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Encuentros y hazañas · 1519–1522

Doscientos treinta y nueve salieron. Volvieron dieciocho. La primera vuelta al mundo

Ningún ser humano había rodeado jamás el planeta. Cinco naves españolas lo intentaron en 1519. Tres años, tres océanos, un motín, un estrecho imposible y un capitán muerto después, una sola nave — la Victoria — cerró el círculo. La Tierra, por fin, era redonda de verdad.

1519–152211 min de lectura
La nao Victoria
Réplica navegante de la nao Victoria: 26 metros de eslora, 85 toneladas. En un cascarón así, 18 hombres rodearon el planeta.
Fecha
1519 – 1522
Tres años menos catorce días
Lugar
Vuelta al mundo
Sanlúcar → 3 océanos → Sanlúcar
Resultado
1 nao y 18 de 239 hombres
«Primus circumdedisti me»

Al mando de Fernando de Magallanes y, tras su muerte en Mactán, de Juan Sebastián Elcano. Zarparon 5 naos; volvió una, la Victoria.

El origen de la aventura

El premio eran las islas de las Especias — las Molucas — donde crecía el clavo que en Europa valía literalmente su peso en oro. Portugal controlaba la ruta oriental por África; la Corona de Castilla apostó por lo impensable: llegar navegando hacia el oeste, buscando un paso a través del continente americano que nadie había encontrado y que quizá no existía. El portugués Fernando de Magallanes, despechado por su rey, ofreció el proyecto a Carlos I, y en Sevilla se armaron cinco naos: Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria. A bordo, 239 hombres de toda la cristiandad: castellanos, vascos, portugueses, italianos, griegos — y un cronista lombardo, Antonio Pigafetta, gracias a cuyo diario conocemos la historia.

El 20 de septiembre de 1519 la escuadra cruzó la barra de Sanlúcar de Barrameda. Ninguno de los que agitaban la mano desde el muelle podía imaginar que estaban despidiendo el viaje más importante de la historia de la navegación.

Por qué se lanzaron hacia el vacío

Para medir la locura de aquel viaje hay que entender el mundo de 1519. Veintisiete años después de Colón, nadie había conseguido lo esencial: encontrar un paso a través de América hacia el otro mar. Balboa había visto ya el Mar del Sur desde una cima de Panamá en 1513, pero llevar hasta él una nave era otra cosa; muchos pilotos sabios juraban que ese paso sencillamente no existía. Navegar hacia el oeste era navegar hacia una página en blanco: se sabía calcular la latitud, pero no la longitud, y las cartas del otro lado del mundo eran pura fantasía.

¿Por qué arriesgarlo todo, entonces? Por las especias. El clavo y la nuez moscada que crecían solo en las Molucas valían en Europa, literalmente, su peso en oro. Portugal dominaba la ruta oriental, bordeando África, y el Tratado de Tordesillas (1494) había partido el planeta en dos mitades, una para cada corona. Castilla necesitaba llegar a las islas de las Especias por el oeste, dentro de su mitad, sin cruzarse con los portugueses. La empresa era, a la vez, un negocio descomunal y un salto al abismo geográfico. Magallanes prometió el paso; Carlos I pagó por creerle.

Cinco cascarones para todo un planeta

Las naves que debían rodear la Tierra eran diminutas. La Victoria, la única que volvería, medía unos 26 metros y desplazaba apenas 85 toneladas: en un cascarón así cabían las provisiones, la quincalla para el trueque y unas decenas de hombres hacinados. Zarparon cinco naos y 239 hombres de media Europa —castellanos, vascos, portugueses, italianos, griegos—. Volvieron dieciocho: uno de cada trece.

Nadie sospechaba el tamaño del Pacífico, el mayor océano del planeta, casi un tercio de toda su superficie. Lo cruzaron en 98 días sin tocar tierra habitada, comiendo galleta podrida, serrín, el cuero de las vergas y ratas. El escorbuto —cuya causa se ignoraba— fue matando a los hombres uno a uno.

