Antes de ser la pesadilla de la Monarquía, Francis Drake fue un joven que huyó a remo de Veracruz con lo puesto. En 1568, la flota con la que él y su pariente John Hawkins contrabandeaban esclavos en el Caribe quedó encerrada en el puerto de San Juan de Ulúa — y allí, en una mañana de septiembre, España le enseñó lo que costaba entrar sin permiso en su mar.

La Cruz de San Jorge, enseña de Inglaterra; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
En los años sesenta del siglo XVI, un marino de Plymouth llamado John Hawkins había montado un negocio tan lucrativo como prohibido: llevar esclavos de África a las colonias españolas del Caribe y venderlos de contrabando, saltándose el monopolio de Sevilla. En su tercer viaje lo acompañaba un pariente joven y ambicioso que aún no era nadie: Francis Drake. Un temporal maltrecho los empujó a buscar refugio y reparaciones en el único puerto grande de la costa: San Juan de Ulúa, la entrada de Veracruz y de todo el virreinato de Nueva España.
Hawkins hizo un cálculo audaz: se apoderó del islote y de sus baterías y esperó negociar. Pero justo entonces, por el horizonte, apareció la flota anual de Indias — y en ella, el nuevo virrey de Nueva España, Martín Enríquez de Almansa. Se pactó una tregua incómoda: los ingleses dejarían entrar a la flota y ambas partes convivirían en paz en el puerto. Nadie se fiaba de nadie. La mecha estaba encendida.
Del lado inglés, seis naves de contrabando —la mayor, la Jesus of Lubeck, un galeón viejo prestado por la reina Isabel—, marineros mercaderes y aventureros. Del lado español, la flota de Indias recién llegada, los hombres del fuerte y un virrey que no estaba dispuesto a consentir corsarios en el corazón de su virreinato. Para Martín Enríquez, tolerar a Hawkins en Ulúa era admitir que cualquiera podía forzar la puerta de Nueva España; y eso no iba a ocurrir en su primer día de mando.
Un islote de arena y coral que cerraba el único puerto grande de la costa: quien lo tenía, tenía Veracruz — y con ella, la llave de la plata de Nueva España.
Bajo la tregua pactada, la flota de Indias y el virrey entran en San Juan de Ulúa y fondean junto a los barcos ingleses. Durante días conviven a tiro de pistola, cada uno reforzando en secreto sus posiciones y espiando al otro.
Los españoles atacan por sorpresa: recuperan el islote y sus cañones y vuelven la artillería contra la flota inglesa amarrada. En pocas horas, los barcos de Hawkins arden o se hunden bajo el fuego. La Jesus of Lubeck, inservible, hay que abandonarla.
Del desastre solo escapan dos naves pequeñas: la Minion, con Hawkins, y la Judith, al mando del joven Drake. Salen del puerto a la desesperada, sobrecargadas y sin víveres. La mayoría de los ingleses queda muerta o prisionera en el islote.
La travesía de vuelta es un infierno de hambre y enfermedad: Hawkins tiene que dejar en tierra a decenas de hombres, y a Inglaterra llegan apenas unos pocos supervivientes esqueléticos. El tercer viaje negrero de Hawkins acaba en ruina.
San Juan de Ulúa cerró en seco la aventura inglesa de comerciar por la fuerza en el Caribe español: durante una generación, ningún mercader británico volvió a intentarlo. Pero encendió otra cosa. Aquel joven que remó de noche fuera del puerto, Francis Drake, salió de allí convencido de que con España no había pactos posibles, solo guerra — y dedicó el resto de su vida a hacérsela pagar, saqueando puertos y flotas desde el Caribe hasta el Pacífico. La Monarquía había ganado la batalla y, sin saberlo, se había fabricado a su enemigo más tenaz.
De San Juan de Ulúa salió Drake con dos barcos y una idea fija: que contra España no cabía el comercio, solo el abordaje. Le costó a la Monarquía treinta años de fuego pagar aquella mañana.
Sobre las consecuencias del combate San Juan de Ulúa, septiembre de 1568Lo que sintieron los españoles en San Juan de Ulúa fue la mezcla de indignación y oportunidad de quien tiene por fin acorralado al contrabandista que lo desafiaba. La flota con la que Hawkins y el joven Drake traficaban esclavos en aguas prohibidas quedó encerrada en el puerto, y hubo que decidir rápido y golpear fuerte.
Para Drake, que escapó a duras penas con lo puesto, aquella jornada fue una herida que no olvidaría jamás; para el lado hispano, la satisfacción de haber defendido lo suyo. Y sin embargo, conviene mirarlo entero: de aquel rencor nació el corsario que durante décadas sería la pesadilla del imperio. Las victorias, a veces, siembran sus propias tormentas.
Porque aquí se ve el imperio en su plenitud, cuando aún no había nacido la leyenda del corsario invencible: en 1568, España era dueña absoluta de su mar, y quien entraba sin permiso salía —si salía— con lo puesto. Y porque explica el resto de esta historia: casi todas las gestas que vendrían después —Cartagena, La Coruña, San Juan de Puerto Rico— fueron réplicas de la venganza que Drake juró aquella noche. En el mapa de esta casa, Veracruz se enciende como el lugar donde empezó, a la vez, una victoria y un largo rencor.

Llegaba a estrenar su mando cuando encontró a los ingleses dueños del islote. No estaba dispuesto a admitir que cualquiera pudiera forzar la puerta de Nueva España: preparó el golpe y lo dio sin vacilar. Gobernó después Nueva España y el Perú.

El pionero del tráfico inglés de esclavos hacia el Caribe español. En Ulúa lo perdió casi todo; escapó en la «Minion» con un puñado de hombres tras una travesía de hambre. Volvería a morir, décadas después, frente a Puerto Rico.

Aquí aún no era nadie: mandaba la pequeña «Judith» y salió del puerto a la desesperada. De aquella humillación sacó una idea fija —que con España no cabían pactos, solo abordajes— a la que dedicaría el resto de su vida.