Solimán el Magnífico envió cuarenta mil hombres a borrar de la carta a los Caballeros de Malta. Nueve mil defensores aguantaron cuatro meses de infierno esperando una sola cosa: que el virrey hispano de Sicilia llegara a tiempo. Llegó.

La enseña otomana se representa como en el siglo XVI: campo rojo y creciente, sin estrella — la estrella no se incorpora hasta finales del XVIII.
En 1565, Solimán el Magnífico dominaba desde Hungría hasta Argel, y solo una piedra le estorbaba en el centro del Mediterráneo: Malta, guarida de los Caballeros de San Juan — los hospitalarios expulsados de Rodas treinta años antes, a los que el emperador Carlos V había cedido la isla por el alquiler simbólico de un halcón al año. Desde allí, las galeras de la Orden sangraban el comercio otomano. Solimán decidió acabar de una vez: una armada de casi doscientas naves y unos cuarenta mil hombres, con los jenízaros al frente, contra una guarnición de quinientos caballeros y unos ocho mil quinientos soldados y milicianos malteses y españoles al mando de un gran maestre de 70 años: Jean de La Valette.
Toda Europa entendió lo que se jugaba: si caía Malta, caía la puerta de Sicilia, de Nápoles y del Mediterráneo occidental entero. Y la única fuerza capaz de impedirlo era la del rey de España: el virrey de Sicilia, don García de Toledo, empezó a reunir en Mesina y Siracusa el ejército de rescate mientras la isla se preparaba para resistir lo irresistible.

