Salieron seiscientos a conquistar La Florida. Nueve años después, cuatro hombres desnudos y descalzos aparecieron en México por el otro extremo del continente. Entre medias, el naufragio, la esclavitud, el hambre y una lección que cambió a un imperio: la de un conquistador que volvió convertido en peregrino y defensor de los vencidos.

Hay hazañas que no se miden en batallas ganadas, sino en la capacidad casi sobrehumana de un hombre para no morirse. La de Álvar Núñez Cabeza de Vaca es la primera gran epopeya de supervivencia de la historia de América, y una de las más asombrosas de todos los tiempos: la de un caballero jerezano que lo perdió todo —barcos, compañeros, ropa, hasta su idea del mundo— y aun así siguió caminando hasta el otro lado de un continente entero.
Para medir esta epopeya hay que entender la ignorancia total de la que partieron. En 1527, nadie en Europa tenía la menor idea de qué era Norteamérica. Se creía a La Florida un país rico y quizá lleno de oro, como lo había sido México; se ignoraba por completo su tamaño, sus desiertos, sus ríos, sus pueblos. No había mapas del interior, ni brújula que valiera para un mundo sin caminos. Cuando la expedición de Narváez se internó tierra adentro persiguiendo un reino imaginario, se metió, sin saberlo, en un vacío geográfico del tamaño de un continente.
En junio de 1527 zarparon de Sanlúcar unos seiscientos hombres a las órdenes de Pánfilo de Narváez, con licencia para conquistar y gobernar La Florida. Cabeza de Vaca iba como tesorero real. Desde el primer día, todo salió al revés: desertores en el Caribe, un huracán, y un desembarco en 1528 en la costa de Florida seguido de una marcha tierra adentro persiguiendo un reino de oro que no existía. Cuando quisieron volver a la costa, las naves ya no estaban. Estaban solos, en un continente desconocido, sin forma de regresar.
Desesperados, hicieron lo único que podían hacer: fabricar barcas con lo que tenían. Fundieron sus armas para hacer clavos y herramientas, trenzaron las crines de los caballos —que se comieron— para las jarcias, cosieron sus camisas para las velas. En cinco balsas frágiles como cáscaras se echaron al golfo de México, costeando hacia el oeste, hacia el lejano Pánuco de la Nueva España. Muchos se ahogaron. El propio Narváez desapareció en el mar, arrastrado por el viento una noche sin querer amarrar su barca a tierra.
De la costa de Florida al Pacífico de Sinaloa: la línea imposible que cuatro hombres desnudos trazaron a pie sobre un continente entero.
En noviembre de 1528, las balsas se deshicieron contra una isla de la actual costa de Texas. Los supervivientes, desnudos y esqueléticos, la bautizaron con un nombre que lo dice todo: Malhado, la isla del mal hado, del infortunio. Cayó el invierno. El frío y el hambre se cebaron con ellos; de los cientos que habían salido de Florida quedaban ya solo unas decenas, y menguando cada semana. Los indios de la costa, que al principio los habían acogido y llorado con ellos ante su miseria, terminaron por tomarlos como esclavos.
Aquí habría acabado la historia de casi cualquiera. Cabeza de Vaca enfermó, fue vendido de amo en amo, pasó hambres que él mismo no se creería después. Pero no se rindió. Y empezó, muy despacio, a hacer algo que ningún conquistador había hecho: aprender. Aprendió las lenguas de la costa, aprendió a comer raíces y arañas, aprendió a moverse entre pueblos que se odiaban.
Con los años, Cabeza de Vaca se ganó una libertad extraña. Se hizo buhonero: iba y venía entre tribus enemigas comerciando conchas, cueros y ocre, porque un mercader era sagrado y podía cruzar fronteras que ningún guerrero cruzaba. Y se hizo curandero. Soplaba sobre los enfermos, rezaba padrenuestros y avemarías, imponía las manos… y los enfermos sanaban, o eso creían todos, y su fama corrió como el fuego por las llanuras.
De los seiscientos, ya solo quedaban cuatro: el propio Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y Estebanico, un esclavo negro nacido en Azemmour, en Marruecos, que sería así el primer africano en cruzar Norteamérica. Cuatro hombres, de mundos distintos, unidos por el único proyecto que les quedaba: sobrevivir juntos y volver a casa.
Hacia 1534, los cuatro tomaron la decisión más temeraria y más valiente de todas: dejar la costa y caminar hacia el oeste, hacia el sol de la tarde, hacia donde suponían que estaban los suyos. No tenían mapa, ni brújula, ni idea de la distancia. Solo su fama de sanadores, que los precedía. En cada pueblo los recibían con reverencia, los curaban, y una multitud los acompañaba hasta el pueblo siguiente y los entregaba a la tribu vecina como a hombres santos. Así, de mano en mano, cruzaron el Río Grande y se internaron en los desiertos y las sierras de lo que hoy es el norte de México.
