Nació en un pueblo de Madrid, se hizo jesuita y quiso llegar a Etiopía. Por el camino lo apresaron unos corsarios y pasó siete años como esclavo en Yemen, remando en galeras con grillos en los pies. Pudo renegar de su fe para librarse; no lo hizo. Cuando por fin quedó libre, en vez de volver a casa, terminó el viaje que le había costado la libertad. Y allí, en 1618, hizo lo que reyes y emperadores llevaban dos mil años soñando: se arrodilló ante las fuentes del Nilo Azul y fue el primer europeo que vio nacer el río más legendario del mundo.

En el siglo XVI, el nacimiento del Nilo era uno de los grandes misterios del mundo. Griegos y romanos lo habían buscado en vano; se decía que ni el gran Alejandro ni Julio César habían logrado saber de dónde brotaba el río que daba vida a Egipto. Y resulta que la respuesta —la del Nilo Azul, que aporta la mayor parte de su caudal— la encontró, dos mil años después, un cura español nacido en Olmeda de las Fuentes, un pueblo de Madrid: Pedro Páez.
Páez se hizo jesuita y pidió ir a las misiones más lejanas. Su destino era Etiopía, el viejo reino cristiano de las montañas, aislado del mundo por el islam y la distancia, la tierra que en Europa llamaban del mítico Preste Juan. En 1588 partió de la India hacia allá disfrazado de mercader armenio. No sabía que el camino a las fuentes del Nilo iba a pasar, primero, por el fondo de una galera.
De la costa de Yemen a las montañas de Etiopía y al gran lago Tana: la ruta de una odisea de treinta años que terminó arrodillado ante dos manantiales.
Apenas embarcado hacia Etiopía, Páez es apresado por corsarios en el mar de Arabia y vendido como esclavo. Empieza una pesadilla de siete años en Yemen: trabajos forzados, cárcel y el remo de las galeras, con grillos en los pies.
Le ofrecen la libertad si reniega de su religión y se hace musulmán. Se niega, una y otra vez, y paga cada negativa con más castigo. Aquella tozudez ante la esclavitud dice más de él que ninguna hazaña posterior.
Rescatado por fin, cualquiera habría vuelto a casa a descansar de por vida. Páez, no: regresa a la India, se rehace y jura terminar el viaje a Etiopía que le costó siete años de cadenas. Lo intenta de nuevo.
Catorce años después de salir, desembarca en el puerto de Massawa y entra en Etiopía. En vez de imponerse, hace algo raro para su tiempo: estudia. Aprende el ge'ez litúrgico y el amárico hasta hablarlos como un letrado del país; discute de teología con los monjes de igual a igual, y se gana su respeto con el argumento, no con la fuerza.
Junto al lago Tana levanta, en Gorgora, el primer edificio de piedra y cal de la Etiopía moderna, asombro de la corte. Se convierte en consejero de confianza del emperador Susinios y en el mayor conocedor extranjero del país. Y empieza a escribir su gran obra: la «História da Etiópia».
Acompañando al emperador en campaña, Páez llega a las fuentes de Gish Abay y se arrodilla ante dos manantiales que brotan de la tierra: el nacimiento del Nilo Azul. Es el primer europeo que lo ve, lo mide y lo describe. Lo cuenta con emoción de sabio: por fin sabe lo que la Antigüedad entera había ansiado saber.
Muere de fiebres a orillas del Tana, con su «História da Etiópia» recién terminada. Su hallazgo, escrito en portugués y guardado en archivos, quedó casi olvidado — y siglo y medio después otro explorador se llevaría la fama de descubrir lo que Páez ya había descrito.
El manuscrito de Páez durmió en los archivos, y en 1770 el viajero escocés James Bruce anunció al mundo que él había «descubierto» las fuentes del Nilo Azul, callándose que un jesuita español había estado allí, y lo había contado, ciento cincuenta años antes. La historia, más lenta pero más justa, acabó devolviéndole a Páez lo suyo: hoy su «História da Etiópia» está considerada la obra fundacional del conocimiento europeo sobre aquel país, y su nombre vuelve a ir unido, por derecho, al nacimiento del gran río.
Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César.
Pedro Páez «História da Etiópia», ante las fuentes del Nilo Azul, 1618Lo que sintió aquel hombre en los siete años de cautiverio —remando con grillos, pudiendo librarse con solo renegar de su fe y negándose una y otra vez— es difícil de imaginar sin estremecerse. No era fanatismo: era la decisión terca de no traicionarse a sí mismo, de seguir siendo quien era aunque le costara la libertad y casi la vida. Esa fidelidad a una idea, en mitad del sufrimiento, es una forma de valor que no necesita campo de batalla.
Y luego estuvo el asombro del sabio. Cuando por fin llegó a las fuentes del Nilo Azul y vio brotar de la tierra el río que había obsesionado a griegos y romanos durante dos mil años, Pedro Páez fue, hasta donde sabemos, el primer europeo en contemplarlas. Debió de sentir esa alegría limpia del que ha llegado adonde nadie de los suyos llegó, no por oro ni por gloria, sino por pura sed de ver y de saber.
Porque la de Pedro Páez es una de esas vidas que parecen inventadas y son verdad: un hombre de un pueblo de Madrid que sobrevivió a siete años de esclavitud sin doblegarse, cruzó medio mundo y acabó resolviendo, con paciencia de sabio, uno de los enigmas más antiguos de la humanidad. En nuestro mapa, 1618 enciende un rincón de Etiopía: el punto donde un español se arrodilló ante el nacimiento del Nilo.
Y hay que contarlo entero, sin leyenda dorada. La misión que Páez encabezó pretendía llevar a Etiopía a la obediencia de Roma, y aunque él lo hizo con respeto —aprendiendo la lengua, admirando la cultura antiquísima del país—, quienes le sucedieron fueron torpes e impositivos, y su exceso terminó provocando el rechazo y la expulsión de los jesuitas pocos años después. Aquello fue un fracaso, y esta casa no lo esconde. Pero precisamente por eso brilla el modo de Páez: el del que no llega a arrasar, sino a entender; el que estudia antes de hablar y escucha antes de convencer. Su verdadera conquista no fue religiosa ni militar — fue la del conocimiento. Un hijo de la Hispanidad le regaló al mundo la respuesta a una pregunta de dos mil años, y lo hizo desde la humildad del que primero fue esclavo y luego, jamás, amo. Pocas vidas honran tanto lo mejor de esta civilización: la curiosidad, la resistencia y el respeto por el otro.