Los abandonaron. Venecia hizo las paces, la flota cristiana se retiró, y tres mil quinientos hombres del viejo tercio quedaron solos en una fortaleza del Adriático frente a la mayor armada del mundo. Barbarroja les ofreció la vida a cambio de la rendición. Respondieron con las armas y se dejaron matar hasta el último, uno a uno, en la brecha. Europa no olvidó jamás cómo supieron morir aquellos españoles.

La Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica; enfrente, la media luna otomana.
En 1538, España, Venecia y el Papa formaron una Liga Santa contra el imperio otomano, que dominaba el Mediterráneo. Aquel otoño, las tropas del emperador tomaron Castelnuovo, una fortaleza en la boca de Cattaro, y la guarnecieron con lo mejor que tenían: el Tercio Viejo, unos tres mil quinientos veteranos al mando de Francisco de Sarmiento. Parecía el principio de una gran ofensiva.
No lo fue. Venecia, que veía peligrar su comercio, firmó por su cuenta la paz con el turco y abandonó la Liga. La flota imperial de Andrea Doria se retiró a puerto. Y en el verano de 1539, Barbarroja — el gran almirante de Solimán — se presentó ante Castelnuovo con una armada de doscientas galeras y un ejército de cincuenta mil hombres. Dentro quedaban los tercios, solos, sin socorro posible y a mil kilómetros de casa. Sabían perfectamente lo que eso significaba.
¿Y quiénes eran aquellos hombres? No héroes de leyenda, sino veteranos curtidos —muchos andaluces, castellanos y extremeños— que habían peleado en media Europa y sabían leer una situación militar mejor que nadie. Precisamente por eso su decisión estremece: no se quedaron por ignorancia ni por ciega temeridad, sino con los ojos abiertos, sabiendo contar las galeras y los cañones que tenían enfrente. Eligieron, a sangre fría, que su bandera valía más que su vida.
En 1539, el Mediterráneo era casi un lago otomano, y el hombre que lo dominaba se llamaba Jeireddín Barbarroja: un corsario genial al que Solimán el Magnífico había hecho gran almirante y señor de Argel. El año anterior, en Preveza, había derrotado a la flota conjunta de España, Venecia y el Papa —la Liga Santa—, dejando el mar abierto a su voluntad. Castelnuovo, una vieja fortaleza en la boca de Cattaro (hoy Montenegro), era una de las pocas espinas cristianas clavadas en aquel dominio: la puerta del Adriático y de las aguas de Venecia.
Y entonces vino la traición que lo condenó todo. Venecia, que veía peligrar su comercio, firmó la paz por su cuenta con el turco y abandonó la Liga; la flota cristiana se retiró a puerto. Los tres mil quinientos hombres del Tercio Viejo que guarnecían Castelnuovo quedaron, de la noche a la mañana, solos, sin flota y sin socorro posible, a mil kilómetros de casa, con la mayor armada del mundo viniendo a por ellos. Sabían exactamente lo que eso significaba.
La aritmética de Castelnuovo no admite consuelo. De un lado, unos 3.500 hombres del Tercio Viejo —andaluces, castellanos, extremeños— tras unos muros viejos y débiles. Del otro, Barbarroja con unas 200 galeras y un ejército de cerca de 50.000 hombres: más de catorce enemigos por defensor, y toda la artillería de asedio del Imperio otomano. No había táctica, ni terreno, ni milagro que igualara esa balanza.
Una fortaleza vieja en la boca de Cattaro, asomada al Adriático: un punto minúsculo del mapa donde tres mil quinientos hombres decidieron escribir la página más pura de los tercios.
La flota de Barbarroja cubre el mar. Desembarca la artillería y planta baterías sobre las alturas que dominan la fortaleza. Sarmiento reúne a sus hombres y les dice la verdad: no vendrá nadie. Ninguno pide rendirse.
Barbarroja, que no quiere gastar a su ejército contra un puñado de desesperados, ofrece a los tercios salir con vida, con sus armas y banderas, si entregan la plaza. Sarmiento responde que la plaza es del emperador y que solo se la darán muerto. El cañoneo empieza esa tarde y no parará en veinte días.
Los muros, viejos y débiles, se derrumban a cañonazos. Los turcos asaltan una y otra vez por las brechas; una y otra vez los rechazan a pica y espada montones de hombres que ya saben que van a morir. Caen los oficiales, cae medio tercio, se pelea calle por calle y casa por casa.
Los supervivientes — unos pocos cientos, casi todos heridos — se hacen fuertes en el torreón con Sarmiento al frente. Rechazan el último ruego de rendición y combaten hasta que los sepulta el número. De tres mil quinientos, sobreviven cautivos apenas unos seiscientos. Cuando Barbarroja ofrece a esos supervivientes servir en sus filas por buena paga, casi todos lo rechazan: prefieren la esclavitud.
