En una época en que a las mujeres se les negaba el estudio, una niña de Nueva España aprendió a leer a los tres años, pidió que la disfrazaran de hombre para ir a la universidad y, al no poder, se hizo monja para tener el único cuarto propio y la única biblioteca que le permitirían. Desde su celda, Sor Juana Inés de la Cruz llegó a ser la mayor poeta en español de su siglo —admirada en México y en Madrid por igual— y la primera gran voz que defendió, con la pluma, el derecho de la mujer a saber.

Juana Ramírez de Asbaje nació hacia 1648 al pie de los volcanes, en Nepantla, Nueva España. Fue una niña imposible: aprendió a leer a los tres años a escondidas, devoró la biblioteca de su abuelo y, siendo casi una cría, suplicó que la disfrazaran de varón para poder ir a la universidad —cerrada entonces a las mujeres—. No la dejaron. Su inteligencia deslumbró tanto que la llevaron a la corte del virrey, donde un tribunal de cuarenta sabios la examinó en público: la adolescente respondió a todos.
Pero una mujer sabia no tenía sitio en aquel mundo. Solo había dos caminos: el matrimonio o el convento. Juana eligió el convento, no por vocación mística, sino por la más práctica de las razones: era el único lugar donde una mujer podía tener una celda propia, tiempo para pensar y una biblioteca. Como Sor Juana Inés de la Cruz, reunió allí más de cuatro mil libros —la mayor biblioteca de la América de su tiempo— y desde esa celda conquistó el idioma.
El valle de México —de Nepantla a la corte y al convento—: un mundo pequeño desde el que una voz cruzó el océano y volvió hecha gloria.
La joven prodigio asombra a la corte virreinal. Cuarenta doctores la examinan en filosofía, teología, matemáticas y letras; sale victoriosa. Su fama de genio se dispara por todo el virreinato.
Profesa en el convento de San Jerónimo, en Ciudad de México. Su celda se convierte en un centro de saber: allí escribe poesía, teatro y villancicos, estudia ciencia y música, y recibe a lo más granado de la cultura novohispana.
Sus obras se imprimen y se agotan en Madrid, Sevilla y Barcelona. La llaman «la Décima Musa» y «el Fénix de América». Por primera vez, una voz nacida en América es celebrada en España como la cumbre de la lengua.
Cuando un obispo la reprende por dedicarse al saber en vez de a la devoción, Sor Juana responde con una carta inmortal: una defensa apasionada, lúcida y valiente del derecho de la mujer a estudiar y a pensar. Es uno de los primeros textos feministas de la historia — escrito tres siglos antes de tiempo.
Presionada, acaba desprendiéndose de sus libros y sus instrumentos. Muere poco después cuidando a sus hermanas durante una epidemia. Se apagó su voz, pero no su eco: nunca dejó de leerse.
Sor Juana quedó como la mayor figura de las letras del Barroco americano y una de las grandes de toda la lengua española, junto a Góngora o Quevedo. Pero su grandeza va más allá de la calidad de sus versos: fue una mujer que, sola, en pleno siglo XVII y desde un convento, reivindicó con argumentos el derecho de las mujeres a la inteligencia. México la puso en sus billetes; el mundo la lee en decenas de idiomas. La niña a la que no dejaron ir a la universidad acabó siendo maestra de siglos.
¿En perseguirme, mundo, qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando solo intento poner bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas?
Sor Juana Inés de la Cruz RedondillasLo que sintió Sor Juana fue, antes que nada, una sed de saber tan grande que le dolía toparse con muros por todas partes. Aprender le resultaba tan natural como respirar, y descubrir que ese don le estaba vedado —por mujer— tuvo que ser una injusticia que la marcó desde niña. Eligió el convento no por fervor místico, sino por un cálculo lúcido y algo desesperado: era el único lugar donde tendría una celda para pensar, tiempo para leer y una biblioteca. Detrás de la monja célebre hubo una inteligencia encerrada que convirtió esos muros en su mayor libertad.
Y hubo, al final, una soledad amarga. Cuando defendió con la pluma su derecho a estudiar, se quedó casi sola frente a quienes le exigían callar. Que acabara desprendiéndose de sus libros y de sus instrumentos —presionada, agotada— no fue una conversión serena, sino la renuncia impuesta a una mujer que se había atrevido a demasiado para su siglo. Y sin embargo, lo que dejó escrito no tiene una gota de rencor, sino una dignidad luminosa: la de quien supo que tenía razón aunque el mundo entero le dijera lo contrario, y prefirió, hasta el final, poner bellezas en su entendimiento antes que su entendimiento en las bellezas.
Porque Sor Juana desmonta de un plumazo el tópico de una América colonial solo de soldados y minas: aquel mundo produjo también uno de los mayores genios literarios de su siglo, y fue una mujer, y fue celebrada por igual en México y en Madrid. En nuestro mapa, su vida cabe casi entera en el valle de México —de Nepantla al convento—, pero su voz cruzó el océano y volvió convertida en gloria compartida.
Y hay en ella algo que la hace nuestra más allá de México: fue la primera en demostrar que el genio de América podía mirar de tú a tú al de Europa, y la primera en pelear, con la única arma que le dejaron —la pluma—, por algo que hoy nos parece obvio y entonces era revolucionario: que una mujer tiene el mismo derecho que un hombre a saber. Por eso Sor Juana no es solo una poeta antigua: es una bandera. La de una civilización que, incluso en su siglo más rígido, dio a luz a una mujer capaz de plantarle cara al mundo entero por defender su derecho a pensar. Ese coraje callado, hecho de libros y de versos, sigue siendo uno de los orgullos más altos de cuantos compartimos su idioma.

Aprendió a leer a los tres años y quiso ir a la universidad disfrazada de hombre. Se hizo monja por el único cuarto propio y la única biblioteca que le permitirían, y desde su celda conquistó el idioma. Defendió con la pluma el derecho de la mujer a saber, tres siglos antes de tiempo.