Y sin embargo, el viaje fue también un negocio redondo. La Victoria volvió con unas 26 toneladas de clavo en la bodega que, vendidas, pagaron la expedición entera —las cinco naves, los tres años, los sueldos— y aún dejaron ganancia. Ese era el precio de las especias, y esa la lógica fría que empujó a 239 hombres al otro lado del mundo. Pero lo que trajeron de verdad no cabía en ninguna bodega: la prueba, hecha con la quilla, de que la Tierra era una y redonda.

La ruta, sobre el mapa real

Tres océanos en una sola quilla: bajar por el Atlántico, forzar el laberinto helado del Estrecho, cruzar el Pacífico sin fin y volver por el Índico doblando África.

Mapa-ruta · 1519–1522

Tres océanos en una sola quilla

Costas reales en proyección equirectangular; hitos por coordenadas, en orden de travesía. No a escala de detalle.
Ida · Magallanes Regreso · Elcano Tierra Hito numerado
Mapa-ruta esquemático de la primera circunnavegación, 1519–1522Seis hitos de la travesía: salida de Sanlúcar, invernada en San Julián, paso del estrecho al sur del continente americano, cruce del Pacífico hasta las islas de los Ladrones y las Filipinas, muerte de Magallanes en Mactán, y regreso de Elcano por el índico y el cabo de Buena Esperanza hasta Sanlúcar.ECUADOR30° N30° SATLÁNTICOPACÍFICO SURÍNDICO1Sanlúcar · 20 sept. 15192San Julián · invernada 15203Estrecho · 28 nov. 15204Islas de los Ladrones · 15215Mactán · 27 abr. 15216Buena Esperanza · may. 152202.500 km5.000 km en el ecuadorDerrota completa ≈ 69.000 km · 3 años · 5 naves y 239 hombres a la salida, 1 nave y 18 al regreso

Bajar por el Atlántico, forzar el estrecho helado del sur, cruzar el Pacífico sin fin y volver por el Índico doblando el cabo de Buena Esperanza: la prueba, hecha con la quilla, de que la Tierra era una y redonda.

Las cifras de la hazaña · 1519–1522

Lo que salió y lo que volvió

Navesde 5, volvió 1
Salida 5
Regreso 1
Tripulaciónuno de cada trece
Salida 239
Regreso 18
~69.000 km
La derrota
Casi el doble de la vuelta al ecuador.
3 años
La travesía
Septiembre de 1519 a septiembre de 1522.
98 días
Sin tocar tierra
Cruzando el Pacífico, comiendo cuero y ratas.
1 de 13
Regresó con vida
18 hombres de los 239 de la salida.
26 t
Clavo en la bodega
Vendido, pagó las cinco naves y el viaje.
~85 t
La Victoria
El cascarón de ~26 m que volvió.
3
Océanos
Atlántico, Pacífico e Índico en una quilla.
1
Vuelta al mundo
La primera de la historia.

Cifras de las relaciones del viaje. La Victoria volvió cargada de especias que pagaron la expedición entera; lo que trajo de verdad no cabía en la bodega.

La primera vuelta al planeta, de Sanlúcar a Sanlúcar
Sanlúcarsept. 1519
El Estrechonov. 1520
Guammar. 1521
Molucasnov. 1521
Sanlúcarsept. 1522
Más de 14.000 leguas — unos 80.000 km — en tres años, la mayor parte en una nave que se pudría bajo sus pies.

Así se desarrolló, océano a océano

20 de septiembre de 1519

Sanlúcar: se sueltan las amarras

Cinco naves ponen rumbo a Canarias y luego al Brasil. En la bodega, quincalla para trocar y esperanza a partes iguales.

Invierno austral de 1520

Motín en San Julián

En la desolada Patagonia, con el frío mordiendo y sin paso a la vista, tres capitanes se alzan contra Magallanes. El motín se ahoga en sangre y destierros. La Santiago naufraga explorando; la San Antonio desertará meses después, robando la mayor parte de las provisiones.

