Los holandeses habían mordido el norte de Brasil y bloqueaban el mar para que no llegaran refuerzos. Entonces apareció, cruzando el Atlántico, la escuadra de un almirante vasco dispuesto a pasar por encima de quien hiciera falta. En el combate más duro, la nave capitana enemiga se incendió y su almirante se hundió con ella. Esta es la historia de Antonio de Oquendo y la batalla de los Abrolhos.

En el primer tercio del siglo XVII, la Monarquía Hispánica —que entonces incluía también a Portugal y sus dominios— libraba una guerra larga y agotadora contra las Provincias Unidas, la joven república holandesa que se había independizado y que atacaba al Imperio por todas partes: en Flandes, en el mar y, cada vez más, en las colonias. Los holandeses habían creado la Compañía de las Indias Occidentales, una empresa de guerra y comercio con flotas propias, dispuesta a arrebatarle a la Corona los pedazos más ricos de América.
Su gran presa fue Brasil. En 1630, la Compañía tomó Pernambuco y su puerto, Recife, el corazón del azúcar del Nuevo Mundo. Y para conservarlo, hizo lo más eficaz: bloquear el mar. Si no llegaban refuerzos de Europa, la colonia caería entera. Todo dependía, pues, de que alguien lograra cruzar el Atlántico con un convoy de socorro y meterlo en Brasil pese al bloqueo. Ese alguien fue un almirante vasco de honor granítico: Antonio de Oquendo.
Oquendo había nacido hacia 1577 en San Sebastián, en una familia que llevaba la mar en la sangre —su padre había sido también un marino célebre—. Se había hecho a sí mismo en cubierta, combatiendo desde joven, y tenía fama de dos cosas: de valiente hasta lo temerario y de un sentido del honor tan rígido que rozaba lo áspero. Era, exactamente, la clase de hombre que se necesitaba para forzar un bloqueo.
En 1631 partió de la península al frente de una escuadra hispano-portuguesa que escoltaba el convoy de refuerzos para Brasil. Cruzó el Atlántico sur y, frente a la costa de Pernambuco, cerca de los bajos que los portugueses llamaban los Abrolhos —«abre los ojos», por lo peligrosos que eran para navegar—, se encontró de frente con la flota holandesa que mandaba el almirante Adriaen Pater, enviada precisamente a cerrarle el paso.
El 12 de septiembre de 1631, las dos escuadras se trabaron en un combate salvaje. No fue una batalla de maniobra elegante, sino un choque a quemarropa, nave contra nave, con abordajes, fuego y humo. La capitana de Oquendo y la de Pater se engancharon en un duelo a muerte que se prolongó durante horas, las dos tripulaciones destrozándose sobre las cubiertas.
El desenlace fue tremendo. La nave capitana holandesa se incendió en pleno abrazo del combate, y el almirante Pater, viéndola perdida, acabó en el agua y se ahogó agarrado a un resto del mástil. Con su jefe muerto y su capitana ardiendo, la flota holandesa se retiró. Oquendo había ganado el paso. Maltrecho pero dueño del mar, metió el convoy de refuerzos en Brasil y cumplió su misión: la colonia recibió los hombres y los pertrechos que necesitaba para seguir resistiendo.
Los bajos de los Abrolhos deben su nombre al aviso que se daban los pilotos portugueses al acercarse: «abre los olhos», abre los ojos. Era uno de los pasos más traicioneros del Atlántico sur. Oquendo eligió librar allí su batalla, en un laberinto de arrecifes donde un error de navegación mataba tanto como una bala enemiga.
Para un hombre como Oquendo, la guerra era una cuestión de honor antes que de estrategia. Retroceder ante el bloqueo, volver a España diciendo que no había podido pasar, era sencillamente impensable para él: prefería hundirse a ceder. Ese código durísimo, que a veces lo hacía difícil de tratar, fue justo lo que salvó a Brasil aquel día. Donde otro habría calculado las bajas y dado media vuelta, él siguió adelante porque su palabra y su deber no admitían otra cosa.
Su vida, sin embargo, tuvo un final amargo. Años después, en 1639, mandó la gran flota que fue destrozada por los holandeses en la batalla de las Dunas, en el canal de la Mancha: una derrota que marcó el declive del poder naval del Imperio. Oquendo, roto de cuerpo y de ánimo, murió al poco. Conoció, pues, las dos caras del mar: la gloria de los Abrolhos y el desastre de las Dunas. Y las cargó las dos con el mismo honor terco con el que había vivido.
Antes muerto que vencido sin pelear: para Oquendo, forzar el paso no era una opción, era una obligación de honor.
Síntesis del carácter de Antonio de Oquendo almirante de la Real Armada
Marino donostiarra de una gran estirpe de la mar. Rompió el cerco holandés de Brasil en los Abrolhos y combatió toda su vida en el Atlántico. Hombre de honor rígido y valor probado.
El comandante de la Compañía de las Indias Occidentales enviado a impedir el socorro de Brasil. Su nave capitana ardió en el combate y se ahogó agarrado a un mástil. No se conserva retrato suyo.
Porque los Abrolhos son un recordatorio de que el imperio hispano no se defendió solo en Europa, sino en los cuatro océanos, y de que su suerte se jugó muchas veces en combates lejanísimos de los que hoy casi nadie ha oído hablar. Aquel día, frente a una costa de Brasil, un almirante vasco decidió que un pedazo de América seguiría hablando portugués y español un poco más de tiempo.
Y hay que contarlo con verdad, sin triunfalismos. La guerra por Brasil no se ganó del todo: los holandeses aguantarían en Pernambuco más de veinte años, hasta ser finalmente expulsados. Los Abrolhos no cerraron la herida, pero la taponaron cuando más sangraba, y compraron el tiempo que hizo posible todo lo demás. Reconocer a Oquendo es reconocer a los miles de marinos que sostuvieron, batalla a batalla y en mares remotos, la civilización que hoy comparten seiscientos millones de almas.