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Encuentros y hazañas · 1538

La ciudad de oro que no existía: Bogotá y El Dorado

Subieron por un río infernal buscando una ciudad hecha de oro. De los novecientos que partieron, apenas doscientos llegaron con vida al techo de los Andes. Allí no había una ciudad de oro, pero sí algo real y deslumbrante: los muiscas, un pueblo de orfebres y esmeralderos, y una laguna sagrada donde un cacique se cubría de oro en polvo. De aquel choque de codicia y asombro nació Bogotá.

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La balsa muisca, origen de la leyenda de El Dorado
La Balsa Muisca (Museo del Oro, Bogotá), que representa el rito de El Dorado en la laguna de Guatavita. Foto: Mario Roberto Durán Ortiz (CC BY-SA 4.0).
Fecha
6 de agosto de 1538
Tras dos años de travesía
Lugar
Altiplano muisca
Andes de Nueva Granada · hoy Colombia
Resultado
Nace Santa Fe de Bogotá
De ~900 hombres llegaron ~170

El origen de la historia

Ninguna quimera movió tantos pies como El Dorado. La leyenda —nacida de un rito real— hablaba de un rey que se cubría el cuerpo de polvo de oro y se sumergía en una laguna sagrada mientras su pueblo arrojaba al agua joyas y esmeraldas. De esa imagen verdadera creció un mito imposible: una ciudad, un reino entero hecho de oro, en algún lugar del corazón de Sudamérica. Y hacia allí se lanzaron, durante dos siglos, expediciones enteras a morir.

En 1536, Gonzalo Jiménez de Quesada partió de Santa Marta, en la costa caribeña, remontando el gran río Magdalena con unos novecientos hombres. Fue una pesadilla: el calor, las fiebres, los caimanes, el hambre, las ciénagas. Cuando por fin, medio muertos, treparon a la meseta fría de los Andes, apenas quedaban con vida unos ciento setenta. Pero lo que encontraron arriba les cortó la respiración.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de una quimera de oro

hombres partieron de la costa río arriba
llegaron vivos al techo de los Andes
ciudades de oro: El Dorado nunca existió

El escenario

Del calor de la costa caribeña al frío del altiplano andino, remontando el gran Magdalena: el camino por el que una leyenda de oro terminó fundando una ciudad de piedra.

¿Dónde ocurrió?
Bogotá

Así se desarrolló

Abril de 1536

Río arriba, hacia lo desconocido

Quesada sale de Santa Marta y remonta el Magdalena. La selva y la enfermedad devoran a la expedición: dos de cada tres hombres quedan por el camino antes siquiera de ver la montaña.

1537

El altiplano de los muiscas

Los supervivientes alcanzan la altiplanicie fría de Cundinamarca y Boyacá, y descubren una civilización que no esperaban: los muiscas, un pueblo numeroso y organizado, agricultor, tejedor, comerciante de sal y esmeraldas, y sobre todo maestro de una orfebrería de oro finísima que hoy asombra al mundo.

1537–1538

El oro y la sombra

Hay que contarlo sin adornos: la búsqueda del oro trajo también saqueo y violencia sobre los señoríos muiscas, como en tantas conquistas. Pero no era el reino de oro macizo de la leyenda: era algo mucho más humano, un pueblo real con sus templos, sus mercados y sus reyes.

6 de agosto de 1538

Nace Santa Fe de Bogotá

En el corazón del territorio muisca, junto a los cerros, Quesada funda Santa Fe de Bogotá —el nombre une la Santa Fe de Granada con Bacatá, la capital muisca—. Poco después llegan, por caminos distintos, otras dos expediciones: la de Belalcázar desde el sur y la de Federmann desde los llanos. Tres huestes agotadas que confluyen en el mismo punto: la nueva ciudad ya era una encrucijada.

La laguna sagrada

Guatavita, el corazón de la leyenda

En la laguna de Guatavita, cerca de la ciudad, estaba el origen del mito: allí los muiscas celebraban el rito del cacique dorado. Los españoles intentaron incluso desaguar la laguna para recoger su oro. El Dorado, la ciudad soñada, nunca apareció — porque nunca existió.

