En 1643, los Países Bajos creyeron haber encontrado la grieta por la que colarse en el imperio español del Pacífico: las ruinas de Valdivia, en el sur de Chile, abandonadas y sin guarnición. Enviaron una expedición a fundar allí una base para siempre. La aventura duró tres meses — y provocó justo lo contrario de lo que buscaba: que España convirtiera aquel rincón en la mayor fortaleza de todo el reino de Chile.

El Prinsenvlag (naranja, blanco y azul), pabellón de las Provincias Unidas; la Cruz de Borgoña, la de la Monarquía Hispánica.
Los Países Bajos llevaban décadas soñando con una base propia en la costa del Pacífico, desde la que atacar a España por su flanco más débil y hacerse con el oro y la plata de América. En 1643, su Compañía de las Indias Occidentales creyó tener el sitio ideal: Valdivia, una ciudad que los españoles habían fundado en el extremo sur de Chile y que había sido destruida y abandonada tras la gran rebelión mapuche de 1599. Sus ruinas, con un puerto magnífico y sin guarnición, parecían una puerta abierta.
La expedición la mandaba el veterano almirante Hendrik Brouwer, que además contaba con ganarse a los mapuches presentándose como enemigo común de los españoles. El plan era ambicioso: instalarse, fortificarse y convertir Valdivia en la cabeza de puente holandesa en el Pacífico. Pero el sur de Chile no era una puerta abierta: era una trampa.
Los holandeses eran pocos pero decididos, con barcos y artillería y la esperanza de una alianza indígena. Enfrente no había, al principio, casi nadie —Valdivia estaba desierta—, pero detrás estaban el reino de Chile y el poderoso virreinato del Perú, que no iban a consentir un clavo enemigo en el corazón de su Pacífico. La partida, más que una batalla, fue un pulso entre la ambición de una compañía comercial y la determinación de un imperio a no dejarse morder.
Un puerto magnífico en el extremo sur de Chile, entre bosques y lluvia: sobre el papel, la grieta perfecta para colarse en el Pacífico español — sobre el terreno, una tierra hostil que no daba ni comida ni aliados.
El almirante Brouwer muere durante el viaje, frente a las costas del sur, antes de poner en marcha su plan. El mando pasa a su lugarteniente, Elías Herckmans, que continúa hacia Valdivia con la expedición ya tocada en la moral.
Los holandeses toman posesión de las ruinas de Valdivia y empiezan a levantar un fuerte. Sobre el papel, la base ya es suya. Pero pronto descubren que ocupar un solar vacío no es lo mismo que sostener una colonia.
La esperada alianza mapuche no llega: los indígenas, que no distinguen entre un europeo y otro, desconfían de los recién llegados y no les dan víveres ni oro. El hambre y las enfermedades hacen estragos entre los holandeses, aislados en una tierra hostil y lluviosa.
Sin comida, sin aliados y sin oro a la vista, Herckmans decide lo inevitable: abandonar Valdivia y volverse. La gran base holandesa del Pacífico se ha esfumado en unos meses sin que un solo ejército español tuviera que combatirla.
La alarma, sin embargo, ha sido enorme. El virrey del Perú envía una gran expedición que refunda Valdivia y la eriza de fuertes —Niebla, Corral, Mancera, la isla del centro—, hasta convertirla en la plaza más fortificada de todo el Pacífico sur español. El intento holandés no solo fracasó: reforzó lo que quería debilitar.
El sistema de fortificaciones que nació del susto de 1643 —el «Llave del Mar del Sur»— guardó Valdivia durante casi dos siglos y sigue en pie hoy, con sus castillos de piedra asomados al agua entre bosques y lluvia. Ningún enemigo europeo volvió a intentar una base en el sur de Chile. La aventura de Brouwer quedó como una lección sobre la diferencia entre encontrar una puerta abierta y ser capaz de cruzarla: los holandeses ocuparon un solar, pero nunca tuvieron el país.
Ocuparon las ruinas de una ciudad vacía y creyeron tener una colonia; tres meses después se marcharon, y España levantó allí su mayor fortaleza.
Sobre la expedición holandesa a Valdivia Sur de Chile, 1643Lo que sintieron los holandeses que desembarcaron en las ruinas de Valdivia fue, al principio, la euforia del que cree haber hallado la grieta perfecta: un sitio abandonado en el sur del mundo por el que colarse en el imperio español del Pacífico. Y lo que sintieron después fue el desengaño: el hambre, la hostilidad, la tierra que no se dejaba poseer, y la certeza de que España no iba a permitírselo.
Para el lado hispano, la lección fue el susto y la prisa. La Corona corrió a fortificar de veras aquel confín austral, consciente de lo cerca que había estado de perderlo. A veces una amenaza que fracasa enseña más que una victoria: Valdivia se convirtió, desde entonces, en una de las llaves mejor guardadas del Pacífico.
Porque enseña que un imperio no se defiende solo con ejércitos, sino con la determinación de no ceder ni un palmo estratégico, por remoto que sea. Valdivia estaba en el fin del mundo, y aun así España prefirió erizarla de castillos antes que dejar en ella una espina enemiga. Los fuertes que hoy admira quien visita el sur de Chile nacieron de aquel empeño. En el mapa de la Hispanidad, Valdivia se enciende como la puerta que el enemigo creyó abierta y encontró, al final, más cerrada que nunca.

Antiguo gobernador de las Indias holandesas, mandó la expedición contando con ganarse a los mapuches como enemigo común de España. Murió en el viaje, frente al sur de Chile, antes de ver el fracaso de su plan.
Heredó el mando a la muerte de Brouwer y ocupó las ruinas de Valdivia. Sin aliados, sin víveres y sin oro, comprendió lo inevitable y ordenó el abandono: había ocupado un solar, pero nunca tuvo el país.

La alarma le bastó para reaccionar en grande: envió una gran expedición que refundó Valdivia y la erizó de fuertes hasta hacerla la plaza más fortificada del Pacífico sur. El intento holandés reforzó justo lo que quería debilitar.