Son dos ciudades españolas en la costa de África, y llevan siéndolo más tiempo que muchas fronteras de Europa: Melilla desde 1497, Ceuta desde 1580. No son un resto colonial ni una conquista reciente — son de las partes más viejas de la Corona. Y para demostrarlo, una de ellas soportó uno de los asedios más largos de los que hay memoria: treinta y tres años seguidos, sin arriar la bandera.


La respuesta corta es: porque lo son desde hace más de quinientos años, y eso pesa más que casi cualquier frontera del mapa actual. Melilla pasó a la Corona de Castilla en 1497, cinco años después de la toma de Granada, cuando Pedro de Estopiñán la ocupó para el duque de Medina Sidonia. Ceuta tiene una historia más curiosa: la conquistó Portugal en 1415 —fue el primer paso de la expansión atlántica portuguesa—, pasó a la Monarquía Hispánica en 1580 con la unión de las dos coronas, y cuando Portugal se separó de nuevo en 1640, Ceuta eligió quedarse con España: así se firmó en 1668. Por eso su escudo sigue siendo el de Lisboa, memoria de aquel origen.
Conviene medir bien lo que significan esas fechas. Melilla es española desde antes de que se colonizara el interior de casi toda América; Ceuta, desde antes de que existieran como Estados buena parte de los países de Europa. Ambas son muy anteriores al Marruecos independiente, que nació en 1956: nunca formaron parte de él. Hoy son ciudades autónomas y territorio de la Unión Europea en suelo africano — y su vecino del sur reclama su soberanía, un pulso diplomático que sigue vivo. Pero la historia, que es de lo que trata esta casa, dice lo que dice: cinco siglos ininterrumpidos en la misma Corona.
Ceuta y Melilla no fueron nunca conquistas cómodas. Son dos cabezas de puente diminutas en una costa hostil, separadas de la Península por el mar y rodeadas por tierra. Durante siglos vivieron en asedio casi permanente: cada generación tuvo su cerco, su hambre y su relevo de socorro llegado por mar en el último momento. Que dos ciudades tan pequeñas y tan expuestas hayan aguantado quinientos años no es un accidente de la diplomacia: es el resultado de una porfía militar tan tozuda como olvidada. La prueba mayor de esa tozudez tiene fecha, y es asombrosa.
Dos plazas minúsculas en la costa africana del Estrecho, unidas a la Península solo por el mar: el terreno que las hizo eternamente sitiadas y eternamente socorridas.
El sultán Muley Ismail, uno de los soberanos más poderosos que tuvo el norte de África, pone cerco a Ceuta con la intención de arrancársela a España. Nadie imagina lo que va a durar: el Gran Sitio de Ceuta se convertirá en uno de los asedios más largos de toda la historia.
Durante décadas, el frente se vuelve un laberinto de trincheras, minas y contraminas bajo el istmo. Los sitiadores cavan galerías para volar las murallas; los defensores, otras para reventárselas. La ciudad, imposible de tomar por tierra sin ese túnel, se sostiene porque la mar es española: los barcos entran una y otra vez con víveres, pólvora y hombres de refresco.
Un ejército llegado de la Península, al mando del marqués de Lede, desembarca y rompe las líneas del sitio en una gran salida, alejando el peligro inmediato. El cerco se afloja, pero no se levanta del todo: el sultán no renuncia.
A la muerte de Muley Ismail, el asedio se apaga por fin. Ceuta lleva treinta y tres años resistiendo sin haber arriado nunca la bandera. Ninguna mina, ningún asalto, ninguna hambruna la ha doblegado. Es una de las plazas que más tiempo ha aguantado un cerco en toda la historia militar.
Le toca el turno a la otra ciudad. El sultán Mohámed III cerca Melilla con una gran fuerza y una potente artillería. La guarnición, mandada por el ingeniero Juan Sherlock, resiste el bombardeo durante meses hasta que el sitio se levanta. Melilla, como Ceuta, no cae.
Las murallas que sostuvieron aquel asedio interminable siguen en pie: las Murallas Reales de Ceuta, con su foso navegable —el único de su clase en tierra española—, son hoy uno de los conjuntos fortificados mejor conservados del país. Melilla guarda igualmente su ciudadela, Melilla la Vieja, un pueblo entero de piedra colgado sobre el mar. Desde 1995, ambas son ciudades autónomas de España; sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos, mezcla viva de las culturas que se cruzan en el Estrecho. Que sigan siéndolo, después de todos esos cercos, es la mayor prueba de porfía de esta serie entera.
Treinta y tres años de asedio, y ni un solo día sin bandera. Pocas plazas en la historia del mundo han aguantado tanto tiempo un cerco sin rendirse.
Sobre el Gran Sitio de Ceuta 1694 – 1727Lo que sintieron los defensores de Ceuta durante aquel asedio que se prolongó años y años fue, sobre todo, la tenacidad callada de quien no se rinde por cansancio. No hubo una gran batalla heroica, sino la resistencia larga, monótona y durísima de sostener una plaza rodeada, un día tras otro, mientras al otro lado se acumulaban los años y los muertos.
Debió de haber también el arraigo hondo de sentir aquello como propio. Ceuta y Melilla no eran para su gente una avanzada lejana, sino su casa, algunas de las tierras más antiguas de la Corona. Se defendían como se defiende lo de uno: sin épica, con terquedad, porque marcharse no cabía en la cabeza de nadie.
Porque Ceuta y Melilla son la prueba de que la Hispanidad no acaba en una orilla: hay pedazos de ella en la costa de África que llevan medio milenio siendo lo que son, más antiguos en la Corona que la mayoría de las naciones que hoy la rodean. Y porque su historia es la misma que la de todas las gestas de esta casa —Cartagena, Tenerife, San Juan— condensada en dos ciudades minúsculas: la de un puñado de defensores que, contra toda lógica y durante siglos, no entregaron su muralla. En el mapa de esta casa, Ceuta y Melilla se encienden en la otra orilla, como las dos luces que nunca se apagaron.