Cuarenta y dos años antes de Jamestown y cincuenta y cinco antes del Mayflower, un marino de Avilés clavó una cruz en la costa de Florida y fundó una ciudad que todavía existe: San Agustín. Fue una hazaña de navegación y de tesón. Y fue también el escenario de un episodio sombrío que da su nombre —Matanzas— a un lugar de la costa. Esta es la historia completa, con sus dos caras.

A mediados del siglo XVI, la costa este de la actual Florida era una pieza clave y disputada. Por delante de ella pasaba el canal de Bahamas, la salida obligada de las flotas que volvían de las Indias cargadas de plata rumbo a Sevilla. Quien pusiera un pie firme en aquella costa podría vigilar —o asaltar— el mayor río de riqueza del mundo. Por eso la Corona española la consideraba suya y vital, aunque apenas la había ocupado.
Y entonces apareció un rival. Francia, enfrentada a España y sacudida por sus guerras de religión, envió a un grupo de hugonotes —protestantes franceses— a fundar una colonia en esa misma costa: el Fuerte Carolina, cerca de la desembocadura de un río. Para Felipe II aquello era una doble amenaza: una potencia enemiga y una religión enemiga, plantadas justo en la ruta de la plata. Había que expulsarlos. La misión recayó en el mejor marino disponible: un asturiano de Avilés llamado Pedro Menéndez de Avilés.
Menéndez cruzó el Atlántico con su expedición y tomó tierra en la costa de Florida. El 8 de septiembre de 1565 desembarcó solemnemente, tomó posesión en nombre del rey y fundó un asentamiento que llamó San Agustín, porque había avistado la costa el día de aquel santo. No lo sabía entonces, pero acababa de fundar la que sería la ciudad de origen europeo más antigua de los actuales Estados Unidos: un lugar habitado sin interrupción desde aquel día hasta hoy.
Para calibrar la hazaña, basta comparar fechas. San Agustín se fundó cuarenta y dos años antes que Jamestown, la primera colonia inglesa permanente, y cincuenta y cinco antes de que el Mayflower dejara a los peregrinos en Plymouth. Cuando en los relatos habituales «empieza» la historia de Norteamérica con los ingleses, en San Agustín ya llevaban más de medio siglo naciendo niños, celebrando misa y enterrando a sus muertos en español.
Pero la misión de Menéndez no era solo fundar: era expulsar a los franceses. Y aquí la historia se oscurece, y es de justicia contarlo sin adornos. Menéndez marchó sobre el Fuerte Carolina y lo tomó por asalto. Poco después, la flota francesa que mandaba Jean Ribault, dispersada por una tormenta, naufragó en la costa, y sus hombres, hambrientos y desarmados, cayeron en manos de Menéndez en un paraje al sur de San Agustín.
Allí ocurrió lo terrible. Menéndez ejecutó a la mayoría de aquellos náufragos —varios cientos de hombres—, perdonando solo a los que se declararon católicos y a algunos oficios necesarios. Los mató por dos razones que a él le parecían una sola: eran soldados enemigos invasores y eran «herejes» protestantes, en un siglo que mataba por la fe con espantosa facilidad. El lugar de aquella matanza se llama, desde entonces y para siempre, Matanzas. No hay forma de contar San Agustín sin contar Matanzas: son la misma historia.
El nombre del río y del fuerte de Matanzas, en la costa de Florida, no es casual ni pintoresco: recuerda literalmente la ejecución de los náufragos franceses en 1565. Es uno de esos topónimos que guardan, en una sola palabra, la memoria de un crimen. La toponimia hispana de Norteamérica está llena de historia, también de la más dura.
Menéndez era un hombre de su tiempo hasta el tuétano: un católico de fe férrea, convencido de que expulsar a los protestantes de aquella costa era un deber ante Dios y ante el rey. En su cabeza no había contradicción entre fundar una ciudad para la cristiandad y ejecutar a unos herejes enemigos; las dos cosas eran, para él, la misma obra. Juzgarlo solo con ojos de hoy sería no entender nada; pero contar solo la fundación y callar la matanza sería mentir por omisión.
Hay que imaginar también el esfuerzo colosal de sostener aquella colonia. San Agustín estuvo a punto de morir mil veces: hambre, huracanes, ataques, motines, la selva y el mar en contra. Que sobreviviera se debió a la terquedad de hombres y mujeres que se aferraron a aquella arena inhóspita año tras año. Menéndez murió en 1574 preparando nuevas empresas para el rey; su ciudad le sobrevivió más de cuatro siglos y medio.
Fundó una ciudad que aún vive y firmó una matanza que aún tiene nombre en el mapa. Las dos cosas son verdad, y las dos hay que contarlas.
Síntesis del legado de Pedro Menéndez adelantado de la Florida
Marino asturiano de gran pericia, adelantado de la Florida. Fundó San Agustín y expulsó a los franceses. Hombre de fe dura y de época dura: su gesta fundadora convive con la matanza de Matanzas.

El marino francés que intentó asentar una Florida protestante para el rey de Francia. Naufragó con su flota y fue ejecutado con sus hombres en el paraje que desde entonces se llama Matanzas.
Porque la historia de los Estados Unidos que suele contarse empieza tarde y en inglés, y olvida que el primer capítulo europeo de aquella tierra se escribió en español. San Agustín estaba en pie, con su iglesia y su plaza, cuando los futuros peregrinos ingleses aún no habían embarcado. Buena parte del sur y el oeste del país —California, Texas, Nuevo México, Florida, Arizona— tienen nombres hispanos porque hubo allí, siglos antes, gentes de esta lengua. Recordar San Agustín es reponer ese capítulo que falta.
Y hay que reponerlo entero, con su grandeza y su sombra, sin leyenda rosa ni leyenda negra. La gesta de fundar y sostener la ciudad más antigua del país es real; la matanza de Matanzas también lo es. Contar solo una de las dos sería propaganda. Contar las dos es historia, y es el respeto que se les debe tanto a los que fundaron San Agustín como a los que murieron en aquella playa. Ese es el modo honesto de que el pueblo de seiscientos millones de almas mire su propio pasado: de frente y completo.