Cuenta la leyenda negra que la conquista fue un saqueo sin escrúpulos. La verdad es mucho más incómoda y mucho más grande: fue el único imperio de la historia que, en plena expansión, se paró a preguntarse si lo que hacía era justo y si los pueblos que encontraba tenían derechos. De esa pregunta, hecha por frailes y profesores en las universidades de Salamanca y Valladolid, nació algo que hoy pertenece a toda la humanidad: la idea de los derechos humanos y el derecho internacional.

Muy pronto, cuando llegaron a España las primeras noticias de los abusos cometidos en la conquista de América, ocurrió algo que no había pasado en ningún imperio de la historia: en vez de callar y seguir, la propia sociedad que conquistaba se escandalizó y empezó a discutir si aquello era lícito. Frailes que habían estado en América, como Bartolomé de las Casas, cruzaron el mar para denunciar ante el rey los atropellos contra los indígenas. Y en las universidades, los mejores pensadores se pusieron a analizar el problema con rigor.
El más grande de todos fue Francisco de Vitoria, catedrático de Salamanca. Hacia 1539, en sus clases, formuló ideas revolucionarias: que los indios eran hombres libres, dueños de sus tierras y de sus reinos; que ni el papa ni el emperador tenían derecho a arrebatárselos; que todos los pueblos, cristianos o no, formaban una sola comunidad humana con derechos iguales. Estaba inventando, sin saberlo, el derecho internacional y sentando las bases de lo que siglos después se llamarían derechos humanos.
La chispa saltó muy pronto y muy lejos de las aulas. El domingo de Adviento de 1511, en una iglesia de paja de La Española, un fraile dominico llamado Antonio de Montesinos subió al púlpito ante los colonos —encomenderos que se servían del trabajo forzado de los indios— y les lanzó a la cara una pregunta que todavía resuena: «¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Éstos no son hombres?». Fue un escándalo. Los colonos protestaron ante el rey. Pero la pregunta ya estaba hecha, y no se pudo deshacer.
Lo asombroso es lo que vino después. En lugar de acallar al fraile, la Corona se lo tomó en serio: reunió a teólogos y juristas y, en 1512, promulgó las Leyes de Burgos, las primeras normas de la historia dictadas para proteger a los conquistados de los conquistadores. Serían insuficientes y muchas veces incumplidas, pero establecían un principio inaudito: que la conquista tenía límites legales. De ahí arrancó una conversación de décadas que subiría desde aquella iglesia de paja hasta las cátedras de Salamanca y la corte del emperador.
Las aulas de Salamanca y la corte de Valladolid: las dos ciudades donde el mundo hispano se atrevió a juzgarse a sí mismo.
Aún muy pronto, la Corona promulga las Leyes de Burgos, las primeras normas de la historia dictadas para proteger a los indígenas de los abusos. Serán insuficientes y muchas veces incumplidas, pero marcan un principio: la conquista tiene límites legales.
Francisco de Vitoria pronuncia sus célebres lecciones «sobre los indios». Defiende que los pueblos americanos tienen soberanía y derechos propios y que la guerra solo es justa por causas muy limitadas. Nace la Escuela de Salamanca, madre del derecho de gentes.
Presionado por Las Casas y los teólogos, el emperador Carlos V promulga las Leyes Nuevas, que prohíben la esclavitud de los indios y limitan la encomienda. Provocan revueltas de colonos furiosos en el Perú: la Corona estaba legislando contra los intereses de sus propios conquistadores.
El rey hace algo insólito: ordena detener las nuevas conquistas hasta aclarar si son justas, y convoca en Valladolid un debate formal. Frente a frente, Las Casas defiende que los indios son plenamente humanos, racionales y con todos los derechos; Sepúlveda sostiene lo contrario. Es la primera vez en la historia que un poder debate en público los derechos de otro pueblo.
Hay un heroísmo que no se libra en una brecha ni en un cañón, sino en la conciencia, y es de los más difíciles: el de alzar la voz contra los tuyos cuando lo cómodo, lo rentable y lo seguro es callar. Eso hicieron estos hombres. Montesinos acusó a los colonos que lo alimentaban. Bartolomé de las Casas, que había sido él mismo encomendero, tuvo el coraje de reconocer su propio error, renunciar a sus indios y cruzar el océano una y otra vez —ya anciano— para denunciar los abusos ante el mismísimo rey. Y Francisco de Vitoria proclamó desde su cátedra que los indios eran hombres libres, dueños de sus tierras, cuando decir eso rozaba la herejía y contrariaba los intereses de los poderosos.
