Inglaterra reunió la mayor expedición corsaria de su siglo para degollar la ruta del tesoro: veintisiete naves y sus dos capitanes-leyenda, Drake y Hawkins. En San Juan de Puerto Rico esperaban cinco fragatas, setenta cañones y una plaza que no pensaba negociar. Cuando la flota inglesa se marchó en la oscuridad, empezaba el final de la era de los corsarios.

Se muestra la enseña de Inglaterra; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.
En 1595, la reina de Inglaterra apostó fuerte: una expedición de veintisiete naves y dos mil quinientos hombres para tomar Panamá y cortar de raíz la ruta de la plata. Al mando, las dos mayores leyendas corsarias del siglo: Francis Drake y John Hawkins, juntos por primera vez en décadas. La primera escala se eligió por codicia: en San Juan de Puerto Rico, el galeón Begoña había desembarcado, para ponerlos a salvo, dos millones de pesos de plata de la flota de Indias.
Pero España ya no era la de los años ingenuos: cinco fragatas de guerra del general Pedro Tello de Guzmán habían llegado antes que los ingleses, avisando y reforzando la plaza. Se hundieron barcos viejos en la bocana, se repartieron los setenta cañones, y la ciudad entera — soldados, vecinos, milicias — se puso a las murallas.
Una bahía estrecha guardada por El Morro, aún a medio construir: la llave del Caribe, con dos millones de pesos de plata esperando escolta hacia Sevilla.
A la vista de Puerto Rico muere de enfermedad John Hawkins, el patriarca de los corsarios. La expedición, que ya ha perdido tiempo y sorpresa en un asalto fallido a las Canarias, sigue adelante con Drake al frente.
La flota fondea al alcance de las baterías — un error que no habría cometido de joven. Un tiro español atraviesa la cámara del buque insignia en plena cena de oficiales, mata a dos capitanes y derriba el taburete del propio Drake. La flota leva anclas de noche, buscando otra postura.
Drake juega su carta maestra: veinticinco lanchas entran a remo en la bahía para incendiar las fragatas de Tello. Logran prender una — y su llamarada los ilumina a todos. Desde las murallas, las fragatas y las baterías bajas, la artillería y la mosquetería baten la bahía como un tambor: cientos de ingleses no vuelven. El tesoro no se toca.
Sin sorpresa, sin bocana y sin ganas de probar El Morro de frente, Drake pone rumbo a Panamá. San Juan ha ganado; la plata llegará íntegra a Sevilla escoltada por las fragatas de Tello.
El resto de la expedición fue un calvario: Riohacha y Santa Marta dieron poco botín; en Panamá, los quinientos hombres desembarcados fueron deshechos en los pasos de la sierra por las milicias del istmo. Y frente a Portobelo, el 28 de enero de 1596, murió de disentería el propio Drake, sepultado en el mar que había asombrado y saqueado. La reina no recuperó ni la inversión. La era de los grandes corsarios isabelinos terminó allí — no en una tormenta, sino contra un sistema defensivo hispano que había aprendido rápido: castillos, fragatas, milicias y vecinos que no huían.
Nunca vio Inglaterra flota más lucida partir con mayores esperanzas, ni volver con menos.
Cronistas ingleses de 1595 Según el balance de la propia expediciónLo que sintieron los defensores de San Juan al ver aparecer las veintisiete naves de Drake y Hawkins —los dos corsarios más temidos del mundo— fue el miedo lógico ante una leyenda; y, debajo, la resolución de no ser una presa fácil. Con cinco fragatas y setenta cañones, plantaron cara al mayor azote de la Monarquía y no cedieron.
Debió de haber un asombro casi supersticioso cuando comprendieron que el invencible Drake se marchaba de vacío, y que Hawkins había muerto allí mismo, frente a la isla. Sintieron, quizá, que las leyendas también se rompen, y que la suya empezaba justo donde la del enemigo se apagaba.
Porque desmiente el cuento de un Caribe hispano indefenso ante los corsarios geniales: a la tercera generación de ataques, las Indias tenían la mejor arquitectura defensiva del planeta y la servían criollos y peninsulares codo a codo. San Juan 1595 es el ensayo general del 1741 de Cartagena. En nuestro mapa, el 23 de noviembre se enciende El Morro — las almenas donde se apagó la estrella de Drake.
Y hay un matiz que a esta casa le importa mucho: los que apagaron las lanchas de Drake aquella noche no eran solo soldados llegados de la península, sino los propios vecinos de San Juan —criollos, milicianos y pardos libres— defendiendo su ciudad. Puerto Rico no fue un decorado de la historia imperial: fue protagonista de su propia defensa. La misma gente que rechazó al mayor corsario del mundo es la que hoy sigue hablando, sintiendo y cantando en español en mitad del Caribe.
Llegó a San Juan antes que los ingleses, avisó y reforzó la plaza: hundió barcos viejos en la bocana, repartió los setenta cañones y puso a la ciudad en las murallas. Su previsión decidió la jornada.

En San Juan fondeó al alcance de las baterías —un error impropio de su juventud— y un cañonazo estuvo a punto de matarlo en plena cena. Dos meses después murió de disentería frente a Portobelo: con él se apagó la era de los corsarios isabelinos.

El viejo maestro de Drake, con quien mandaba la expedición por primera vez en décadas. Murió de enfermedad a la vista de Puerto Rico, antes de disparar un solo tiro: un mal presagio para toda la empresa.