En 1539, apenas dieciocho años después de la caída de Tenochtitlan, en la Ciudad de México empezó a funcionar la primera imprenta de todo el continente americano. De sus prensas salieron los primeros libros del Nuevo Mundo — y no solo en español: también en náhuatl, en zapoteco, en las lenguas de los pueblos de la tierra. Un siglo entero antes de que la América inglesa imprimiera su primera página, aquí ya se editaban gramáticas, catecismos y diccionarios en los idiomas de América.

La imprenta era, en el siglo XVI, la tecnología que estaba cambiando el mundo: la que multiplicaba las ideas y el conocimiento como nunca antes. Que llegara a América tan pronto —y no a por oro, sino a producir libros— dice mucho de las prioridades de aquel momento. Fue idea del primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, y del virrey Antonio de Mendoza, que gestionaron traer una prensa desde Sevilla. En 1539, el impresor Juan Pablos puso en marcha, en la Ciudad de México, la primera imprenta del continente.
Y lo más notable no es solo la fecha, sino qué se imprimió. Muchos de aquellos primeros libros no estaban en español, sino en las lenguas indígenas: catecismos, vocabularios y gramáticas de náhuatl, de otomí, de zapoteco, de tarasco. Para poder enseñar y predicar, los frailes tuvieron que estudiar a fondo esas lenguas, fijarlas por escrito y publicarlas — y con ello, sin quererlo del todo, las salvaron y las dignificaron convirtiéndolas en lenguas de imprenta.
De México a Lima: las ciudades donde, con un siglo de ventaja sobre la América inglesa, las prensas empezaron a editar en español y en las lenguas de los pueblos de la tierra.
Arranca la imprenta en México. Sus primeros títulos son religiosos y didácticos. Pronto imprime la primera obra en lengua indígena del continente: una doctrina cristiana en náhuatl y español, cara a cara.
Se imprimen vocabularios y gramáticas que son, todavía hoy, la fuente principal para conocer cómo se hablaban aquellas lenguas. Gracias a aquellos libros, idiomas milenarios quedaron fijados para siempre por escrito.
La imprenta llega al Perú: en Lima se edita un catecismo trilingüe en español, quechua y aymara. El sur del continente entra también en la era de la palabra impresa.
Puebla, Guatemala y otras ciudades abren sus prensas. Para cuando la América inglesa imprime su primer libro (Cambridge, 1638), la América hispana lleva ya un siglo largo editando en decenas de lenguas.
De aquellas prensas salió, con los siglos, toda la cultura letrada de América: los libros de los sabios, las gacetas, y más tarde los periódicos y los panfletos que prepararían hasta las independencias. Pero su legado más conmovedor es otro: gracias a que aquellos primeros impresores publicaron en náhuatl, en quechua o en zapoteco, hoy sabemos cómo sonaban esas lenguas hace cinco siglos, y muchas de ellas siguen vivas y estudiadas. La imprenta que llegó con la evangelización acabó siendo, también, el arca donde se guardaron las palabras de los pueblos de América.
Antes de que la América sajona imprimiera su primera plana, la hispana ya había editado libros en una docena de lenguas del Nuevo Mundo.
Síntesis del adelanto de la imprenta hispanoamericana Sobre el primer siglo del libro en AméricaLo que sintieron aquellos primeros impresores y frailes-lingüistas es más difícil de adivinar, porque trabajaban en silencio, pero algo se trasluce en lo que hicieron. Para imprimir en náhuatl o en zapoteco hubo que sentarse durante años a escuchar esas lenguas, a desentrañar su gramática, a buscar cómo escribir sonidos que ningún alfabeto europeo recogía. Eso no se hace sin una mezcla de necesidad y de fascinación: detrás de cada vocabulario hay un fraile que acabó admirando, casi sin quererlo, la lengua que había venido a sustituir.
Y hubo, sin duda, la conciencia de estar haciendo algo por primera vez. Poner en marcha una prensa en una ciudad recién levantada sobre las ruinas de otra, y sacar de ella los primeros libros de un continente entero, debió de dar a aquellos hombres la sensación de fundar un mundo. No todo era altruismo —imprimían para evangelizar y para gobernar—, pero el resultado los desbordó: al fijar por escrito las palabras de los pueblos de la tierra, midieran o no su alcance, las salvaron. Guardaron, sin saber del todo lo que guardaban, la voz de millones que vendrían después.
Porque la imprenta es una de esas pruebas incómodas para la leyenda negra: la primera potencia que llevó los libros al Nuevo Mundo, y con un siglo de ventaja, fue la Monarquía Hispánica. No vino solo a extraer, vino también a imprimir — y no solo en su lengua, sino en las de los pueblos que encontró. En nuestro mapa, 1539 enciende la Ciudad de México: la cuna de la palabra impresa en toda América.
Y encierra una idea que nos une a los dos lados del mestizaje. Es verdad que aquella imprenta nació para evangelizar, y que la evangelización tuvo su parte de imposición; nada de eso se esconde aquí. Pero el resultado, mirado con perspectiva, fue extraordinario y compartido: para poder imprimir en náhuatl o en quechua hubo que respetar esas lenguas lo suficiente como para estudiarlas, escribirlas y publicarlas, cuando en otras partes del mundo las lenguas de los vencidos simplemente se dejaban morir. Aquellos frailes-lingüistas y aquellos impresores dieron, sin proponérselo, un tesoro a los descendientes de los pueblos originarios: su propia palabra, guardada para siempre. Por eso la primera imprenta de América no es solo un orgullo de México ni de España: es de todos los que hoy hablamos español y de todos los que aún hablan las lenguas que aquellas prensas ayudaron a salvar. La Hispanidad empezó a leerse a sí misma aquí, en varios idiomas a la vez — como ha sido siempre.