Para medir lo que estaba en juego hay que asomarse al siglo. Bajo Solimán el Magnífico, el Imperio Otomano era la mayor potencia del mundo: se extendía de Hungría a Argel, había tomado Belgrado y Rodas, y había llamado a las puertas de Viena. En el mar, sus flotas y las de sus aliados berberiscos —Barbarroja, Dragut— asolaban las costas cristianas a placer. En 1560, una gran armada cristiana había sido aniquilada en Los Gelves (Djerba); el Mediterráneo occidental quedó casi indefenso, y el pánico cundió de Sicilia a Valencia.
En medio de ese mar amenazado había una piedra incómoda: Malta. Allí se habían instalado los Caballeros de San Juan —los hospitalarios que Solimán había expulsado de Rodas treinta años antes—, a quienes Carlos V había cedido la isla en 1530 por el alquiler simbólico de un halcón al año. Desde sus puertos, las galeras de la Orden sangraban el comercio otomano. Solimán decidió arrancar de raíz aquella espina: si tomaba Malta, tendría la llave de Sicilia, de Nápoles y de todo el Mediterráneo occidental. Por eso el asedio no fue un choque local, sino una batalla por el destino de media Europa.
Los números explican por qué nadie daba un real por la isla. Solimán envió cerca de doscientas naves y unos cuarenta mil hombres, con los temibles jenízaros al frente y los corsarios de Berbería como punta de lanza. Enfrente, apenas nueve mil defensores: unos quinientos caballeros de la Orden y ocho mil quinientos soldados y milicianos malteses, españoles e italianos. Más de cuatro sitiadores por defensor, y al mando cristiano un anciano de setenta años.
Todo el asedio se jugó en unos pocos kilómetros de roca y agua: la bocana del Gran Puerto, guardada por el fuerte de San Elmo, y las penínsulas del Birgu y Senglea, donde se atrincheró la Orden.
Los vigías de Malta cuentan casi doscientas velas. Desembarco en Marsaxlokk y primer objetivo: el pequeño fuerte de San Elmo, que guarda la bocana del Gran Puerto. Los ingenieros otomanos calculan que caerá en cuatro o cinco días.
El fuerte «de cinco días» resiste treinta y uno, bajo el mayor bombardeo que había visto el siglo. Cada noche, barcas malteses cruzan el puerto con refuerzos que saben que van a morir — entre ellos decenas de soldados españoles e italianos que se ofrecen voluntarios. Cuando San Elmo cae, el 23 de junio, ha costado a los otomanos seis semanas y miles de bajas, entre ellas la de su mejor hombre: el corsario Dragut. La aritmética del asedio ya no sale.
Toda la furia turca cae sobre las penínsulas del Birgu y Senglea: minas, torres de asalto, brechas de cuarenta metros y asaltos generales que llegan a plantar estandartes en las murallas. La Valette, septuagenario, acude a las brechas pica en mano. Hombres, mujeres y niños malteses combaten juntos. La isla entera es una trinchera.
Don García de Toledo desembarca por sorpresa en la bahía de Mellieha el ejército reunido en Sicilia: unos ocho mil veteranos, tercios españoles e italianos. Los sitiadores, agotados por el verano, la disentería y cuatro meses de sangre, levantan el asedio y corren a reembarcar.
Los relevos entran en una Malta en ruinas donde quedan en pie unos seiscientos defensores capaces de sostener un arma. Es 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen — el mismo día exacto en que, en la otra punta del mundo, Pedro Menéndez de Avilés funda San Agustín de la Florida. En un solo día, la civilización hispana sostiene una orilla del Mediterráneo y planta la primera ciudad de los futuros Estados Unidos.
El heroísmo de Malta tuvo mil caras, pero pocas tan estremecedoras como las barcas de San Elmo. Mientras el fortín se desmoronaba bajo el fuego, cada noche cruzaban el Gran Puerto pequeñas embarcaciones cargadas de refuerzos —caballeros, soldados españoles e italianos— que se ofrecían voluntarios sabiendo que iban a morir. No los movía la esperanza de vencer allí, sino la de robar un día más al enemigo. Y lo lograron: San Elmo cayó, sí, pero se llevó por delante seis semanas del calendario otomano y a su mejor hombre, el corsario Dragut.
En el Birgu, cuando las brechas se abrieron de cuarenta metros, el propio gran maestre Jean de La Valette, con setenta años, acudió a taparlas pica en mano, y se negó una y otra vez a rendirse o a evacuar. A su lado peleó la isla entera: no solo los soldados, sino los hombres, las mujeres y los niños malteses, que acarreaban piedras, apagaban incendios y se batían en los muros por su tierra. Ese fue el secreto de Malta: no defendía la roca un ejército, sino un pueblo entero unido a los soldados del rey, todos jugándose la vida por lo mismo —su casa, su fe y una civilización que sabían amenazada—.
De los cuarenta mil sitiadores, se calcula que apenas un tercio volvió a Constantinopla. Malta perdió un tercio de su población, y la Orden levantó sobre el monte Sciberras una ciudad nueva con el nombre de su gran maestre: La Valeta. Solimán juró volver con más fuerza; murió al año siguiente sin intentarlo. Seis años después, muchos de los veteranos de Malta remaban y peleaban en Lepanto — la puntilla al dominio otomano del mar. Europa celebró la victoria de Malta con campanas hasta en la Inglaterra protestante de Isabel I: por una vez, todos entendieron que allí se había defendido algo de todos.
Nada es más conocido que el asedio de Malta.
Voltaire Dos siglos después — y no era precisamente amigo de EspañaPongámonos en la piel de un defensor aquel 18 de mayo, contando desde la muralla las velas que asomaban por el horizonte hasta perder la cuenta: casi doscientas. Sabían lo que venía en aquellos barcos —el mayor ejército de asedio de su tiempo— y sabían que el socorro, si llegaba, tardaría meses. Vivieron cuatro meses en un infierno de calor, sed, disentería y bombardeo constante, viendo caer los fuertes uno a uno y a los compañeros por decenas. Los voluntarios que remaban de noche hacia San Elmo iban, literalmente, a morir; y aun así se ofrecían. Cuesta imaginar la mezcla de miedo y de fe que hacía falta para subir a aquellas barcas.
Y luego, cuando ya solo quedaban unos seiscientos hombres capaces de sostener un arma entre las ruinas, apareció en la bahía de Mellieha el Gran Socorro llegado de Sicilia. Hay que imaginar lo que sintieron aquellos supervivientes al ver desembarcar a los tercios: que habían aguantado lo inaguantable y que no habían aguantado en vano. Ese mismo día, sin que ellos lo supieran, al otro lado del océano se fundaba San Agustín de la Florida. La misma civilización, el mismo 8 de septiembre, sostenía una orilla del viejo mundo y plantaba una semilla en el nuevo. Los de Malta solo sabían una cosa: que estaban vivos, y que la roca seguía siendo suya.
Malta fue el dique donde rompió la marea que venía golpeando el Mediterráneo desde hacía un siglo, y el socorro que la salvó salió de los reinos hispanos de Sicilia y Nápoles con soldados de toda la Monarquía. Es, además, el mejor recordatorio de la escala de esta civilización: el mismo 8 de septiembre en que los tercios entraban en Malta, otros hispanos fundaban San Agustín en la Florida. Un solo día, dos hemisferios, la misma familia.
Y conviene mirar quiénes salvaron aquella roca, porque ahí está la lección que más nos une. En sus murallas se mezclaron los caballeros llegados de media Europa, los tercios españoles e italianos del socorro y, sobre todo, el pueblo maltés entero —hombres, mujeres y niños— que peleó por su tierra codo con codo con los soldados del rey. Malta no la salvó una nación: la salvó una civilización que, cuando el peligro era de todos, sabía guardar sus pleitos y sostener juntos la misma brecha. Esa es, siglo tras siglo, la única fórmula que nunca le ha fallado.

A los setenta años dirigió la defensa desde las brechas, pica en mano. Rechazó toda rendición y toda evacuación. La ciudad que la Orden levantó tras la victoria lleva su nombre: La Valeta.

Reunió en Mesina y Siracusa el ejército de rescate de la Monarquía Hispánica y esperó el momento exacto para desembarcarlo. Su Gran Socorro del 7 de septiembre decidió el asedio.

El más temible de los almirantes berberiscos, mano derecha de Solimán en el mar. Cayó mortalmente herido por una esquirla ante San Elmo: su muerte descabezó el mando otomano en el peor momento.