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Epopeyas de la Hispanidad · 1575–1580

Cinco años cautivo, cuatro fugas: Cervantes en Argel

Antes de ser el padre del Quijote, Miguel de Cervantes fue esclavo. Cinco años encadenado en Argel, cuatro intentos de fuga a cuál más temerario, y una entereza que dejó atónitos hasta a sus captores: cada vez que lo descubrían, daba un paso al frente y cargaba él solo con toda la culpa para salvar a los demás.

1575–15807 min de lectura
Miguel de Cervantes, cautivo en Argel
Cervantes cautivo en el patio del Baño Real de Argel, la prisión donde el rey amontonaba a sus esclavos cristianos. Aguafuerte de F. Vallejo (s. XIX). Dominio público.
Fecha
1575 – 1580
Cinco años de cautiverio
Lugar
Argel
hoy Argelia
Resultado
Rescatado por los trinitarios
En 1580, en el último minuto

Todo el mundo sabe que Miguel de Cervantes escribió el Quijote. Mucha menos gente sabe que, antes de coger la pluma, pasó cinco años de su vida cargado de cadenas en un baño de esclavos del norte de África. Y casi nadie sabe que, en aquel infierno, este hombre corriente se comportó como un gigante. Esta es la historia menos contada del escritor más grande de nuestra lengua: la de cómo se negó a rendirse cuando lo había perdido todo, hasta la libertad.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de un cautiverio invencible

encadenado en el mayor mercado de esclavos del Mediterráneo
fugas imposibles; en todas cargó él solo con la culpa
de oro costó su rescate; su familia se arruinó para pagarlo

Un veterano que volvía a casa

En septiembre de 1575, Cervantes tenía treinta y ocho años y una hoja de servicios de las que impresionan. Había combatido en Lepanto cuatro años antes, donde, enfermo de fiebres, pidió pelear en el puesto de más peligro y salió con dos arcabuzazos en el pecho y la mano izquierda destrozada para siempre —de ahí lo de «el manco de Lepanto»—. Ahora regresaba a España desde Nápoles a bordo de la galera Sol, llevando cartas de recomendación del mismísimo don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, para que el rey premiara sus méritos.

Aquellas cartas eran su orgullo y su esperanza de futuro. Se convirtieron en su desgracia.

El escenario

De las costas de Cataluña al mayor mercado de esclavos cristianos del Mediterráneo: la ruta de una galera asaltada y de una libertad que tardaría cinco años en volver.

¿Dónde ocurrió?
Argel

Cautivo del rey de Argel

Frente a las costas de Cataluña, la galera Sol fue asaltada por una flotilla de corsarios berberiscos. Tras una defensa desesperada, todos los que iban a bordo fueron apresados y llevados a Argel, el mayor mercado de esclavos cristianos del Mediterráneo, una ciudad que vivía del secuestro y del rescate. Y aquí llegó la ironía cruel: cuando los corsarios registraron a Cervantes y encontraron las cartas de don Juan de Austria, dieron por hecho que aquel soldado manco era un personaje de altísimo rango. Le pusieron un precio desorbitado. Cuanto más valioso lo creían, más imposible se hacía reunir su rescate, y más se alargaba su cautiverio.

La vida del cautivo en Argel era dura, pero la del que esperaba rescate tenía un margen: no lo mandaban a remar hasta la muerte en las galeras, porque muerto no valía nada. Cervantes usó ese margen no para sobrevivir con la cabeza gacha, sino para lo contrario.

Cuatro fugas

En cinco años, Cervantes organizó cuatro intentos de fuga, cada uno más audaz que el anterior, y en todos asumió el papel de cabecilla. La primera vez, un moro que debía guiarlos hasta Orán —el presidio español— los abandonó a los pocos días en el desierto. En otra ocasión, escondió a un grupo de cautivos durante meses en una cueva a las afueras de la ciudad, alimentándolos en secreto mientras esperaban un barco de rescate; los delató un traidor. Lo intentó por mar, lo intentó por tierra, lo intentó con la ayuda de agentes desde España. Todas fracasaron, casi siempre por una traición de última hora.

