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Encuentros y hazañas · 1541–1542

El río más grande del mundo: Orellana y el Amazonas

Bajó por un afluente a buscar comida para unos compañeros que se morían de hambre, y descubrió que la corriente ya no lo dejaría volver. Delante solo había selva y agua. Ocho meses después, tras cuatro mil ochocientos kilómetros de un río que no se acababa nunca, cincuenta y siete hombres en dos barcos hechos a mano salieron al océano por la otra orilla del continente. Habían navegado, sin querer, el río más caudaloso de la Tierra.

15429 min de lectura
«Mañana en los trópicos», de Frederic Edwin Church
«Mañana en los trópicos», de Frederic Edwin Church: la selva y el gran río que Orellana atravesó de los Andes al mar.
Fecha
Diciembre de 1541 – 26 de agosto de 1542
Ocho meses de río
Lugar
Del Napo al Atlántico
hoy Ecuador · Perú · Brasil
Resultado
Primera navegación del Amazonas
57 hombres cruzan un continente

El origen de la aventura

En 1541, Gonzalo Pizarro salió de Quito hacia el este con una gran expedición, buscando el «País de la Canela» y el mito de El Dorado. Solo halló selva, lluvia y hambre. Al borde del desastre, envió a su lugarteniente Francisco de Orellana río abajo, en un bergantín con unos sesenta hombres, a buscar comida y volver. Orellana bajó por el Napo… y descubrió lo que ningún mapa decía: la corriente era tan fuerte y el río tan largo que remontarlo era imposible. No podía volver. Solo podía seguir.

Lo acompañaba, con su pluma, el dominico fray Gaspar de Carvajal, que dejó el diario de todo: el hambre que los hizo comer cueros y suelas, los poblados indígenas con los que unas veces comerciaron y otras pelearon, y la jornada en que — según contó — mujeres guerreras combatieron junto a los hombres de una tribu. Carvajal las comparó con las amazonas de los mitos griegos, y de ahí le quedó al río, para siempre, el nombre: Amazonas.

El espejismo de El Dorado

La aventura no empezó como una exploración, sino como una codicia. En 1541, con el Perú recién conquistado, corría por todas partes la leyenda de El Dorado —un rey que se cubría de oro— y del «País de la Canela», donde crecería en abundancia la especia que en Europa valía una fortuna. Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Perú, salió de Quito hacia el este con una hueste enorme a buscar ambas cosas. Cruzó los Andes y se metió en un mundo del que ningún europeo sabía nada: la selva sin fin que se abría al otro lado de la cordillera.

Solo halló lluvia, barro, fiebre y hambre. Al borde del desastre, envió a su lugarteniente Francisco de Orellana río abajo con unos sesenta hombres, en un bergantín, a buscar comida y regresar. Orellana bajó por el Napo y descubrió, demasiado tarde, la trampa de la geografía: la corriente era tan fuerte que remontar el río era imposible. No podía volver con la comida. No podía volver de ninguna manera. Delante solo había agua y selva, y una decisión terrible por tomar.

El río más grande del planeta

Lo que Orellana iba a recorrer sin saberlo era, sencillamente, el mayor río de la Tierra. El Amazonas descarga al océano más agua que los siete ríos siguientes juntos: casi una quinta parte de toda el agua dulce que los ríos del mundo vierten al mar. Su cuenca, cubierta por la mayor selva del planeta, es tan grande como toda Europa occidental. En su vientre se adentraron 57 hombres en dos frágiles bergantines hechos a mano.

Navegaron unos 4.800 kilómetros en ocho meses, clavando las tablas de un segundo barco con clavos forjados por ellos mismos, sobreviviendo a la fiebre, al hambre —comieron cueros y suelas de zapato— y a los combates con los pueblos de la orilla. No cruzaban un desierto verde y vacío: la ciencia moderna ha confirmado hoy lo que el cronista contó y nadie creyó, que aquellas márgenes albergaban civilizaciones populosas, con caminos y cerámica, antes de que las epidemias las diezmaran.
Lo que estuvo en juego

Las cifras de un río sin retorno

de río sin retorno, de los Andes al mar
hombres en dos bergantines de fortuna
de hambre, selva y combates ribereños

La travesía, sobre el mapa real

De los Andes al Atlántico por el vientre de un continente: el mapa de una corriente que, una vez dentro, solo dejaba una salida — seguir.

¿Dónde ocurrió?
Amazonas

Así se desarrolló

Diciembre de 1541

El punto sin retorno

Orellana baja el Napo a buscar víveres. Cuando quiere volver con la comida, comprueba que la corriente no lo permite. Reúne a sus hombres y toman juntos la decisión más grave: seguir río abajo hacia lo desconocido, sin saber a dónde lleva.

Invierno y primavera de 1542

El río sin fin

El Napo desemboca en un río inmenso, y ese en otro mayor. Construyen un segundo bergantín, el Victoria, clavando tablas con clavos hechos a mano. Sobreviven a la fiebre, al hambre y a los combates ribereños; a cambio, ven un mundo que ningún europeo había visto: pueblos populosos, alfarería, caminos.

Junio de 1542

Las amazonas

En un choque especialmente duro, Carvajal describe mujeres que pelean al frente de sus hombres. El fraile, herido de un flechazo que le cuesta un ojo, las bautiza como las guerreras del mito. El nombre se le queda al río más caudaloso de la Tierra.

26 de agosto de 1542

El océano

Tras casi cinco mil kilómetros, los dos frágiles bergantines salen de la boca del río al Atlántico. Sin cartas, sin quilla y sin apenas velas, navegan la costa hasta la isla de Cubagua, en la Venezuela española. Han cruzado el continente por su vientre. Ninguno lo había hecho antes; muy pocos lo harían después.

