En 1624, los Países Bajos jugaron su carta más ambiciosa en América: una flota enorme, la mayor que enviaron jamás al Pacífico, con una sola orden —apoderarse de la plata del Perú y de su capital, Lima—. Fondeó ante el Callao segura de su presa. Meses después se marchó con las manos vacías, la ciudad intacta y su almirante muerto sin haber pisado tierra firme.

El Prinsenvlag (naranja, blanco y azul), pabellón de las Provincias Unidas; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
El Virreinato del Perú era el mayor tesoro de la Monarquía: de sus montañas salía la plata que movía el comercio del mundo, y esa plata se embarcaba en el Callao, el puerto de Lima. Nada tentaba más a los enemigos de España que cortar aquella vena. En guerra con la Corona, los Países Bajos armaron su golpe más ambicioso en el Pacífico: la Flota de Nassau, once navíos y casi dos mil hombres al mando del almirante Jacques l'Hermite, con la orden de tomar el Callao, saquear Lima y adueñarse de la plata del Perú.
En mayo de 1624, la flota apareció ante el puerto. Era la fuerza más poderosa que los holandeses habían llevado nunca a aquellas aguas, y su llegada sembró la alarma en toda la costa. Pero el virrey, el marqués de Guadalcázar, no perdió la cabeza: puso Lima en pie de guerra, artilló el puerto y se dispuso a resistir un asedio en el confín del mundo.
Los holandeses tenían la mejor flota del momento y la ventaja de la sorpresa. Pero les faltaba lo esencial para una conquista: tropas de desembarco suficientes para tomar una ciudad grande y bien defendida. Del lado peruano se movilizó todo el virreinato: la guarnición del Callao, las milicias de Lima, los vecinos, el clero, los estudiantes de San Marcos. Una ciudad entera se echó a las murallas para defender su plata y su vida.
Un puerto abrigado a pocos kilómetros de Lima, salida de toda la plata del Perú: quien cerraba el Callao estrangulaba la vena que alimentaba al mundo — si lograba cerrarlo.
Los once navíos de Nassau fondean frente al puerto y lo bloquean. Cuentan con rendirlo por hambre y con sublevar a la población. Ninguna de las dos cosas ocurre: el Callao se cierra como un puño y Lima, a pocos kilómetros, se arma hasta los dientes.
Los holandeses bombardean, apresan barcos y tantean desembarcos, pero cada intento se estrella contra la artillería y las milicias de la costa. Sin fuerzas para asaltar la plaza, el bloqueo se alarga sin fruto mientras la moral de la flota se hunde.
El propio l'Hermite, enfermo, muere a bordo sin haber logrado nada. Su desaparición desmoraliza aún más a una flota que ve pasar los meses ante una ciudad que no se rinde y una plata que no puede tocar.
Tras casi tres meses de bloqueo estéril, la Flota de Nassau leva anclas y abandona el Callao. Se desahoga saqueando puertos menores de la costa, pero el gran golpe ha fracasado. El corazón del virreinato ha resistido.
El fracaso de la Flota de Nassau fue el mayor y el último gran intento holandés de arrebatar el Perú a España por la fuerza. Demostró que ni la mejor armada del mundo podía tomar una capital hispanoamericana bien defendida y decidida a resistir, a miles de kilómetros de cualquier ayuda. La plata siguió saliendo del Callao rumbo a Panamá y de allí a Sevilla, y Lima quedó con la certeza de que su puerto era una fortaleza que ninguna flota podía morder.
Trajeron la mejor flota del Pacífico y un almirante de fama; se llevaron un ataúd y ni una onza de la plata que venían a robar.
Sobre el fracaso de la Flota de Nassau Ante el Callao, 1624Lo que sintió Lima entera cuando la mayor flota que los holandeses enviaron jamás al Pacífico fondeó ante el Callao fue un miedo colectivo, el de una capital rica que se sabía la presa soñada. Y lo que vino después fue esa reacción tan hispana de cerrar filas: la ciudad se armó, el puerto se erizó de cañones y la plata siguió a salvo.
Los que velaron aquellas noches en las murallas del Callao debieron de sentir el peso de defender no solo una ciudad, sino la vena por la que corría la riqueza de medio imperio. Que la flota enemiga acabara marchándose sin su presa fue, para ellos, la prueba de que ni el océano más remoto estaba indefenso.
Porque muestra hasta qué punto el Perú fue durante siglos el cofre del mundo, y con qué firmeza supo guardarlo. La defensa del Callao no la hizo solo la Corona: la hicieron los limeños que se armaron para proteger su ciudad. Es una de esas victorias silenciosas —sin gran batalla campal, ganada a fuerza de aguante— que sostuvieron el mapa de la Hispanidad frente al acoso de todas las potencias. En el mapa de esta casa, el Callao se enciende como el puerto que ninguna armada pudo forzar.

No perdió la cabeza ante la mayor flota jamás vista en aquellas aguas: puso Lima en pie de guerra, artilló el puerto y decidió resistir un asedio en el confín del mundo. Antes había sido virrey de Nueva España.

Trajo la mejor armada del momento con la orden de robar la plata del Perú. Enfermo, murió a bordo el 2 de junio sin haber pisado tierra firme ni logrado nada: la flota se llevó su ataúd y ni una onza de plata.