Nació pobre en el Madrid de los Austrias y a los catorce años dejó la escuela para irse a la guerra. Fue soldado de los tercios, corsario del rey por todo el Mediterráneo, caballero de la Orden de Malta y hasta ermitaño en un monte de Aragón. Vivió tanto y tan a lo loco que, cuando por fin lo puso por escrito, muchos creyeron que se lo inventaba. No se inventaba nada: su «Discurso de mi vida» es a la vez una aventura de novela y una de las páginas más vivas que dio el Siglo de Oro.

En el Madrid de finales del siglo XVI, en una familia pobre y con demasiados hijos, nació un chico llamado Alonso de Contreras. No tenía dinero ni apellido que abriera puertas, así que tenía por delante el destino de tantos: aprender un oficio y sobrevivir. Pero a los catorce años, tras una reyerta de chiquillos que se le fue de las manos, decidió que lo suyo no era la escuela, sino el tambor. Se alistó. Su madre le advirtió que se iba sin un real, y el muchacho, con un aplomo que ya anunciaba al hombre, le respondió que no se preocupara, que él buscaría para todos.
Cumplió su palabra de un modo que ni él imaginaba. Aquel niño sin nada iba a correr en los cincuenta años siguientes casi todo el mundo conocido por un español de su tiempo: Flandes, Italia, las islas de Grecia, la costa de Turquía, Tierra Santa, Berbería, hasta el Caribe. Y lo más raro de todo: al final de su vida se sentó a contarlo, y lo contó tan bien que hoy lo leemos como a un clásico.
Su patria fue el mar. De Nápoles y Sicilia salía a corso hacia el Levante —Malta, Creta, las islas del Egeo, la costa de Anatolia— y bajaba a la costa de Berbería. Este es el Mediterráneo que Alonso de Contreras corrió de punta a punta.
Nace en el Madrid de Felipe II, en una casa humilde y llena de hermanos. Nada en su cuna anunciaba que aquel niño acabaría siendo capitán, caballero y, sin quererlo, escritor.
Con catorce años deja los estudios y se alista. «No importa, que yo buscaré para todos», le dice a su madre cuando ella le recuerda que se va sin un real. Empieza como paje y soldado siguiendo a las tropas.
Se hace hombre de mar. Desde Sicilia y Nápoles sale a corso contra turcos y berberiscos, toma presas por todo el Levante, cartografía costas y viste el hábito de la Orden de Malta. Es soldado, piloto, capitán: el mar no tiene secretos para él.
Cansado de intrigas y desengañado en la corte, hace algo insólito: se retira como ermitaño a la falda del Moncayo, en Aragón, con el nombre de fray Alonso de la Madre de Dios. El corsario más inquieto del Mediterráneo, de pronto, en soledad y oración.
La paz del ermitaño no dura. Vuelve al servicio y participa en la toma de La Mámora, en la costa atlántica de Marruecos, una plaza clave para cortar el corso berberisco. El hábito de fraile se cambia otra vez por el de soldado.
Sirve en Nápoles bajo el duque de Osuna, y cuando su valedor cae en desgracia, la sospecha salpica a todos sus hombres. Contreras acaba preso, acusado de conspirar. La Orden de Malta mueve sus hilos y logra que se le declare inocente.
Su servicio lo lleva al otro lado del océano: ayuda a defender San Juan de Puerto Rico del ataque de una flota holandesa. El niño de Madrid ha guerreado ya en tres continentes.
En Madrid, nada menos que Lope de Vega lo aloja ocho meses en su casa, fascinado, y le dedica una comedia. Aquel aprecio empuja al capitán a lo más difícil: sentarse a escribir. Hacia 1630 pone por escrito su vida entera, sin adornos ni falsa modestia. Muere hacia 1645, dejando un libro que el tiempo convertiría en clásico.
El «Discurso de mi vida» estuvo a punto de perderse, como se perdieron tantas voces del pueblo llano que nunca tuvieron quien las escribiera. Se salvó, y durante siglos hubo quien lo tomó por ficción: parecía imposible que a un solo hombre le cupieran tantas guerras, tantas presas, tantas cárceles y tantos milagros. Pero los historiadores han ido cotejando sus fechas y sus hechos de armas con los archivos, y casi todo cuadra. Contreras no fabulaba: vivía. Hoy su autobiografía se lee junto a las de los grandes, y su sombra alarga hasta el capitán Alatriste de nuestros días.
No importa, que yo buscaré para todos, Dios mediante.
Alonso de Contreras respondiendo, con catorce años, a su madre al irse a la guerra sin un real. «Discurso de mi vida»Lo raro de Contreras es que no escribió para presumir ni para justificarse, sino para contarse tal como fue, y por eso al leerlo se le siente por dentro. Se le nota el hambre del niño pobre que promete a su madre buscar para todos; el vértigo del que se juega la vida a corso por una presa; el desengaño del que, harto de intrigas y traiciones de la corte, lo deja todo para hacerse ermitaño en el Moncayo. Vivió a manos llenas, pero también cargó con cárceles, sospechas y la certeza amarga de que su valor no siempre encontró recompensa.
Que un soldado casi sin letras se sentara al final a poner por escrito su vida entera revela un impulso muy humano: el de no desaparecer sin dejar constancia, el de que alguien supiera que aquello ocurrió de verdad. No se doró ni se escondió; contó sus pecados con la misma naturalidad que sus arrojos. En esa honradez brutal está lo que sentía: las ganas de ser recordado tal cual era, ni héroe de leyenda ni villano, sino un hombre entero con su siglo a cuestas.
Porque no todo lo grande de una civilización lo firman reyes y almirantes. Alonso de Contreras fue un hombre del montón —pobre, de armas, sin estudios— y sin embargo su voz llegó hasta nosotros porque tuvo el valor raro de contarse tal cual era, con sus pecados y sus arrojos. En una época en la que solo escribían los cultos, un capitán casi sin letras nos dejó el testimonio más franco de lo que era ser soldado del Imperio: el hambre y el botín, la fe y la sangre, la lealtad y la traición, el mar y la cárcel.
Y hay que leerlo entero, sin dorarlo. Contreras mató, robó en corso, ajustó cuentas a hierro y tuvo la mano larga y el genio corto de su oficio. No era un santo, y él mismo no lo disimula: esa honradez brutal es justo lo que hace grande su libro. En sus páginas no hay leyenda dorada ni leyenda negra, hay un hombre entero, con su siglo a cuestas. Por eso importa: porque nos recuerda que la Historia de la Hispanidad no la hicieron solo los nombres de los pedestales, sino miles de Alonsos anónimos que corrieron el mundo, y que, muy de vez en cuando, uno de ellos se sentó a contarlo y nos dejó vernos por dentro.