El valor de seguir cuando no se puede volver

El heroísmo de esta historia no es el de una batalla, sino el de una decisión y la constancia de sostenerla ocho meses. Cuando Orellana comprobó que la corriente no lo dejaba regresar, reunió a sus hombres y les planteó la verdad desnuda: no había vuelta atrás; solo cabía seguir río abajo, hacia un destino que nadie conocía, o morir allí mismo. La respuesta, según el cronista, fue unánime, y encierra algo hermoso: «no hubo hombre que dijese de volver, porque volver no se podía». Aceptaron juntos lo imposible y remaron hacia ello.

Lo que vino después fue una lección de ingenio y aguante. Sin herramientas ni astillero, construyeron un segundo bergantín en plena selva, forjando los clavos a mano; taponaron las vías de agua, cazaron y mendigaron comida en las orillas, pelearon cuando no quedó más remedio y siguieron adelante, un recodo tras otro, durante casi cinco mil kilómetros. No los movía la gloria ni el oro —hacía tiempo que solo buscaban sobrevivir—, sino algo más elemental y más fuerte: la voluntad de no dejarse tragar por la selva y de sacar con vida a los compañeros. Cruzaron un continente entero porque, sencillamente, se negaron a rendirse a un río que no se acababa nunca.

El desenlace

La hazaña tuvo su sombra: Gonzalo Pizarro acusó a Orellana de haberlo abandonado, y la disputa sobre si pudo o no regresar durará siglos. Pero el hecho quedó grabado en la geografía del planeta: Orellana había trazado, de un extremo a otro, el curso del río más grande del mundo, y con él la espina dorsal de un continente. Murió en 1546 intentando volver a poblar aquella inmensidad verde que lo había atrapado. El diario de Carvajal se leyó como una novela imposible — y era verdad. El nombre que un fraile tuerto puso a unas guerreras entrevistas entre la maleza es hoy el del mayor río, la mayor selva y una de las mayores promesas de la Tierra.

Y hay un detalle en el que la ciencia moderna acaba de darle la razón a aquel fraile. Carvajal describió, a orillas del río, pueblos numerosos, con caminos, cerámica y sembrados que se extendían leguas y leguas. Durante siglos se le tuvo por exagerado, porque la selva que hallaron los viajeros posteriores parecía vacía. Hoy la arqueología lo confirma: antes de que las epidemias los diezmaran, las márgenes del Amazonas albergaban civilizaciones populosas. Aquellos náufragos no cruzaron un desierto verde y deshabitado, sino el corazón poblado de un continente entero — y fueron los primeros en contarlo al mundo.

Íbamos a morir de hambre metidos en el mayor río del mundo, sin saber de él sino que no se acababa nunca; y con todo, no hubo hombre que dijese de volver, porque volver no se podía.

Fray Gaspar de Carvajal Relación de la travesía, 1542

Lo que sintieron

Hay un vértigo particular en la situación de aquellos hombres, y Carvajal lo dejó dicho para siempre: iban a morir de hambre «metidos en el mayor río del mundo, sin saber de él sino que no se acababa nunca». Imagínese la sensación de despertar cada mañana sobre una corriente parda e infinita, rodeados de una selva que no daba tregua, sin la menor idea de cuánto faltaba —si faltaba algo— para el final. Cada recodo podía traer un poblado hostil, una cascada o, simplemente, más río. Vivieron ocho meses en ese filo entre el asombro y el terror.

Porque también hubo asombro, y mucho. Aquellos náufragos fueron los primeros europeos en ver el corazón poblado de un continente: riberas llenas de gente, alfarería, sembrados que se perdían de vista. Vieron, en un combate, mujeres peleando al frente de sus guerreros, y a fray Gaspar —tuerto ya de un flechazo— le vinieron a la memoria las amazonas de los mitos griegos. De ese asombro nació el nombre del río. Y cuando por fin, tras casi cinco mil kilómetros, los dos bergantines salieron a mar abierto por la otra orilla del continente, lo que sintieron aquellos cincuenta y siete supervivientes esqueléticos no cabe en palabras: habían entrado a buscar comida y habían salido, vivos, habiendo atravesado el planeta por su vientre.

Por qué importa

Porque no fue una conquista, sino un asombro: cincuenta y siete hombres perdidos que, en vez de rendirse a la selva, la atravesaron entera y la dibujaron para el resto de la humanidad. El Amazonas entró en los mapas del mundo en español, y con él la idea de que a esta civilización no la paraba ni el río más grande de la Tierra. En nuestro mapa, el 26 de agosto se enciende la desembocadura del Amazonas: la puerta por la que cincuenta y siete náufragos salieron, vivos, al otro lado de un continente.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Francisco de Orellana
Francisco de Orellana
Capitán extremeño · al mando

Bajó a buscar comida y la corriente no le dejó volver. En vez de rendirse a la selva, la atravesó entera. Murió en 1546 intentando regresar a poblar aquella inmensidad verde que lo había atrapado.

c. 1511 – 1546
retrato de época
Fray Gaspar de Carvajal
Fray Gaspar de Carvajal
Dominico · cronista de la travesía

Con su pluma dejó el diario de todo: el hambre, los pueblos ribereños y las guerreras que bautizó como las amazonas del mito. Perdió un ojo de un flechazo, pero salvó para el mundo el relato del mayor río de la Tierra.

1500 – 1584
Gonzalo Pizarro
Gonzalo Pizarro
Jefe de la expedición a la Canela

Salió de Quito buscando El Dorado y solo halló selva y hambre. Acusó a Orellana de haberlo abandonado; la disputa duraría siglos. Volvió con un puñado de supervivientes esqueléticos.

c. 1510 – 1548