En 1595 cruzó el Pacífico buscando unas islas de leyenda. La expedición se convirtió en una pesadilla de hambre, enfermedad y muerte, y en lo peor de todo su marido, el jefe, murió. Entonces ella hizo lo que ninguna mujer había hecho antes: tomó el mando de la flota entera y, contra el océano y contra el desánimo, sacó con vida a los supervivientes hasta Manila. Esta es la historia de la primera almirante de la historia.

En 1568, el navegante Álvaro de Mendaña había descubierto, en mitad del inmenso Pacífico, unas islas a las que llamó las Salomón, soñando que allí estaban las minas del rey bíblico. Durante casi treinta años acarició la idea de volver para colonizarlas. Cuando por fin, ya mayor, consiguió el permiso y los barcos para intentarlo, organizó desde el Perú una gran expedición de colonos: no solo soldados y marineros, sino familias enteras, mujeres y niños, que iban a fundar una nueva sociedad al otro lado del mundo.
En aquella expedición viajaba su esposa, Isabel Barreto, una mujer de la nobleza, de carácter fuerte y voluntad de hierro, que embarcó no como simple acompañante, sino con rango y autoridad reconocidos. Nadie podía imaginar entonces que aquel viaje se torcería hasta convertirse en una tragedia, ni que sería precisamente ella, y no ninguno de los curtidos capitanes, quien tendría que salvar lo que quedara.
La expedición partió en 1595 y cruzó el Pacífico, pero nunca encontró las Salomón: los cálculos de treinta años atrás estaban equivocados y las islas quedaron perdidas en la inmensidad. En su lugar, la flota llegó a otro archipiélago, el de Santa Cruz, donde Mendaña intentó fundar la colonia soñada. Fue un desastre. El lugar era hostil, estallaron enfermedades tropicales, la comida escaseó y las relaciones con los isleños se tornaron violentas. Entre los propios españoles brotó el motín y la sangre: la colonia se deshacía en el hambre, la fiebre y la discordia.
Y entonces cayó el golpe definitivo: Álvaro de Mendaña enfermó y murió. El jefe, el alma del proyecto, desaparecía en el peor momento, dejando a un puñado de supervivientes moribundos, aterrados y sin rumbo, a miles de kilómetros de cualquier tierra amiga. La expedición estaba condenada. Alguien tenía que tomar el mando de aquel naufragio flotante. Y ese alguien fue su viuda.
Antes de morir, Mendaña había dejado dispuesto que el mando pasara a Isabel Barreto. Y ella lo asumió sin titubear. Se convirtió así en gobernadora de la colonia y almiranta de la flota: la primera vez, hasta donde sabemos, que una mujer mandaba una armada en la historia. No era un título honorífico. Tenía sobre sus hombros la vida de todos los que quedaban: decidir, mandar, castigar, racionar, sostener la disciplina en unos barcos donde la gente se moría de hambre y de fiebre.
Tomó la decisión más dura y más sensata: abandonar la colonia condenada y poner rumbo a Manila, en las Filipinas, la tierra española más cercana, aunque estuviera a un océano de distancia. La travesía fue espantosa. Los barcos, podridos y con las tripulaciones diezmadas, cruzaron el Pacífico occidental mientras la gente seguía muriendo de sed, de escorbuto y de enfermedad. Se cuenta que Isabel Barreto racionó el agua con mano durísima, negándola incluso a los moribundos para que alcanzara a los que aún podían salvarse. Las crónicas —escritas por hombres que no llevaban bien recibir órdenes de una mujer— la pintan como cruel y despótica. Quizá lo fue. O quizá esa dureza fue exactamente lo que hizo falta para que alguien llegara vivo. Lo cierto es el resultado: en 1596, contra todo pronóstico, los supervivientes alcanzaron Manila. Ella los había traído.
El piloto mayor de la flota era Pedro Fernández de Quirós, uno de los grandes navegantes de su tiempo, que años después dirigiría su propia expedición al Pacífico y llegaría a las islas de Vanuatu. Que un marino de semejante talla estuviera bajo el mando de Isabel Barreto da la medida de lo insólito de la situación: la almiranta mandaba, y el mejor piloto del océano obedecía.
Hay que intentar imaginar el peso que cayó sobre aquella mujer. Acababa de perder a su marido; estaba en mitad del mayor océano del planeta, rodeada de moribundos, con unos barcos que se caían a pedazos y unos hombres que, además del hambre y el miedo, cargaban con el resentimiento de tener que obedecer a una mujer. Cualquiera se habría hundido. Ella, en cambio, apretó los dientes y mandó. Tomó decisiones atroces —negar agua a unos para salvar a otros— sabiendo que la odiarían por ellas, porque entendió que el sentimentalismo, en aquel infierno, mataba a más gente que la dureza.
Esa es una forma de valor que rara vez se celebra: la de cargar con el mando en el peor momento, sola y cuestionada, y tomar las decisiones que nadie quiere tomar. No tuvo la gloria del que gana una batalla; tuvo la responsabilidad, mucho más solitaria, del que tiene que decidir quién come y quién no para que alguien sobreviva. Llegó a Manila señalada y difamada, pero llegó, y con ella llegaron los que aún respiraban. Pocas veces una decisión impopular ha salvado tantas vidas.
Le tocó mandar en el peor momento, sola y entre hombres que no querían obedecerla, y aun así trajo a los vivos a puerto.
Síntesis de la travesía de Isabel Barreto del Pacífico a Manila, 1595–1596Al morir su marido en mitad del Pacífico, tomó el mando de la expedición y llevó a los supervivientes hasta Manila. La primera mujer que mandó una armada. No se conserva retrato auténtico suyo.
Descubridor de las islas Salomón en 1568. En su segundo viaje, buscando colonizarlas, enfermó y murió, dejando el mando a su esposa Isabel Barreto. No se conserva retrato suyo.
El gran piloto de la expedición, que después dirigiría su propio viaje al Pacífico. Su relación es una de las fuentes principales de esta odisea. No se conserva retrato auténtico suyo.
Porque en pleno siglo XVI, cuando se supone que a las mujeres no se les permitía mandar nada, una mujer mandó una flota entera a través del mayor océano del mundo y salvó a su gente. Isabel Barreto es, hasta donde alcanza la historia, la primera almirante conocida. Su nombre debería estar en todos los libros que hablan de los grandes viajes del Pacífico, y sin embargo apenas se recuerda. Repararlo es hacer justicia a una hazaña que no cabía en los prejuicios de su época ni, a veces, en los de la nuestra.
Y merece contarse sin convertirla en estampa. No fue una heroína dulce ni una víctima: fue una mujer de mando, dura y discutida, que tomó decisiones terribles porque el momento las exigía. Los cronistas la trataron mal en parte por serlo todo eso siendo mujer. Verla entera —su coraje y su dureza, su tragedia y su eficacia— es lo que la hace real y grande a la vez. El pueblo de seiscientos millones de almas que hoy comparte su lengua tiene en ella a una de sus figuras más rompedoras: la que demostró, cuatro siglos antes de que fuera evidente, que el mando no tiene sexo.