Fueron los primeros en cruzar el continente norteamericano de un mar al otro. Y por el camino, algo se transformó dentro de Cabeza de Vaca. El hombre que había salido de España a someter y a enriquecerse volvía hecho otro: había vivido en su carne el hambre y la esclavitud, y había sido salvado una y mil veces por los mismos indios a los que los suyos llamaban salvajes. Empezó a defenderlos.
A todos dijimos por señas, porque nos entendían, que en el cielo había un hombre a quien llamábamos Dios, el cual había criado el cielo y la tierra… De bien tratarlos daban ellos testimonio.
Álvar Núñez Cabeza de Vaca «Naufragios», 1542En la primavera de 1536, cerca de Culiacán, en la costa del Pacífico, ocurrió lo que llevaban nueve años soñando: se toparon con hombres a caballo. Eran españoles. Pero no venían a rezar ni a curar: eran cazadores de esclavos, y andaban dando batidas para capturar indios. Fue un encuentro cargado de vergüenza. Cabeza de Vaca tuvo que esforzarse en convencer a sus propios paisanos de que aquel espectro desnudo y curtido por el sol era, en efecto, un caballero español y tesorero del rey.
Y le dolió más que ninguna de sus heridas ver a los suyos encadenando a los mismos pueblos que a él y a sus compañeros los habían alimentado y salvado. Discutió, protestó, intentó proteger a los indios que lo acompañaban. Aquel día terminó de comprender de qué lado estaba su conciencia.
Es casi imposible imaginar el estado de ánimo de un hombre que pasa nueve años así. Al principio, el terror y la incredulidad: verse desnudo y esclavo en una isla llamada, con razón, del Infortunio, viendo morir de frío y de hambre a los compañeros uno tras otro. Después, un aprendizaje lentísimo y humillante —comer raíces y arañas, obedecer, callar—, y con él una transformación que Cabeza de Vaca contó sin adornos: el orgulloso tesorero del rey aprendió a sobrevivir volviéndose el más humilde de los hombres. En algún punto de esos años, el miedo debió de dar paso a otra cosa: una serenidad extraña, la de quien ya lo ha perdido todo y descubre que aún puede caminar un día más.
Pero el sentimiento más revelador llegó al final, y no fue de alegría. Cuando tras nueve años se toparon por fin con rostros españoles cerca de Culiacán, lo que encontraron no fueron hermanos, sino cazadores de esclavos dando batidas para encadenar a los mismos pueblos que a ellos los habían alimentado y salvado. Imaginemos la vergüenza de Cabeza de Vaca: tener que convencer a sus propios paisanos de que aquel espectro tostado por el sol era un caballero del rey, y verlos a la vez esclavizando a sus protectores. Le dolió más que ninguna herida. En ese instante amargo terminó de nacer el hombre nuevo: el que volvería a España a escribir, en «Naufragios», la defensa de los vencidos. Había sobrevivido al hambre, a la esclavitud y al desierto; lo más difícil fue sobrevivir sin dejar de ser humano. Y lo logró.
Los cuatro llegaron por fin a la Ciudad de México en el verano de 1536, recibidos como resucitados. Cabeza de Vaca volvió a España y escribió «Naufragios», uno de los libros más extraordinarios que ha dado nuestra lengua: el relato de un conquistador que lo perdió todo y regresó convertido en peregrino, en etnógrafo y en abogado de los vencidos. Años después, nombrado gobernador del Río de la Plata, intentaría aplicar allí lo aprendido —defender al indio frente al abuso—, y sus propios hombres lo depondrían y lo mandarían encadenado a España por ello. Hasta el final pagó por su humanidad.
Su historia es superación en el sentido más puro y más hondo. No la del que vence, sino la del que aguanta: seiscientos hombres salieron a por oro y gloria, y solo volvieron cuatro, sin nada, habiendo cruzado a pie un mundo entero. Y el que lo contó no volvió amargado, sino mejor. Esa es, quizá, la victoria más difícil de todas: la de seguir siendo humano cuando ya lo has perdido todo. Un pueblo capaz de dar hombres así —capaces de caminar nueve años y de volver más justos de lo que salieron— es un pueblo que, por muy hundido que esté, nunca se da del todo por perdido.

Salió de España a someter y a enriquecerse y volvió hecho otro: peregrino, etnógrafo y abogado de los vencidos. Escribió «Naufragios», uno de los libros más extraordinarios de la lengua. Hasta el final pagó por su humanidad, depuesto por defender al indio.
Esclavo negro nacido en Marruecos, fue uno de los cuatro supervivientes y, con ellos, el primer africano en cruzar Norteamérica. Cuatro hombres de mundos distintos, unidos por el único proyecto que les quedaba: sobrevivir juntos y volver a casa.

Mandaba a los seiscientos con licencia para conquistar La Florida. Todo le salió al revés: huracanes, desembarcos sin rumbo y un reino de oro que no existía. Desapareció en el mar una noche, arrastrado por el viento por no querer amarrar su barca a tierra.