1 de noviembre de 1520

El Estrecho

Día de Todos los Santos: entre acantilados y canales que parecen no acabar nunca, aparece por fin el paso. 600 kilómetros de laberinto helado que hoy lleva el nombre de Magallanes. Al salir, un océano tan en calma que lo bautizan Pacífico.

Noviembre 1520 – marzo 1521

El infierno azul

Nadie imaginaba el tamaño del Pacífico: 98 días sin tocar tierra habitada. Pigafetta lo cuenta sin adornos: comieron galleta podrida, serrín, cuero de las vergas y ratas — «y aun estas eran un manjar». El escorbuto mata a diecinueve hombres antes de avistar Guam el 6 de marzo.

27 de abril de 1521

Mactán: cae el capitán

En Filipinas, Magallanes interviene en una guerra local y muere en la playa de Mactán. La expedición, diezmada, quema la Concepción por falta de brazos. Quedan dos naves y un objetivo: las Molucas, que alcanzan en noviembre y cargan de clavo.

21 de diciembre de 1521

La decisión de Elcano

La Trinidad hace agua y quedará atrás. Juan Sebastián Elcano, al mando de la Victoria, toma la decisión más audaz del viaje: volver a España por el oeste, cruzando el Índico entero y doblando África sin tocar puerto portugués — media vuelta al mundo de un solo trago, en una nave que se pudría bajo sus pies.

6 de septiembre de 1522

Sanlúcar, otra vez

Tres años menos catorce días después de la partida, la Victoria remonta la barra de Sanlúcar con 18 supervivientes esqueléticos que, al día siguiente, cruzan Sevilla descalzos y en camisa, con velas en la mano, para dar gracias. Han recorrido más de 14.000 leguas. El clavo de sus bodegas paga el viaje entero — pero lo que traen de verdad no tiene precio: la prueba de que el mundo es uno.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de la hazaña

hombres zarparon de Sanlúcar
regresaron: uno de cada trece
años y tres océanos en una sola vuelta
días sin tocar tierra al cruzar el Pacífico

El valor de no dar la vuelta

Lo asombroso de este viaje no es que empezara, sino que no se rindiera. En cada tramo, la razón aconsejaba volver a casa. En la desolada bahía de San Julián, con el frío austral mordiendo y sin paso a la vista, tres capitanes se alzaron en motín contra Magallanes; poco después, la San Antonio —la nave con la mayor parte de las provisiones— desertó y puso proa a España. Los que quedaron podrían haberla imitado. No lo hicieron.

Entraron en cambio en el Estrecho: seiscientos kilómetros de niebla, canales ciegos y acantilados de hielo, sin saber si aquel laberinto llevaba a alguna parte. Y al salir, en vez de un premio, encontraron el Pacífico infinito y los noventa y ocho días de hambre en que vieron morir a sus compañeros de escorbuto. Aun así siguieron. La decisión más audaz de todas la tomó Juan Sebastián Elcano al final: perdida ya la Trinidad, con una sola nave que hacía agua, eligió volver por el oeste, cruzando el Índico entero y doblando África por aguas que patrullaba Portugal —media vuelta al mundo de un solo trago— antes que arriesgarse a caer preso. No eran héroes de temperamento: eran marineros a sueldo de una corona lejana. Pero llevaron la empresa hasta el final por algo más grande que ellos —traer a Castilla la prueba y el clavo—, y remaron hacia casa cuando ya casi nadie tenía fuerzas para remar.

El desenlace

Carlos I recibió a Elcano y le concedió un escudo de armas con un globo terráqueo y la leyenda más merecida jamás escrita en latín: «Primus circumdedisti me» — «fuiste el primero en rodearme». La expedición demostró de un golpe la esfericidad práctica de la Tierra, la verdadera anchura del Pacífico y la necesidad de una línea de cambio de fecha: los supervivientes descubrieron atónitos que habían «perdido» un día en el calendario sin saltarse ninguno.

