En 1625, Inglaterra creyó que podía repetir el saqueo que Drake le había hecho a Cádiz treinta años antes. Envió cien naves y quince mil hombres. Los recibió un general viejo y agotado por la gota, que dirigió la defensa sentado en una silla — y los devolvió al mar en desbandada, muchos de ellos incapaces de tenerse en pie tras saquear las bodegas de vino.


Se muestra la bandera británica actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.
En 1625, Inglaterra volvía a la guerra contra España y quería empezarla con un golpe que resonara en toda Europa: repetir la humillación que Francis Drake le había infligido a Cádiz en 1596, cuando saqueó y quemó la ciudad. Para ello armó, junto a los holandeses, una flota enorme — cerca de cien naves y quince mil hombres— al mando de Sir Edward Cecil, vizconde de Wimbledon. El objetivo era doble: tomar Cádiz y, de paso, apresar la flota de la plata que se esperaba de América. Con ese botín, Inglaterra pagaría la guerra entera.
Cádiz no era una plaza cualquiera: era la puerta de entrada de la riqueza de las Indias, el puerto donde se descargaba la plata que movía el mundo. Perderla habría sido cortarle a la Monarquía la vena por donde le llegaba su oro. Por eso el golpe se preparó a lo grande; y por eso su fracaso resonó tanto.
La defensa recaía en Fernando Girón, un veterano general de los tercios ya anciano y tan tullido por la gota que no podía tenerse en pie: dirigió toda la batalla sentado en una silla, dando órdenes mientras el enemigo desembarcaba. A su lado, el duque de Fernandina con las galeras, la escasa guarnición, las milicias de la ciudad y los vecinos, y refuerzos que acudían por tierra desde toda la comarca. Frente a ellos, la mayor armada que Inglaterra había reunido en una generación — pero mandada por oficiales sin experiencia y tripulada por hombres reclutados a la fuerza, mal pagados y peor alimentados.
La armada de Wimbledon aparece ante Cádiz y entra en la bahía. La ciudad, sobre su lengua de tierra, es casi inexpugnable de frente; los ingleses deciden desembarcar en el interior de la bahía para tomarla por su base, cortando el istmo que la une al continente.
El desembarco se enreda en torno al fuerte del Puntal, que resiste y les hace perder un tiempo precioso. Girón, desde su silla, mueve a sus hombres para cerrar el istmo del Puente Suazo: si los ingleses no lo cruzan, no llegarán a la ciudad. No lo cruzan.
Detenidos, sin víveres y sin plan, los soldados ingleses tropiezan con las bodegas de vino de la comarca — y se emborrachan en masa. La disciplina se deshace: cientos de hombres quedan tirados, incapaces de combatir. Es el momento en que la expedición se hunde sola, sin apenas batalla.
Wimbledon comprende que no tomará la ciudad ni cerrará el istmo, y ordena reembarcar antes de que los refuerzos españoles lo aíslen. La retirada es un caos. La flota se hace a la mar sin haber logrado nada, batida además por los temporales del otoño.
Para colmo, la flota de la plata que esperaban capturar entra en puerto sana y salva pocos días después. La expedición vuelve a Inglaterra diezmada por el hambre y la enfermedad, sin ciudad, sin botín y sin honor. Wimbledon cargará el resto de su vida con el desastre.
El fracaso de 1625 fue tan sonado que se convirtió en asunto de Estado y de arte: años después, Felipe IV encargó para el Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro un ciclo de victorias, y Cádiz tuvo la suya. La pintó Zurbarán: el viejo Girón, sentado y sereno, señalando el campo de batalla mientras el enemigo se retira. Es una de las pocas veces en que un cuadro de gloria militar tiene por protagonista no a un rey a caballo, sino a un anciano en una silla.
Mandó la defensa sentado, porque la gota no le dejaba caminar; pero de aquella silla salieron las órdenes que devolvieron al mar a cien naves inglesas.
Sobre Fernando Girón En la defensa de Cádiz, noviembre de 1625Lo que sintió aquel general viejo y agotado por la gota, dirigiendo la defensa de Cádiz sentado en una silla porque no podía tenerse en pie, fue seguramente la misma terquedad de honor que tantas veces salvó a la Monarquía: la de no ceder aunque el cuerpo falle. Con cien naves inglesas delante y el recuerdo del saqueo de Drake treinta años atrás, cualquiera habría flaqueado; él, inmóvil, sostuvo el ánimo de los suyos.
Y los gaditanos debieron de sentir el alivio orgulloso de haber repetido la historia al revés: donde antes hubo humillación, ahora hubo un enemigo que se marchaba sin haber logrado nada. La ciudad había resistido, y su viejo capitán en la silla se convirtió en la imagen misma de aquella defensa.
Porque desmonta el mito de una España que solo perdía frente a Inglaterra: por cada Drake que saqueó Cádiz, hubo un Wimbledon que se estrelló contra ella. Y porque el héroe de esta historia no es un galán con armadura, sino un viejo tullido que ganó una batalla con la cabeza cuando ya no le respondían las piernas — la prueba de que las plazas de la Monarquía se defendían también con veteranía y sangre fría. En el mapa de esta casa, Cádiz se enciende con la calma de un hombre sentado.

Veterano de los tercios, tan tullido por la gota que no podía tenerse en pie. Dirigió toda la batalla sentado en una silla, cerró el istmo del Puente Suazo y devolvió al mar a cien naves inglesas. Zurbarán lo inmortalizó así.

Mandó la mayor armada que Inglaterra había reunido en una generación y no logró nada: ni tomó Cádiz, ni cerró el istmo, ni apresó la flota de la plata. Cargó el resto de su vida con el desastre.