Cuenta la leyenda negra que a América solo llegaron soldados y codicia. Pero los hechos cuentan otra cosa: cuando en las praderas del norte no había más que bosque, en Lima y en México ya se debatía de teología, medicina y derecho en universidades con claustro, grados y biblioteca. La Universidad de San Marcos abrió en 1551 — ochenta y cinco años antes que Harvard. El imperio que pintan saqueador fue, también, el que sembró de aulas un continente.

Hay una imagen falsa, repetida mil veces, según la cual la América hispana fue solo una mina a cielo abierto de la que se sacaba oro y plata. La realidad es más incómoda para esa caricatura: apenas unas décadas después de la conquista, y a menudo cuando las heridas aún sangraban, la Corona y la Iglesia hicieron algo que ninguna otra potencia colonial haría con esa rapidez: fundar universidades. No factorías, no cuarteles: universidades de pleno derecho, con las mismas atribuciones que Salamanca, capaces de otorgar grados válidos en todo el imperio.
La primera fue la de Santo Domingo, en 1538, en la isla donde había empezado todo. Pero las que marcaron época fueron las dos que se fundaron el mismo año, 1551, por real cédula del emperador: la Universidad de San Marcos en Lima y la Real y Pontificia Universidad de México. Cuando en la costa este de Norteamérica no había más que aldeas de colonos, en los Andes y en el altiplano mexicano ya se enseñaba filosofía, teología, leyes, medicina y lenguas indígenas.
De Santo Domingo a Lima, de México a Córdoba: los faros de saber que la Corona fue encendiendo por todo el continente cuando la conquista aún humeaba.
En la primera ciudad europea de América se funda su primera universidad, a partir de un colegio de los dominicos. El saber europeo echa su primera raíz americana en el mismo suelo donde desembarcó Colón.
Nace la Universidad de San Marcos, la más antigua de América en funcionamiento continuo. Formará durante siglos a los abogados, médicos, sabios y gobernantes de media Sudamérica. Sigue viva y pujante casi cinco siglos después.
El mismo año, la capital de Nueva España recibe su universidad. En ella se estudiará incluso el náhuatl y las lenguas del país, para poder predicar, enseñar y administrar en ellas.
Córdoba (en la actual Argentina), Chuquisaca, Bogotá, Quito, Guatemala, Charcas… Antes de que acabara el periodo colonial funcionaban en América más de una veintena de universidades, con decenas de miles de graduados. Todo un continente cosido por aulas.
Ese año se funda Harvard, la primera universidad de la América anglosajona: útil recordarlo, no por rivalidad, sino para poner las fechas en su sitio. La América hispana llevaba ya casi un siglo dando títulos universitarios.
De aquellas aulas salieron los juristas que discutieron —en la propia universidad— sobre los derechos de los indios, los médicos que estudiaron las plantas americanas, los cronistas, los poetas y los científicos criollos y mestizos que hicieron de América algo más que una colonia. La red universitaria hispana fue tan densa que, cuando llegaron las independencias, las nuevas naciones ya tenían élites formadas en casa. San Marcos, la decana, sigue hoy en pie y en activo: un hilo ininterrumpido de saber que llega desde Carlos V hasta el estudiante que hoy cruza su puerta.
Se erige una universidad… con todos los privilegios, franquezas y libertades que tiene y goza la de Salamanca.
De la real cédula de fundación 1551Lo que sintieron quienes levantaron aquellas primeras universidades fue, seguramente, la conciencia de estar sembrando en tierra recién removida. Fundar un claustro con biblioteca y grados a pocos años de una conquista, cuando lo urgente parecía otra cosa, exigía creer de verdad que un pueblo no se sostiene solo con soldados y minas, sino con ideas y con gente formada. Hubo en esa decisión una apuesta por el futuro difícil de imaginar en medio de aquel desorden.
Y sintieron algo más callado los que llenaron después esas aulas: criollos, mestizos e hijos de caciques que se sentaban a estudiar teología, leyes o las propias lenguas de la tierra. Para muchos de ellos, entrar en la universidad fue descubrir que el saber no tenía dueño de sangre, que también les pertenecía. De aquellos claustros salieron incluso los juristas que se atrevieron a discutir los derechos de los indios en la misma lengua del imperio. Aprender fue, para toda esa gente, una forma de tomar posesión de su propio mundo — y ese orgullo tranquilo late todavía en quien hoy cruza la puerta de San Marcos.
Porque las universidades son la mejor respuesta —serena, documentada, en piedra— a quienes reducen tres siglos de historia común a un saqueo. Se puede y se debe criticar todo lo criticable de aquella época, que fue mucho; pero no se puede borrar que la misma civilización levantó en América, tempranísimo, las instituciones del conocimiento. En nuestro mapa, 1551 enciende Lima y México: los dos faros con que el saber se hizo americano.
Y hay algo profundamente unificador en ello. Aquellas universidades no enseñaban una cultura ajena e impuesta: enseñaban en español, pero también estudiaban el quechua y el náhuatl; formaban a criollos, a mestizos y a hijos de caciques indígenas; y produjeron una cultura propia, americana, que ya no era ni puramente europea ni puramente indígena. De sus claustros salió buena parte de lo que hoy nos une: un modo compartido de pensar, de debatir y de escribir. Cuando un estudiante entra hoy en San Marcos, en la UNAM o en cualquier universidad de Bogotá a Buenos Aires, está entrando en una tradición de casi cinco siglos que empezó cuando alguien decidió que en el Nuevo Mundo no bastaba con extraer plata: había que sembrar ideas. Esa decisión nos hizo, para siempre, una comunidad de gente que aprende en la misma lengua.