Fuimos de tal manera que, sobre todas las cosas de este mundo, hallamos que la Tierra es redonda, pues navegando siempre hacia poniente volvimos al lugar de donde partimos.

Antonio Pigafetta Cronista de la expedición

Lo que sintieron

Cuesta imaginar el vértigo de navegar hacia donde los mapas se volvían blancos. Aquellos hombres dejaron atrás la última costa conocida y se adentraron, semana tras semana, en un océano que crecía y no terminaba. Pigafetta lo escribió sin adornos: llegaron a creer que no volverían a ver tierra jamás, y comieron el cuero de las vergas y las ratas «como un manjar» mientras el escorbuto se llevaba a un compañero tras otro. Convivieron durante meses con el hambre, el frío, el motín y la certeza de que la mayoría no volvería. Y siguieron adelante, un día más, y otro.

Nunca sabremos qué sintieron aquellos dieciocho esqueletos cuando la Victoria remontó por fin la barra de Sanlúcar, tres años menos catorce días después de partir. Sabemos lo que hicieron: al día siguiente cruzaron Sevilla descalzos y en camisa, con un cirio en la mano, para dar gracias en una iglesia por seguir vivos. Habían dado la vuelta al planeta —lo que ningún ser humano había hecho jamás— y habían sobrevivido cuando doscientos veintiuno de sus compañeros habían quedado en el hielo, en el hambre o en la arena de una playa lejana. Quizá lo que sintieron, más que orgullo, fue el asombro callado de quien ha estado en el mismísimo borde del mundo y ha vuelto para contarlo.

Por qué importa

Esta es, sencillamente, la hazaña fundacional de la globalización — y se hizo en español. De ella nacieron el Galeón de Manila, el Tornaviaje de Urdaneta y tres siglos de un Pacífico surcado en nuestra lengua, de Acapulco a Filipinas. Cuando en Guam, en las Marianas o en Cebú el mapa de esta casa se enciende en granate, se enciende por la estela que dejó aquella nao cosida a remiendos que se negó a hundirse antes de llegar a casa.

Y hay una lección de superación que no cabe en ningún mapa. De los doscientos treinta y nueve que zarparon, volvieron dieciocho: uno de cada trece. Los demás quedaron en el hielo de la Patagonia, en el hambre del Pacífico, en las playas de Filipinas o en las cárceles del camino. Aquellos dieciocho esqueletos que desembarcaron descalzos en Sevilla eran vascos, castellanos, griegos, italianos y portugueses: media Europa remando en la misma quilla. No los unía la sangre ni la patria, sino una empresa imposible que sacaron adelante juntos. Esa es, en pequeño, la historia entera de esta civilización: gentes muy distintas que, remando a una, hacen lo que nadie había hecho jamás.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Fernando de Magallanes
Fernando de Magallanes
Capitán general de la expedición

El portugués que, despechado por su rey, ofreció a Carlos I la ruta imposible hacia el oeste. Halló el estrecho que lleva su nombre y bautizó el Pacífico, pero murió en la playa de Mactán sin ver el final.

c. 1480 – 1521
Juan Sebastián Elcano
Juan Sebastián Elcano
Completó la circunnavegación

El marino de Guetaria que tomó el mando de la Victoria y decidió lo más audaz: volver por el oeste, cruzando el Índico y doblando África sin tocar puerto portugués. Carlos I le dio por escudo un globo: «fuiste el primero en rodearme».

c. 1487 – 1526
Antonio Pigafetta
Antonio Pigafetta
Cronista de la expedición

El caballero lombardo que se enroló por curiosidad y sobrevivió para contarlo. Sin su diario minucioso —hambre, motines, pueblos y lenguas nunca vistos— no sabríamos casi nada de la mayor hazaña náutica de la historia.

c. 1491 – c. 1531