En un valle regado por el río Rímac, a la orilla del Pacífico, se clavó el 18 de enero de 1535 el rollo de una ciudad nueva. La llamaron Ciudad de los Reyes, pero el nombre viejo del valle pudo más y quedó Lima. En pocas décadas sería la capital más rica y culta de Sudamérica: universidad, imprenta, catedral y puerto por donde el continente entero hablaba con el mundo.

Conquistado el corazón del Tahuantinsuyo, los recién llegados tenían un problema práctico: Cuzco, el ombligo del mundo andino, estaba magnífico pero demasiado alto y demasiado adentro, lejos del mar por el que había que gobernar un imperio que miraba a España. La primera capital provisional, Jauja, tampoco servía: encaramada en la sierra, quedaba a espaldas del océano.
Hacía falta una ciudad junto al Pacífico, en un valle fértil y de buen clima, con un puerto cerca. Los exploradores encontraron el sitio en el valle del Rímac —«el que habla», por el murmullo de su río—, una tierra ya poblada y trabajada por los señoríos costeros. Allí, el 18 de enero de 1535, se trazó a cordel la nueva ciudad y se le puso por nombre Ciudad de los Reyes, en honor a los Reyes Magos cercana su fiesta. El pueblo, tozudo, siguió llamándola por el nombre del valle: Lima.
Un valle templado junto al Pacífico, regado por el río «que habla»: el sitio donde una civilización echó raíces junto al mar y no volvió a marcharse.
Tras la caída del Cuzco, se ensaya Jauja como capital, pero la sierra la aísla. Se decide buscar un emplazamiento en la costa, abierto al mar y a las comunicaciones con Panamá y España.
Se elige el valle del Rímac por su clima templado, su agua y su cercanía a una buena rada. La zona no estaba vacía: la habitaban señoríos costeros con siglos de agricultura de regadío, cuyos canales aprovecharía la ciudad nueva.
Se planta el rollo en la que será la Plaza Mayor y se reparten los solares en la retícula de damero que España llevaba a toda América. Alrededor de esa plaza se levantarán el cabildo, el palacio y la catedral: el patrón con el que nacerían cientos de ciudades del continente.
Lima se convierte en cabeza del Virreinato del Perú, que en su mayor extensión abarcó casi toda Sudamérica hispana. Por su puerto de El Callao saldría la plata de Potosí y entraría el mundo.
Se funda la Universidad de San Marcos, la más antigua de América. A ella seguirán la imprenta, los conventos, los hospitales y una escuela de pintura y de letras que harían de Lima una de las capitales cultas del imperio, orgullosa de su título de «la muy noble y leal».
Lima creció hasta ser una de las ciudades más deslumbrantes del mundo hispano: la «Lima la horrible» y «Lima la maravillosa» de sus poetas, con sus balcones de celosía, sus tapadas, su cocina mestiza y su devoción morada al Señor de los Milagros. Fue capital indiscutida hasta que otros virreinatos —el de Nueva Granada, el del Río de la Plata— nacieron de su propio peso, porque el continente ya era demasiado grande para gobernarse desde un solo lugar. Pero durante casi tres siglos, cuando en Sudamérica se decía «la capital», se entendía Lima.
Los pobladores que en esta ciudad de los Reyes se avecindaren gozarán de las libertades y franquezas… porque ha de ser cabeza de estos reinos.
Del acta de fundación Enero de 1535Hay que imaginar el asombro de aquellos hombres al bajar al valle: templado, verde de regadíos, con un río que llegaba manso al Pacífico. Venían de años de sierra, de altura y de guerra, y de pronto tenían delante una tierra amable donde algo podía, al fin, echar raíces. Por eso no levantaron un campamento, sino calles anchas, plaza mayor y solares para casas de piedra: en el gesto de clavar el rollo cabía una esperanza muy concreta, la de fundar algo que durase más que ellos, y también el orgullo callado de estar trazando —sin saberlo del todo— la que sería la capital de medio continente.
Pero aquel valle no era una página en blanco, y hay que sentir también el otro lado. Los señoríos del Rímac llevaban siglos cultivándolo con una red de canales que la ciudad nueva heredó casi sin cambiarla; para ellos, el damero fue el final de un mundo y el principio de otro que no habían elegido. De aquel encuentro desigual, hecho a la vez de despojo y de mezcla, salió con el tiempo la Lima mestiza que hoy reza al Señor de los Milagros y asombra al planeta con su cocina. Sentir Lima es sostener las dos cosas a un tiempo: la ilusión de los que la fundaron y la pérdida de los que ya estaban.
Porque Lima es el ejemplo perfecto de lo que fue aquella expansión cuando construía en vez de destruir: no un campamento, sino una ciudad pensada para durar siglos, con su plaza, su universidad y su imprenta. En nuestro mapa, el 18 de enero se enciende el valle del Rímac — el lugar donde una civilización echó raíces junto al Pacífico y no volvió a marcharse.
Y conviene decirlo entero, sin leyenda rosa ni negra: aquella ciudad se levantó sobre un valle que no estaba vacío, con el trabajo y el saber de regadío de quienes ya lo habitaban, y su historia tuvo, como toda historia humana, luces y sombras. Pero lo que quedó, lo que hoy es orgullo de todo un país, es una Lima mestiza: la que reza al Cristo moreno, la que inventó una cocina que asombra al planeta, la que dio a la lengua española una universidad antes que casi cualquier ciudad de Europa. Esa capital nacida junto al río «que habla» sigue hablando — y lo hace, desde hace casi cinco siglos, en el idioma que nos une.

Extremeño de Trujillo, trazó a cordel la nueva capital junto al Pacífico para gobernar desde la costa lo que en la sierra quedaba a espaldas del mar. Eligió el valle del Rímac por su clima, su agua y su cercanía a un buen puerto. Murió asesinado en la ciudad que fundó.
El valle no estaba vacío: lo habitaban y trabajaban señoríos costeros con siglos de agricultura de regadío, cuyos canales aprovechó la ciudad nueva. De aquella tierra y de aquel saber salió, con el tiempo, la Lima mestiza que hoy es orgullo de todo un país.