En toda una vida de guerra en el mar, no lo venció nadie. Su galera fue la reserva que decidió Lepanto. En las Azores, con una escuadra menor, deshizo a la flota francesa que quería arrebatarle Portugal al rey. Y fue él quien concibió la gran Armada contra Inglaterra. Murió antes de que zarpara, y muchos creen que, con él al frente, la historia habría sido otra. Esta es la historia del mejor marino de su siglo.

En el siglo XVI, el poder de un imperio se medía en el mar. La Monarquía Hispánica de Felipe II se extendía por Europa, América y Asia, y todo aquel gigante se sostenía sobre las flotas que cruzaban los océanos cargadas de plata, tropas y órdenes. Defender esas rutas era defender el Imperio entero. Y para eso hacía falta un marino que no fallara nunca. Ese hombre existió: se llamaba Álvaro de Bazán, y nació en 1526 en una familia de la mar.
Su vida coincidió con dos de las grandes tormentas del siglo. Primero, la lucha a muerte contra el Imperio otomano por el control del Mediterráneo, que llegaría a su clímax en Lepanto. Después, la crisis de la sucesión de Portugal, que puso en juego si los dos grandes imperios ibéricos se unirían bajo una sola corona o se harían la guerra. En las dos, el destino de millones de personas dependió, en buena parte, de lo que hiciera Bazán con sus barcos.
El 7 de octubre de 1571, la flota cristiana de la Liga Santa y la armada otomana chocaron en el golfo de Lepanto en la mayor batalla naval de la época: cientos de galeras, decenas de miles de hombres, el destino del Mediterráneo en juego. En lo más duro del combate, cuando la línea cristiana amenazaba con romperse, entró en acción la escuadra de reserva que mandaba Álvaro de Bazán. Su intervención, en el momento y el lugar justos, tapó las brechas, socorrió a las galeras en apuros y decantó la batalla. Aquel día se salvó, dicen, la cristiandad; y una de las manos que la salvaron fue la suya.
Bazán ya era entonces un marino veterano, curtido en mil combates contra turcos y berberiscos. Pero fue en la década siguiente cuando alcanzó su cima, en un escenario mucho más lejano y menos famoso: en medio del Atlántico, frente a unas islas.
Al morir sin herederos el rey de Portugal, Felipe II reclamó la corona portuguesa y, en buena medida, la consiguió. Pero un pretendiente rival, António, prior de Crato, resistió refugiado en las Azores, sostenido por Francia, que no quería ver a España y Portugal unidos y dueños de medio mundo. Los franceses enviaron a las islas una gran flota al mando de Filippo Strozzi. Si vencían, la unión ibérica se rompía antes de nacer.
Felipe II mandó a Bazán. El 26 de julio de 1582, frente a la isla de San Miguel, cerca de Punta Delgada, las dos armadas se enfrentaron en la primera gran batalla naval de la historia librada en pleno océano Atlántico, lejos de toda costa amiga. La flota francesa era mayor en número, pero Bazán la deshizo con una combinación de audacia y oficio: rompió su formación, la batió barco a barco y la derrotó por completo. Strozzi cayó en el combate. Al año siguiente, Bazán remató la faena conquistando la isla de Terceira, el último reducto rebelde.
Con aquella victoria, las Azores —escala obligada de todas las flotas que volvían de América— quedaron para el rey, y la unión de España y Portugal quedó sellada. Durante sesenta años, un solo monarca reinaría sobre el mayor imperio que había visto el mundo. Y esa unión la había asegurado, en mar abierto, un solo hombre.
La batalla de las Azores de 1582 está considerada la primera gran batalla naval librada en alta mar, lejos de cualquier costa. Hasta entonces, las grandes batallas se daban a la vista de tierra. Bazán demostró que se podía buscar, alcanzar y destruir a una flota enemiga en mitad del océano: una idea que cambiaría para siempre la guerra en el mar.
Coronado de prestigio, Bazán concibió entonces su obra más ambiciosa: la gran Armada contra Inglaterra, la que la historia llamaría «la Invencible». Fue él quien la pensó, quien reunió los barcos, quien planeó la operación de invadir la isla que sostenía a los rebeldes y a los corsarios que asolaban las Indias. Pero el destino le negó el final. En febrero de 1588, pocas semanas antes de que la flota zarpara, Álvaro de Bazán murió en Lisboa, agotado por el esfuerzo.
La Armada partió sin él, al mando de un noble sin experiencia naval, y acabó en desastre entre las tormentas del norte. Nunca sabremos qué habría pasado con Bazán al frente. Pero muchos, entonces y ahora, piensan lo mismo: que el marino que no perdió una sola batalla en toda su vida quizá no habría perdido tampoco aquella.
Bazán fue un hombre de una seguridad casi sobrehumana en su oficio. En una época en que una batalla naval era un caos de humo, astillas y gritos, él tenía la cabeza fría del que ha calculado cada movimiento. No era temeridad: era dominio. Sabía exactamente lo que su barco y sus hombres podían hacer, y por eso los llevaba una y otra vez a la victoria sin dejarse arrastrar por el pánico ni por la fanfarronería.
Y hay que imaginar su última amargura. Un hombre que lo había ganado todo, viendo cómo se le escapaba la vida justo cuando iba a mandar la mayor flota jamás reunida. Murió sin saber el final de la Armada, pero sabiendo que era suya la idea y que otro la llevaría. El invicto se apagó a tiempo de seguir siéndolo: no llegó a probar la única derrota que quizá, con él al timón, tampoco habría sido.
El más venturoso y valiente capitán que ha habido en el mundo.
Lope de Vega sobre Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz
El mejor marino de su siglo, invicto en el mar. Reserva decisiva en Lepanto, vencedor en las Azores y artífice de la gran Armada. Murió en Lisboa antes de mandarla.
El comandante florentino al servicio de Francia que llevó una gran flota a las Azores para sostener al pretendiente portugués. Fue derrotado y muerto por Bazán en Punta Delgada. No se emplea aquí retrato suyo.
Porque Álvaro de Bazán es el gran marino que casi nadie nombra. Su siglo estuvo lleno de nombres sonoros, pero ninguno puede decir lo que él: que no lo venció nadie, jamás, en toda una vida de guerra en el mar. Salvó la cristiandad en Lepanto, unió dos imperios en las Azores e inventó la operación naval más ambiciosa de su tiempo. Y sin embargo, el gran público solo recuerda la flota que fracasó cuando él ya había muerto.
Recordarlo entero es hacer justicia: no al mito de la Armada invencible, sino al hombre real que ganó todo lo que dependió de él. Su historia enseña algo que vale para cualquier época: que detrás de los grandes imperios no hay solo suerte ni tamaño, sino oficio, cabeza fría y hombres que no fallan en el momento decisivo. Bazán fue uno de esos hombres, y su nombre merece estar en la memoria del pueblo de seiscientos millones de almas que hoy comparte su lengua.