El desenlace

Santa Fe de Bogotá se convirtió en capital del Nuevo Reino de Granada y, con el tiempo, en una de las grandes ciudades cultas de América: la «Atenas suramericana», tierra de gramáticos, poetas y sabios. Y el oro de los muiscas tuvo, al final, un destino que ni los conquistadores ni los reyes imaginaron: hoy, reunido en el Museo del Oro de Bogotá, es uno de los tesoros artísticos más admirados del planeta — no como botín, sino como obra de arte de un pueblo que sigue vivo en la sangre y la cultura de Colombia.

Buscaban un reino de oro y encontraron un pueblo. El reino de oro no existía; el pueblo, sí, y todavía dura.

Conciencia Hispana Síntesis del sentido de la leyenda de El Dorado

Lo que sintieron

Cuesta hacerse una idea de lo que fueron aquellos dos años. De los ~900 que partieron de la costa, solo ~170 llegaron arriba: dos de cada tres se quedaron por el camino, tragados por las fiebres, las ciénagas y el hambre, antes siquiera de ver la montaña. Los que treparon al fin a la meseta fría lo hicieron medio muertos, sostenidos por una sola cosa: la certeza de que allá arriba, tras tanto horror, estaba el reino de oro que lo justificaría todo. No encontraron ninguna ciudad de metal. Encontraron un altiplano poblado, unos orfebres finísimos y una laguna sagrada — algo real y deslumbrante, pero que no era lo soñado. En ese instante caben a la vez el asombro y el desengaño de una época entera: la codicia que empuja a los hombres a lo imposible y el mundo verdadero, mucho más humano, que hallan al llegar.

Y hay que sentir también a los muiscas, que vieron aparecer por sus caminos a unos desconocidos famélicos y armados. No eran el botín de una leyenda: eran un pueblo vivo, con sus templos, sus mercados de sal y esmeraldas, sus reyes. Para ellos, la llegada trajo saqueo y violencia sobre su tierra, y sería una falta de respeto contarlo de otro modo. Pero su oro no se perdió del todo ni acabó siendo solo botín: hoy, reunido en el Museo del Oro, se admira como arte de un pueblo que sigue latiendo en la sangre de Colombia. El Dorado que buscaban era mentira; el que quedó —una nación mestiza que guarda como un tesoro la memoria de sus orfebres— resultó ser verdad.

Por qué importa

Porque la historia de El Dorado es la de toda una época en una sola imagen: la codicia que empuja a los hombres a lo imposible, y el asombro real que encuentran cuando llegan. En nuestro mapa, el 6 de agosto se enciende el altiplano andino — el lugar donde una quimera de oro terminó fundando una ciudad de piedra y de libros.

Y esta casa lo cuenta con las dos manos, sin leyenda rosa ni negra. Con una: la conquista del altiplano muisca fue dura y a menudo cruel, movida por la sed de oro, y sería una falta de respeto esconderlo. Con la otra: de aquel choque nació Colombia, un país mestizo donde la herencia muisca no es una ruina del pasado, sino una raíz viva —en el oro de sus museos, en los nombres de sus pueblos, en la sangre de su gente—. El Dorado que buscaban era mentira; el que quedó es verdad: no una ciudad de metal, sino una nación entera que habla español y guarda, como un tesoro, la memoria de los orfebres que la precedieron. Esa es la verdadera mina que aquella expedición, sin saberlo, dejó abierta.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Gonzalo Jiménez de Quesada
Gonzalo Jiménez de Quesada
Fundador de Bogotá

Abogado granadino que cambió los tribunales por la selva. Remontó el Magdalena con novecientos hombres y llegó al altiplano con menos de doscientos. Fundó Santa Fe de Bogotá y bautizó el Nuevo Reino de Granada. Se cree que inspiró a Cervantes el tipo del hidalgo soñador.

c. 1509 – 1579
retrato de época
Los muiscas
Los muiscas
El pueblo del altiplano

Un pueblo numeroso y organizado —agricultores, tejedores, comerciantes de sal y esmeraldas, y maestros de una orfebrería de oro finísima— que sostenía el rito de El Dorado en la laguna de Guatavita. No era el reino de oro de la leyenda: era una civilización viva, cuya herencia sigue latiendo en Colombia.

s. XVI
retrato de época
Nicolás de Federmann
Nicolás de Federmann
El que llegó por los llanos

Capitán al servicio de los banqueros alemanes de la Corona que, buscando también El Dorado, subió al altiplano desde los llanos del Orinoco casi al mismo tiempo que Quesada. Tres huestes agotadas confluyeron en el mismo punto: la nueva ciudad nació ya como encrucijada.

c. 1505 – 1542