Lo que hace única a Castelnuovo no es que aquellos hombres murieran, sino cómo eligieron morir: a sangre fría, sin engañarse. No eran fanáticos ni ignorantes: eran veteranos que sabían contar galeras y cañones, y que leían una situación militar mejor que nadie. Cuando su maestre de campo, Francisco de Sarmiento, los reunió y les dijo la verdad —que no vendría socorro, que iban a morir todos—, ninguno pidió rendirse. Y cuando Barbarroja les ofreció salir con vida, con sus armas y banderas, a cambio de la plaza, Sarmiento respondió que la fortaleza era del emperador y que solo se la darían muerto.
Cumplieron la palabra al pie de la letra. Rechazaron asalto tras asalto en las brechas, pelearon calle por calle según caían los muros, y los últimos supervivientes se hicieron fuertes en un torreón —donde el capitán vizcaíno Machín de Munguía resistió con un puñado de heridos hasta que lo sepultó el número—. No los movía la esperanza de vencer, que no tenían, ni la de vivir, que habían descartado. Los movía algo más difícil de explicar y más grande: la lealtad a su bandera, a su emperador y a los compañeros del costado, y la convicción de que hay cosas que un soldado no entrega ni a cambio de la vida. Eligieron, con los ojos abiertos, que su honra valía más que su sangre.
Barbarroja tomó Castelnuovo, pero le costó tanta sangre — miles de sus mejores hombres — que la victoria pareció una derrota. La noticia recorrió Europa entera, y por primera vez el mundo entendió lo que eran los tercios: no una tropa que vencía siempre, sino una tropa que no sabía rendirse. El emperador Carlos V honró a los pocos que volvieron del cautiverio y los repartió como semilla y ejemplo entre otras unidades. Los poetas soldados de la época — Gutierre de Cetina entre ellos — les dedicaron versos; se convirtieron en el patrón de honor con el que se medirían todos los tercios que vinieron después, de Flandes a Filipinas.
Aquí yacen aquellos que, por no rendir la fe ni la bandera, escogieron por sepultura la brecha que defendían.
Según los epitafios de la época A los tercios de Castelnuovo, 1539Intentemos sentir la soledad de aquellos hombres el día en que Sarmiento los reunió para decirles la verdad. Habían visto desaparecer del horizonte las velas amigas; sabían que Venecia había pactado y que el emperador estaba demasiado lejos. No había malentendido posible: iban a morir, todos, en aquellas piedras perdidas del Adriático, sin que casi nadie en el mundo llegara a saber cómo. Cualquier tropa habría aceptado la vida que Barbarroja les ofrecía; era lo razonable, y hasta lo digno. Y sin embargo, cuando llegó el momento de decidir, aquellos veteranos no dudaron. Debió de haber miedo —lo hay siempre—, pero por encima de él una serenidad terrible: la del que ya ha hecho las paces con su muerte y solo piensa en no deshonrarse.
El sentimiento más elocuente, sin embargo, no fue el suyo, sino el del enemigo. Barbarroja, el hombre que dominaba el Mediterráneo, se maravilló de cómo morían aquellos españoles y pagó por unas piedras sin valor un precio en sangre que no olvidaría. Y los pocos supervivientes, encadenados, sintieron aún fuerzas para un último gesto: rechazar el oro del vencedor y elegir la esclavitud antes que servir contra los suyos. Europa entera se estremeció con la noticia. Habían perdido la fortaleza y la vida, pero se habían ganado algo que ni la mayor armada del mundo pudo quitarles: la certeza de haber sido, hasta el último aliento, dueños de sí mismos.
Porque hay derrotas que valen más que muchas victorias, y esta es la primera de la casa. Castelnuovo no cambió las fronteras del Mediterráneo, pero fundó una manera de estar en el mundo: la idea de que hay cosas que no se entregan aunque cueste la vida entera. Ese código — no el saqueo ni la conquista, sino la lealtad hasta el final — es lo que llevaron los tercios por tres continentes, y lo que cuatro siglos después seguirían recordando en Baler los últimos soldados de un imperio. En nuestro mapa, el 7 de agosto se enciende la boca de Cattaro: la brecha donde tres mil quinientos hombres enseñaron a Europa cómo se muere.
Reunió a sus hombres, les dijo la verdad —que no vendría nadie— y respondió a Barbarroja que la plaza era del emperador y solo se la darían muerto. Cayó combatiendo en el último reducto, fiel a su propia palabra.
Defendió el último torreón con un puñado de heridos hasta que lo sepultó el número. Su nombre quedó como emblema de aquella resistencia: el marino vasco que no supo rendir la puerta que guardaba.

El corsario que Solimán hizo señor del Mediterráneo. Tomó Castelnuovo, pero pagó con miles de sus mejores hombres una plaza que valía poco: la victoria le supo a derrota, y él mismo se maravilló de cómo morían los españoles.