La primera Buenos Aires murió de hambre: fundada en 1536 con demasiada gente y demasiada poca comida, sus colonos acabaron comiéndose el cuero de las botas y tuvieron que abandonarla. Pero la idea no murió. Cuarenta y cuatro años después, un puñado de hombres bajó desde Asunción por los ríos y volvió a plantar la ciudad en el mismo lugar. Esta vez sí. De aquella porfía nació una de las grandes capitales del planeta.

En 1536, el adelantado Pedro de Mendoza llegó al Río de la Plata con una de las mayores expediciones de la época y fundó, sobre la orilla, el Puerto de Santa María del Buen Ayre. Fue un desastre. Eran demasiados y no sabían producir alimento; los pueblos de la zona, hostigados, dejaron de comerciar; y llegó el hambre, un hambre tan atroz que las crónicas cuentan escenas terribles. Enfermo y derrotado, Mendoza se marchó a morir en el mar. Los supervivientes remontaron los ríos y fundaron, mucho más arriba, Asunción, en una tierra fértil y de gente amiga: la que sería «madre de ciudades».
Durante cuarenta años, el gran puerto sobre el Atlántico quedó vacío. Pero era demasiado necesario: sin él, todo el interior quedaba a espaldas del mar y de España. Así que, cuando Asunción tuvo fuerzas, hizo lo lógico: bajar de nuevo por los ríos y volver a fundar la ciudad que faltaba. El encargado fue Juan de Garay.
Una orilla junto a un río ancho como un mar, y una ruta fluvial que baja desde Asunción: el camino por el que la tozudez del interior le dio al fin una puerta al Atlántico.
Mendoza funda el puerto, pero el hambre lo devora. Es una de las lecciones más duras de la conquista: sin comida y sin buen trato con los vecinos, ni el mayor de los ejércitos sobrevive.
Los supervivientes fundan Asunción río arriba. Allí, en convivencia con los guaraníes, nace una sociedad mestiza próspera desde la que, décadas después, partirán las expediciones que poblarán medio cono sur.
Juan de Garay, hombre práctico y tenaz, inicia el regreso al Atlántico fundando en el camino la ciudad de Santa Fe, escala clave sobre el Paraná. La ruta fluvial vuelve a cobrar vida.
Garay planta de nuevo la ciudad en la orilla, con el nombre de Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Reparte solares y chacras, traza el damero y, con gesto de fundador, clava el rollo de la justicia. Esta vez la ciudad se queda para siempre.
La mayoría de los primeros vecinos de la nueva Buenos Aires no eran españoles recién llegados, sino criollos y mestizos nacidos en Asunción: hijos de españoles y guaraníes. La gran capital del Atlántico nació, de hecho, del vientre mestizo del interior.
La Buenos Aires de Garay creció despacio durante dos siglos, como una aldea de contrabandistas de espaldas a una Corona que la desatendía. Pero su posición era demasiado buena: en 1776 se convirtió en capital de un virreinato nuevo, el del Río de la Plata, y a partir de ahí su ascenso fue imparable. Hoy su área metropolitana ronda los quince millones de personas; es una de las grandes capitales culturales del mundo, cuna del tango y de una hospitalidad legendaria. Todo, sobre el mismo pedazo de orilla donde una vez unos hombres se comieron las botas.
Abrir puertas a la tierra: para eso fundó Garay de nuevo el puerto — para que el interior tuviera, al fin, salida al mundo.
Conciencia Hispana Síntesis del sentido de la segunda fundación de 1580Pocas fundaciones nacieron de un recuerdo tan amargo. Los que bajaron con Garay en 1580 sabían lo que había pasado allí mismo cuarenta y cuatro años antes: una ciudad entera devorada por el hambre, colonos reducidos a roer el cuero de las botas, un adelantado que se marchó a morir en el mar. Volver a plantar el rollo en aquella orilla vacía era desafiar a un fantasma. Pero esta vez venían advertidos y venían de otra pasta: gente del interior que ya sabía sembrar, criar ganado y entenderse con la tierra. En el gesto de repartir solares y chacras cabía menos sueño de oro que sentido común, y una porfía muy honda: la certeza de que aquella puerta al Atlántico era demasiado necesaria para dejarla cerrada.
Y hay un detalle que da su verdadero color a la escena. La mayoría de aquellos primeros vecinos no eran españoles recién desembarcados, sino criollos y mestizos nacidos en Asunción, hijos de españoles y de guaraníes. La gran capital del Atlántico la fundó, en realidad, el vientre mestizo del interior: un pueblo nuevo que ya era las dos cosas a la vez. Sentir aquel 11 de junio es imaginar a esa gente mezclada, con más terquedad que fortuna, decidiendo que allí, junto al río ancho como un mar, tenía que haber para siempre una ciudad — y acertando, esta vez sí, después de tanto fracaso.
Porque la historia de Buenos Aires desmiente la idea de una conquista todopoderosa que plantaba ciudades a voluntad: la realidad fue mucho más humana, hecha de fracasos, hambre, porfía y segundas oportunidades. En nuestro mapa, 1580 enciende la orilla del Plata — el lugar donde la tozudez de bajar otra vez por los ríos creó una de las grandes ciudades del planeta.
Y hay un detalle que lo dice todo sobre lo que de verdad fue esta civilización: la gran Buenos Aires no la fundaron unos conquistadores llegados de Europa, sino los criollos y mestizos de Asunción, hijos de españoles y guaraníes que bajaron a poblar el sur. La capital más «europea» de América nació, en realidad, del mestizaje del interior. Esa es la verdad profunda de toda esta historia: que muy pronto dejó de ser cosa de españoles y de indios por separado, para ser cosa de un pueblo nuevo que ya era las dos cosas a la vez. Cada porteño que hoy pasea por su ciudad es heredero de aquella gente mezclada que, con más terquedad que fortuna, decidió que allí, junto al río ancho como un mar, tenía que haber una puerta abierta al mundo.

Hombre práctico y tenaz que bajó desde Asunción por los ríos, fundó Santa Fe en el camino y, en 1580, volvió a plantar Buenos Aires en la orilla — esta vez para siempre. Repartió solares y chacras, trazó el damero y clavó el rollo de la justicia.

Adelantado que llegó al Plata con una de las mayores expediciones de la época y fundó el primer puerto en 1536. El hambre lo devoró todo; enfermo y derrotado, se marchó a morir en el mar. Su fracaso fue la lección de la que nació la segunda ciudad.
La mayoría de los primeros vecinos de la nueva Buenos Aires no eran españoles recién llegados, sino criollos y mestizos nacidos en Asunción, hijos de españoles y guaraníes. La gran capital del Atlántico nació, de hecho, del vientre mestizo del interior.