En 1588, la Grande y Felicísima Armada de Felipe II fracasó frente a Inglaterra — así la llamaron los nuestros, que «Invencible» es burla acuñada por el enemigo. Lo que casi nadie cuenta es lo que pasó un año después: Inglaterra envió su propia gran armada contra España… y perdió más barcos y más hombres que Felipe II. Su primera tumba fue La Coruña, donde una mujer del pueblo cambió la historia con una pica en la mano.

La Cruz de San Jorge, enseña de Inglaterra; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
En 1588, la Grande y Felicísima Armada de Felipe II fracasó contra Inglaterra — más por los temporales del Atlántico norte que por los cañones ingleses. Isabel I quiso rematar: en 1589 lanzó la Contraarmada — los ingleses la llamaron la English Armada — al mando de sus dos mayores estrellas: Francis Drake por mar y John Norris por tierra. Unas 150 naves y 23.000 hombres con un plan triple: destruir los restos de la flota española que se reparaban en los puertos del Cantábrico, tomar Lisboa para arrancar Portugal a Felipe II, y de paso capturar las Azores y la flota de Indias. Sobre el papel, el golpe definitivo.
Drake, sin embargo, desobedeció el plan desde el primer día: en vez de ir a Santander, donde invernaban indefensos los galeones supervivientes, puso rumbo a un objetivo más fácil y con fama de rico: La Coruña. Fue el primer error de una campaña que los acumularía todos.
Y no era un objetivo menor. Si la Contraarmada hubiera cumplido su plan —quemar los galeones en reparación, sublevar Portugal, cortar la plata de Indias—, el imperio de Felipe II habría quedado herido de muerte en su punto más frágil, justo cuando se recuperaba del golpe de 1588. En La Coruña no se jugaba solo una ciudad: se jugaba si Inglaterra remataba a España o si España volvía a ponerse en pie. Lo segundo empezó en una brecha, con una pica y una mujer.
Todo el mundo ha oído hablar del fracaso de la Armada española de 1588; casi nadie sabe que su gemela inglesa fracasó aún peor un año después. Es la gran asimetría de la propaganda. En 1589, Isabel I lanzó su propia gran armada —la English Armada— con un plan ambicioso en tres golpes: rematar en los puertos del Cantábrico a los galeones españoles que se reparaban indefensos, tomar Lisboa para arrancarle Portugal a Felipe II, y capturar las Azores con la flota de la plata de Indias. Si lo lograba, el imperio de Felipe II quedaba herido de muerte justo cuando trataba de rehacerse.
La Coruña era una plaza menor: unos 1.500 hombres de armas entre guarnición y milicias, más las tripulaciones de un puñado de naves — entre ellas el galeón San Juan, veterano de la Felicísima Armada, que se batió hasta ser incendiado. Y estaba el pueblo: pescadores, artesanos, y las mujeres de la ciudad, que desde el primer día acarrearon pólvora, piedra y agua a las murallas. Entre ellas, la esposa de un carnicero, de unos veinticuatro años: Mayor Fernández de la Cámara y Pita — María Pita.
Ciento cincuenta velas cierran la bahía. Norris desembarca miles de hombres y en dos días arrasa el arrabal de la Pescadería. La ciudad alta, amurallada, se niega a rendirse. Empieza el asedio: minas bajo la muralla, baterías y asaltos.
Una mina abre un boquete en la muralla vieja y las columnas inglesas se lanzan al asalto definitivo. En lo alto de la brecha cae muerto el marido de María Pita. Ella recoge su pica — o arranca la lanza al alférez inglés que corona el muro con la bandera, según la tradición —, mata al oficial, arroja la enseña al foso y se vuelve hacia los suyos gritando: «¡Quen teña honra, que me siga!» — quien tenga honra, que me siga. La ciudad entera la sigue: el asalto se deshace, y con él la moral inglesa.
Tras dos semanas, un millar largo de bajas y ni un palmo ganado de la ciudad alta, la Contraarmada reembarca y abandona La Coruña. El botín: nada. El tiempo perdido: fatal, porque España lo ha usado para preparar Lisboa.
Norris desembarca en Peniche y marcha sobre Lisboa esperando un alzamiento portugués que nunca llega: Portugal no se mueve. Sin artillería de sitio, con el ejército fundiéndose por la disentería y las guarniciones hispano-portuguesas golpeando sin descanso, el asalto ni siquiera se intenta en serio. La retirada al mar es una agonía; las Azores quedan intactas y la flota de Indias llega a puerto sin un rasguño.
De los 23.000 que zarparon, se calcula que volvieron a Inglaterra menos de la mitad: entre combates, naufragios y epidemias, la Contraarmada perdió más hombres y más naves que la Grande y Felicísima Armada. Isabel I, arruinada por la expedición, prohibió hablar del asunto. Drake cayó en desgracia. Por eso esta historia no sale en las películas.
