En las misiones del Paraguay, decenas de miles de guaraníes vivían en paz — hasta que llegaban los cazadores de esclavos a arrasarlas. Entonces la Corona hizo algo insólito: dio armas de fuego a los indios para que se defendieran. En marzo de 1641, en un recodo del río Uruguay, las milicias guaraníes de las reducciones destrozaron a los esclavistas y salvaron su libertad con sus propias manos.

El emblema representa a las bandeiras esclavistas; la Cruz de Borgoña, a la Monarquía que armó a los indios.
En el corazón de Sudamérica, los jesuitas y el pueblo guaraní habían construido algo sin igual: las reducciones, treinta «pueblos» donde decenas de miles de indios vivían libres del encomendero, con sus escuelas, sus talleres, su música y sus campos comunes. Eran, a su modo, una civilización nueva — cristiana y guaraní a la vez.
Pero desde el este bajaban los bandeirantes: expediciones de cazadores de esclavos de São Paulo que asaltaban las reducciones para vender a sus habitantes. Habían destruido pueblos enteros y arrastrado a miles a la esclavitud. El padre Antonio Ruiz de Montoya viajó hasta Madrid a suplicar auxilio, y consiguió algo que no tenía precedente en las Indias: una cédula real que autorizaba a armar con arcabuces a los indios de las misiones para que se defendieran ellos mismos. Los guaraníes fundieron cañones, aprendieron a disparar y formaron sus propias milicias.
Un recodo del alto Uruguay, entre selva y misiones: el paso donde un pueblo indígena decidió, por primera vez, esperar en vez de huir.
Una gran expedición paulista — cientos de portugueses y miles de indios tupíes aliados — desciende por los ríos en centenares de canoas hacia las reducciones del Uruguay. Los jesuitas y los caciques guaraníes lo saben y, por primera vez, deciden no huir: van a esperarlos.
En el paso de Mbororé, la flotilla guaraní — canoas artilladas, arcabuceros indios, flecheros — cae sobre la armada esclavista. El combate fluvial es feroz; las canoas paulistas, sorprendidas por un enemigo que dispara igual que ellas, se rompen y buscan la orilla.
Desembarcados, los bandeirantes se atrincheran, pero las milicias guaraníes los cercan y los baten durante días entre el monte. Los que pueden, huyen hacia el este dejando atrás armas, cautivos y muertos. La invasión ha fracasado por completo.
Mbororé quebró la espina de las bandeiras esclavistas: nunca volverían a amenazar de veras a las misiones. Los guaraníes habían aprendido que podían defender su mundo, y durante 130 años más aquellas reducciones fueron un rincón libre en mitad de América.
Las milicias guaraníes, nacidas en Mbororé, se volvieron una fuerza respetada: el rey las llamaría después para defender la frontera y sofocar revueltas, y pelearían por la Corona hasta el trágico final de las misiones en el siglo XVIII. Las reducciones dieron a Sudamérica santos, músicos que tocaban a Vivaldi en plena selva, y las ruinas hermosísimas — São Miguel, San Ignacio Miní — que hoy son Patrimonio de la Humanidad. Pero su lección más honda es esta batalla: hubo un imperio que, requerido, puso las armas en manos de los indios no para someterlos, sino para que ningún negrero volviera a tocarlos.
No pelearon por un rey lejano, sino por sus hijos y su tierra; y quien pelea por eso, no hay bandeira que lo venza.
Según las crónicas jesuíticas Defensa de las reducciones, s. XVIILo que sintieron los guaraníes de las misiones al empuñar por primera vez las armas de fuego que la Corona les había entregado fue, seguramente, una mezcla de temor y de dignidad nueva. Durante años habían visto arrasar sus pueblos y llevarse encadenada a su gente; ahora, por fin, podían defenderse. Pelear por los suyos con las armas en la mano, y no con la sola resignación, tuvo que devolverles algo que los cazadores de esclavos les habían quitado: la sensación de no estar a merced de nadie.
Conviene contarlo sin convertir a nadie en demonio. Aquellos asaltos venían de partidas de cazadores de hombres, no de un pueblo entero, y la historia de la región es mucho más ancha que aquella violencia. Pero el hecho, tal cual, merece recordarse: en Mbororé, unos indios cristianos defendieron su libertad y su tierra, y la ganaron.
Porque es la historia que del revés desarma la leyenda negra: aquí los indios no son víctimas pasivas ni la Corona es el verdugo — son aliados frente a un enemigo común, el esclavista. Mbororé es la prueba de que la Hispanidad, en su mejor versión, fue también un escudo; que hubo indios cristianos y libres que empuñaron el arcabuz para seguir siéndolo. En nuestro mapa, el 11 de marzo se enciende el alto Uruguay: el río donde un pueblo indígena defendió su libertad y ganó.
Y hay una herencia que sigue viva. El guaraní, la lengua que aquellos indios cristianos hablaban en las reducciones, es hoy idioma oficial del Paraguay: el único país de América donde una lengua indígena la habla también la mayoría de los descendientes de europeos. De aquel encuentro —jesuitas y guaraníes defendiéndose codo con codo— salió un pueblo que se cuenta entre los nuestros sin haber dejado nunca de ser el suyo. Esa es, en su forma más pura, la unidad que nos une: no la que borra, sino la que suma.

Viajó hasta Madrid a suplicar auxilio y consiguió lo que no tenía precedente en las Indias: la cédula real que autorizaba a armar con arcabuces a los indios de las misiones. Sin su gestión, Mbororé no habría sido posible.
Uno de los caciques cristianos que mandaron la flotilla guaraní en el paso del río. Aprendió a fundir cañones y a disparar, y enseñó a los suyos que su mundo podía defenderse con sus propias manos.
Al frente de los arcabuceros y flecheros de las reducciones, batió a los bandeirantes en tierra durante los días que siguieron al combate fluvial. Con él, la libertad guaraní dejó de depender de la huida.