Y no fueron voces en el desierto: la Corona los escuchó y llegó a legislar contra sus propios conquistadores. Las Leyes Nuevas de 1542, que prohibían esclavizar a los indios y recortaban la encomienda, provocaron revueltas de colonos furiosos en el Perú, porque el poder estaba legislando contra quienes le daban su riqueza. Hacía falta valor —del rey, de los frailes, de los profesores— para sostener aquello. No los movía el provecho, sino la convicción de que la justicia y la humanidad del otro valían más que el oro. Ese es el heroísmo de Valladolid: el de una sociedad capaz de ponerse a sí misma en el banquillo.
El debate de Valladolid no tuvo un vencedor formal, y la distancia entre la ley y la práctica siguió siendo enorme: los abusos continuaron, y sería deshonesto fingir lo contrario. Pero lo trascendental no fue el resultado inmediato, sino que el debate existiera. Las ideas de Vitoria y de la Escuela de Salamanca sobre la igualdad de los pueblos, los límites del poder y los derechos naturales se convirtieron en la base del derecho internacional moderno — el mismo que siglos después inspiraría las declaraciones de derechos humanos. Vitoria es hoy reconocido como uno de los padres de esa disciplina en todo el mundo.
Todos los hombres, incluidos los bárbaros, tienen dominio de sus cosas y de sí mismos, y no pueden ser despojados sin justa causa.
Francisco de Vitoria Escuela de SalamancaDetrás de la doctrina hubo pasión, y mucha. Lo que movía a Las Casas no era un ejercicio académico, sino algo que había visto con sus propios ojos y que no lo dejaba dormir: la crueldad con la que se trataba a seres humanos a los que él consideraba sus hermanos. Había sido parte del sistema, se había beneficiado de él, y en algún momento sintió el vértigo de comprender que estaba del lado equivocado. Ese remordimiento se le hizo misión: pasó medio siglo, hasta la vejez, cruzando el mar, escribiendo, discutiendo, importunando a reyes y consejos, sin rendirse jamás. Es difícil imaginar una indignación más tenaz ni más fértil.
Y hay un sentimiento de fondo que ennoblece a toda una época: el de una sociedad capaz de escandalizarse de sí misma. Otros imperios conquistaron sin preguntarse nada; aquí, en cambio, la conquista produjo insomnio moral, debate, leyes y una culpa productiva que acabó pariendo ideas nuevas. No todos sintieron lo mismo —los colonos del Perú sintieron rabia, y Sepúlveda, la convicción contraria—, pero que el debate existiera, que hiciera sufrir y pensar a tanta gente, es en sí la grandeza. Los pueblos que se atreven a sentir vergüenza de sus propios actos son los que, a la larga, hacen avanzar a la humanidad. En Valladolid, por primera vez, un imperio sintió esa vergüenza en voz alta.
Porque esta es, quizá, la respuesta más contundente y más noble a la leyenda negra. No consiste en negar los crímenes de la conquista —que los hubo, y graves—, sino en señalar algo que ningún otro imperio puede decir de sí mismo: que en su propio seno, y en su época de mayor poder, se levantaron voces que denunciaron esos crímenes, se legisló contra ellos y se debatió públicamente si la conquista era legítima. En nuestro mapa, 1550 enciende Salamanca y Valladolid: las ciudades donde el mundo hispano se atrevió a juzgarse a sí mismo.
Y ese gesto nos define a todos, a los dos lados del mar. Los pueblos indígenas de América encontraron a sus primeros y más fieros defensores no fuera, sino dentro de la propia civilización que los había conquistado: en un fraile como Las Casas, que dedicó su vida a defenderlos, y en un profesor como Vitoria, que proclamó su plena humanidad cuando eso era casi una herejía. Que de aquel choque brutal saliera también la primera doctrina de los derechos humanos es una de las paradojas más grandes y más hermosas de la historia. La Hispanidad no fue perfecta —ninguna civilización lo ha sido—, pero fue la primera que se atrevió a preguntarse, en voz alta, si tenía derecho a hacer lo que hacía. Reconocerlo no es presumir: es reclamar, con orgullo y con humildad a la vez, una herencia que hoy pertenece a la humanidad entera. Los derechos humanos empezaron a pensarse en español.
Dominico en La Española. En el Adviento de 1511 lanzó desde el púlpito la pregunta que lo empezó todo: «¿Éstos no son hombres?». Fue el primero en denunciar en público los abusos de la conquista, a riesgo de todo. De su grito nacieron las Leyes de Burgos y, con el tiempo, la controversia entera.

Proclamó que los indios eran hombres libres, dueños de sus tierras, y que todos los pueblos forman una sola comunidad con derechos iguales. Sin saberlo, inventaba el derecho internacional. Hoy el mundo lo reconoce como uno de sus padres.

Cruzó el mar una y otra vez para denunciar ante el rey los atropellos contra los indígenas. En Valladolid defendió que eran plenamente humanos, racionales y con todos los derechos. Dedicó su vida entera a ellos: su primer y más fiero defensor salió de dentro.

Sostuvo la tesis contraria a Las Casas en el debate. Que perdiera o no es lo de menos: lo trascendental fue que el debate existiera, y que un poder se sentara a discutir en público los derechos de otro pueblo por primera vez en la historia.