La defensa de La Coruña fue obra de una ciudad entera, y las mujeres estuvieron en ella desde el primer día, acarreando pólvora, piedra y agua a las murallas bajo el fuego. Pero el instante que la hizo leyenda llegó el 14 de mayo, cuando una mina abrió un boquete en la vieja muralla y las columnas inglesas se lanzaron al asalto definitivo. En lo alto de la brecha cayó muerto el marido de María Pita. Y entonces aquella mujer de unos veinticuatro años, esposa de un carnicero, hizo lo que no se esperaba de nadie: en vez de llorar o huir, tomó la pica, mató al oficial inglés que coronaba el muro con la bandera, arrojó la enseña al foso y se volvió hacia los suyos con un grito que resume el alma de esta casa entera: «¡Quen teña honra, que me siga!» —quien tenga honra, que me siga—.
La ciudad la siguió. El asalto se deshizo en la brecha, y con él la moral de toda la Contraarmada. No fue un gesto de leyenda inventado a posteriori: Felipe II premió a María Pita con una pensión de alférez —grado militar, para una civil, en pleno siglo XVI—, lo que dice que sus contemporáneos supieron muy bien lo que había hecho. No la movía la gloria ni un cargo; la movía la rabia, la honra y la defensa de su ciudad y de los suyos. Como Agustina en Zaragoza dos siglos después, o como las mujeres de San Juan alumbrando la bahía con antorchas, María Pita puso a la victoria rostro de mujer del pueblo.
Felipe II premió a María Pita con una pensión vitalicia de alférez — grado militar, para una civil, en el siglo XVI — y el privilegio de exportar mulas a Portugal, del que vivió con holgura el resto de su larga vida. La Coruña la hizo eterna: su plaza mayor lleva su nombre y su estatua de bronce sigue señalando con la pica hacia el mar por donde vinieron. La armada española, que la Contraarmada debía rematar, se reconstruyó en pocos años y escoltó la plata de Indias durante otra generación sin perder una sola flota.
¡Quen teña honra, que me siga!
María Pita En la brecha de la muralla de La Coruña, 14 de mayo de 1589Pongámonos en la muralla de La Coruña aquel 14 de mayo. Dos semanas de asedio, el arrabal ya arrasado, y de pronto una explosión que abre la muralla y una marea de soldados ingleses trepando por el boquete. En ese caos de humo y gritos, María Pita ve caer muerto a su marido a su lado. Lo que debió de sentir en ese instante —el dolor, el terror, y por encima de ambos una rabia que lo barre todo— la empujó a hacer lo contrario de lo razonable: no retroceder, sino subir a la brecha y plantar cara. A veces el valor no es ausencia de miedo, sino un sentimiento aún más fuerte que el miedo.
Y hay un sentimiento más amplio en esta historia, el de todo un país. España venía del golpe de 1588 y de la humillación de ver fracasar su gran armada; muchos daban por hecho que Inglaterra remataría la faena. Lo que sintieron los coruñeses al ver reembarcar a la Contraarmada derrotada, sin haber ganado un palmo de su ciudad alta, fue el orgullo de haber empezado ellos —una plaza menor, con las mujeres en el muro— la respuesta que devolvió a España la fe en sí misma. La armada que debía rematarlos se reconstruyó y siguió escoltando la plata de Indias otra generación. Que casi nadie cuente esta victoria no la hace menos real: solo prueba que la historia la escribe, muchas veces, quien mejor maneja la propaganda. Aquí la contamos entera, y con nombre de mujer.
Porque la historia la escriben los que ganan… la propaganda. Todo el mundo repite el nombre burlón que el enemigo puso a la armada de 1588; casi nadie sabe que su gemela inglesa acabó peor un año después. Y porque el rostro de esa victoria no es un almirante con armadura, sino una mujer del pueblo llano — la prueba de que las murallas de la Hispanidad las han defendido siempre, también, sus vecinas. En el mapa de esta casa, La Coruña se enciende con nombre de mujer.

Mayor Fernández de la Cámara y Pita. Al caer su marido en la brecha, tomó la pica, mató al alférez que coronaba el muro y arrastró a la ciudad al grito de «¡Quen teña honra, que me siga!». Felipe II le dio pensión de alférez de por vida.

El corsario que había aterrorizado el Caribe mandaba la flota. Desobedeció el plan desde el primer día, se detuvo en La Coruña y perdió allí el tiempo que salvó a España. Cayó en desgracia tras el fiasco.

El mando terrestre de la expedición. Arrasó el arrabal, pero se estrelló contra la ciudad alta y, después, contra una Lisboa que no se sublevó. Su ejército se fundió por la disentería.