Y aquí está lo que hace grande esta historia. Cada vez que una fuga se descubría, se buscaba a los culpables para castigarlos con la muerte. Y cada vez, Cervantes daba un paso al frente y declaraba que él, y solo él, lo había organizado todo, que sus compañeros no sabían nada. Cargaba con la culpa entera para que no ejecutaran a los demás. Lo asombroso es que el temido Azán Bajá, rey de Argel —hombre de una crueldad legendaria—, nunca lo mandó matar. Los cronistas de la época no se lo explicaban; algunos dejaron escrito que el propio Azán confesó que, teniendo «al estropeado español» vigilado, daba por seguros a sus cautivos y a su ciudad. El verdugo respetaba al preso.

Cosas sucedieron [en Argel] que verdaderamente merecían ser puestas en escena… y todas por conservar aquella libertad que nos habían quitado.

Miguel de Cervantes A partir de su testimonio y de fray Diego de Haedo

El rescate en el último minuto

En septiembre de 1580, la situación se volvió desesperada: Azán Bajá dejaba el gobierno de Argel y se disponía a llevarse a sus esclavos más valiosos —Cervantes entre ellos— a Constantinopla, en el corazón del Imperio otomano, de donde rescatar a un cautivo era casi imposible. Cervantes ya estaba embarcado y encadenado cuando llegó la salvación. Los frailes trinitarios, una orden dedicada en cuerpo y alma a redimir cautivos, habían logrado reunir a última hora los quinientos escudos de oro que costaba su libertad, sumando lo poco que tenía su familia —que se arruinó para ello— y las limosnas recogidas. Lo desembarcaron y lo liberaron cuando la nave estaba a punto de zarpar.

El 19 de septiembre de 1580, Miguel de Cervantes volvió a ser un hombre libre. Regresó a España pobre, con la salud quebrada y sin el premio que fue a buscar. Pero traía algo que valía más que cualquier cargo en la corte: una experiencia del sufrimiento, de la dignidad y de la libertad que no tenía nadie más en Europa.

Lo que sintió

Cinco años esperando una libertad que no llegaba, con un rescate imposible colgando del cuello porque unas cartas de recomendación lo habían hecho pasar por hombre de gran valía: Cervantes vivió el cautiverio como una humillación diaria y como una prueba. Lo que sentía se adivina en lo que hizo. Un hombre quebrado se habría encogido; él, en cambio, organizó cuatro fugas y, cada vez que fracasaban, dio un paso al frente para cargar él solo con la culpa y librar del castigo a sus compañeros.

Hay en ese gesto, repetido frente a un amo capaz de matarlo, una mezcla de coraje y de ternura por los suyos que lo retrata entero. No era un temerario que despreciara la vida: era un hombre que había decidido no dejarse robar la dignidad junto con la libertad. De aquel patio de esclavos salió, años después, la mirada compasiva y terca que empapa el Quijote — la de quien sabe, porque lo vivió en las cadenas, que rendirse no es una opción.

Por qué importa

Cervantes no volvió de Argel amargado ni roto, sino ensanchado. Aquellos cinco años le enseñaron por dentro lo que es perder la libertad y no perder la dignidad, y esa lección empapa toda su obra: los cautivos y renegados del Quijote, las comedias El trato de Argel y Los baños de Argel, esa mezcla suya tan española de tragedia y humor, de idealismo terco y realidad dura. El hombre que inventó a don Quijote —el que se levanta una y otra vez por muchas veces que lo derriben— había aprendido en carne propia, encadenado en Argel, que rendirse no es una opción.

Por eso su cautiverio pertenece de pleno derecho a esta galería. Cervantes no ganó ninguna batalla en Argel; las perdió todas. Pero no se dejó vencer ni un solo día, y protegió a los suyos aun a costa de su cuello. Es la misma superación de siempre, esta vez sin espada: la de un pueblo que produce hombres capaces de conservar el alma entera en el peor de los sitios. De aquel esclavo manco salió, unos años después, el libro más grande jamás escrito en nuestra lengua.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes
Soldado · cautivo · escritor

El «manco de Lepanto» pasó cinco años esclavo en Argel y organizó cuatro fugas, cargando siempre él solo con la culpa para salvar a los demás. Volvió pobre y quebrado de salud, pero ensanchado: de aquel cautivo salió, años después, el mayor libro de nuestra lengua.

1547 – 1616
retrato de época
Azán Bajá
Azán Bajá
Rey de Argel · captor

De crueldad legendaria, nunca mandó matar a Cervantes pese a sus fugas. Los cronistas dejaron escrito que confesaba que, teniendo vigilado «al estropeado español», daba por seguros a sus cautivos y a su ciudad. El verdugo respetaba al preso.

s. XVI