Durante casi un siglo, las flotas de los Países Bajos rondaron Filipinas como lobos, empeñadas en arrebatarle a España la llave de Asia y el comercio de la seda y la plata. En 1617, una de aquellas armadas bloqueó Manila con la certeza de rendirla. Le salió al paso una escuadra hispano-filipina — y en las aguas de Playa Honda le dio una de las mayores derrotas navales que sufrieron los holandeses en el Pacífico.

El Prinsenvlag (naranja, blanco y azul), pabellón de las Provincias Unidas; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
A comienzos del siglo XVII, las Provincias Unidas de los Países Bajos, en guerra con la Monarquía Hispánica, extendieron el conflicto al otro extremo del mundo. Su objetivo en Asia era claro: expulsar a España de Filipinas, único bastión europeo católico en el Pacífico y escala del riquísimo comercio entre Asia y América. Año tras año, las flotas holandesas se apostaban ante Manila para bloquearla, cortar el galeón que la unía con Acapulco y ahogar la colonia.
En la primavera de 1617, una poderosa armada neerlandesa volvió a cerrar la bahía. Esta vez, el gobernador no esperó a que el hambre hiciera su trabajo: reunió cuanto barco pudo armar y encomendó la respuesta a un marino veterano, el general Juan Ronquillo. La escuadra que zarpó de Manila llevaba, junto a los españoles, tripulaciones y soldados filipinos: la defensa de las islas fue, desde el principio, cosa de todos sus hijos.
Los holandeses eran maestros del mar, con navíos sólidos y artillería moderna, y contaban con la ventaja de bloquear una plaza aislada a medio mundo de la metrópoli. La escuadra hispano-filipina era más improvisada, armada con lo que había en los astilleros de Cavite, pero peleaba en su casa y por su supervivencia. El choque decidiría si Manila seguía siendo la puerta española de Asia o pasaba a manos neerlandesas.
Las aguas del noroeste de Luzón, a la entrada de la bahía de Manila: allí, en mar abierto, salió a jugarse el archipiélago entero la escuadra de Cavite.
La armada holandesa se aposta ante Manila para cortar el comercio y forzar la rendición. Confían, como tantas veces, en que el bloqueo baste. Pero esta vez la respuesta va a salir a buscarlos.
La escuadra de Ronquillo alcanza a los holandeses frente a la costa de Playa Honda, al noroeste de la bahía. El combate es un duelo de artillería y abordajes largo y encarnizado, barco contra barco, entre el humo de la pólvora.
La nave capitana holandesa es batida y su almirante muere en la acción. Varios navíos neerlandeses son hundidos o apresados; el resto huye maltrecho. La flota de bloqueo queda destrozada y el mar de Manila, despejado.
El galeón vuelve a zarpar rumbo a Acapulco, la colonia respira y la puerta española de Asia sigue abierta. Los holandeses lo intentarían más veces a lo largo del siglo, pero Filipinas nunca cayó en sus manos.
Playa Honda fue una de las victorias que explican por qué Filipinas siguió siendo hispana durante tres siglos pese al acoso constante de las mayores potencias navales del momento. No fue un milagro aislado, sino el fruto de una defensa tenaz sostenida generación tras generación por españoles y filipinos juntos, en los astilleros de Cavite y en las cubiertas de los galeones. Cada vez que una armada enemiga creyó tener Manila a su merced, se encontró con una respuesta que salía a su encuentro en mar abierto.
No esperaron a que el hambre rindiera la ciudad: salieron a buscar a la armada enemiga y la deshicieron en mar abierto.
Sobre la victoria de Juan Ronquillo Playa Honda, 14 de abril de 1617Lo que sintieron los que se batieron en Playa Honda fue el peso de una soledad inmensa: defender el confín asiático del imperio a miles de kilómetros de cualquier auxilio, sabiendo que si caía Manila no habría flota que viniera a recuperarla. Contra una armada holandesa segura de vencer, salieron igualmente a buscarla mar adentro, porque esperar encerrados era perderlo todo.
Debió de haber, en la victoria, más alivio que euforia. Habían comprado un poco más de tiempo para aquel rincón lejano donde España, casi sola, sostenía su presencia en Asia. No peleaban por una gloria que nadie iba a cantarles, sino por no dejar caer la llave de un mundo entero.
Porque Filipinas es la prueba más lejana y más olvidada de hasta dónde llegó la Hispanidad: un archipiélago en el corazón de Asia que, defendido por sus propios hijos, resistió durante siglos a holandeses, ingleses y chinos. Playa Honda es una de esas victorias que no salen en los libros y que, sin embargo, decidieron el mapa del mundo. En el mapa de esta casa, las aguas de Luzón se encienden con el humo de la escuadra que salió a defender su mar.
Marino veterano al que el gobernador encomendó la respuesta. En vez de esperar a que el hambre rindiera Manila, salió a mar abierto a buscar a la armada enemiga y la deshizo en las aguas de Playa Honda.