de todas la tomó Juan Sebastián Elcano al final: perdida ya la Trinidad, con una sola nave que hacía agua, eligió volver por el oeste, cruzando el Índico entero y doblando África por aguas que patrullaba Portugal —media vuelta al mundo de un solo trago— antes que arriesgarse a caer preso. No eran héroes de temperamento: eran marineros a sueldo de una corona lejana. Pero llevaron la empresa hasta el final por algo más grande que ellos —traer a Castilla la prueba y el clavo—, y remaron hacia casa cuando ya casi nadie tenía fuerzas para remar.
Carlos I recibió a Elcano y le concedió un escudo de armas con un globo terráqueo y la leyenda más merecida jamás escrita en latín: «Primus circumdedisti me» — «fuiste el primero en rodearme». La expedición demostró de un golpe la esfericidad práctica de la Tierra, la verdadera anchura del Pacífico y la necesidad de una línea de cambio de fecha: los supervivientes descubrieron atónitos que habían «perdido» un día en el calendario sin saltarse ninguno.
Fuimos de tal manera que, sobre todas las cosas de este mundo, hallamos que la Tierra es redonda, pues navegando siempre hacia poniente volvimos al lugar de donde partimos.
Antonio Pigafetta Cronista de la expediciónCuesta imaginar el vértigo de navegar hacia donde los mapas se volvían blancos. Aquellos hombres dejaron atrás la última costa conocida y se adentraron, semana tras semana, en un océano que crecía y no terminaba. Pigafetta lo escribió sin adornos: llegaron a creer que no volverían a ver tierra jamás, y comieron el cuero de las vergas y las ratas «como un manjar» mientras el escorbuto se llevaba a un compañero tras otro. Convivieron durante meses con el hambre, el frío, el motín y la certeza de que la mayoría no volvería. Y siguieron adelante, un día más, y otro.
Nunca sabremos qué sintieron aquellos dieciocho esqueletos cuando la Victoria remontó por fin la barra de Sanlúcar, tres años menos catorce días después de partir. Sabemos lo que hicieron: al día siguiente cruzaron Sevilla descalzos y en camisa, con un cirio en la mano, para dar gracias en una iglesia por seguir vivos. Habían dado la vuelta al planeta —lo que ningún ser humano había hecho jamás— y habían sobrevivido cuando doscientos veintiuno de sus compañeros habían quedado en el hielo, en el hambre o en la arena de una playa lejana. Quizá lo que sintieron, más que orgullo, fue el asombro callado de quien ha estado en el mismísimo borde del mundo y ha vuelto para contarlo.
Esta es, sencillamente, la hazaña fundacional de la globalización — y se hizo en español. De ella nacieron el Galeón de Manila, el Tornaviaje de Urdaneta y tres siglos de un Pacífico surcado en nuestra lengua, de Acapulco a Filipinas. Cuando en Guam, en las Marianas o en Cebú el mapa de esta casa se enciende en granate, se enciende por la estela que dejó aquella nao cosida a remiendos que se negó a hundirse antes de llegar a casa.
Y hay una lección de superación que no cabe en ningún mapa. De los doscientos treinta y nueve que zarparon, volvieron dieciocho: uno de cada trece. Los demás quedaron en el hielo de la Patagonia, en el hambre del Pacífico, en las playas de Filipinas o en las cárceles del camino. Aquellos dieciocho esqueletos que desembarcaron descalzos en Sevilla eran vascos, castellanos, griegos, italianos y portugueses: media Europa remando en la misma quilla. No los unía la sangre ni la patria, sino una empresa imposible que sacaron adelante juntos. Esa es, en pequeño, la historia entera de esta civilización: gentes muy distintas que, remando a una, hacen lo que nadie había hecho jamás.

El portugués que, despechado por su rey, ofreció a Carlos I la ruta imposible hacia el oeste. Halló el estrecho que lleva su nombre y bautizó el Pacífico, pero murió en la playa de Mactán sin ver el final.

El marino de Guetaria que tomó el mando de la Victoria y decidió lo más audaz: volver por el oeste, cruzando el Índico y doblando África sin tocar puerto portugués. Carlos I le dio por escudo un globo: «fuiste el primero en rodearme».

El caballero lombardo que se enroló por curiosidad y sobrevivió para contarlo. Sin su diario minucioso —hambre, motines, pueblos y lenguas nunca vistos— no sabríamos casi nada de la mayor hazaña náutica de la historia.