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Los mares de la Hispanidad · 1701–1743

De zapatero a terror del Caribe: Miguel Enríquez

Nació mulato y pobre en un rincón del Imperio, remendando zapatos en San Juan. Treinta años después era el hombre más rico de Puerto Rico, mandaba una flota corsaria que hacía temblar a ingleses y holandeses, y el propio rey de España le había prendido una medalla en el pecho. Y sin embargo, la misma isla que salvó acabó despedazándolo. Esta es la historia del corsario más grande —y más olvidado— del Caribe hispano.

s. XVIII8 min de lectura
El castillo del Morro, en San Juan de Puerto Rico
El castillo del Morro, en la bahía de San Juan de Puerto Rico, patria y guarida del corsario Miguel Enríquez. Desde estas murallas se vigilaba la ruta de la plata. Fotografía histórica de dominio público
Fecha
1701 – 1743
Auge en la Guerra de Sucesión
Lugar
San Juan de Puerto Rico y el Caribe
De las Antillas Menores a Tierra Firme
Resultado
El hombre más rico de la isla
Corsario de Su Majestad, luego perseguido

El origen de la historia

A comienzos del siglo XVIII, Puerto Rico era uno de los rincones más pobres y más importantes del Imperio a la vez. Pobre, porque la isla apenas tenía unos pocos miles de habitantes, casi ningún comercio legal y una economía de subsistencia. Importante, porque San Juan era una de las grandes llaves del Caribe: sus murallas, el castillo del Morro y el de San Cristóbal guardaban la entrada de todo el mar de las Antillas. Quien controlaba San Juan vigilaba la ruta de la plata.

En 1701 estalló la Guerra de Sucesión: media Europa se enzarzó por decidir quién se sentaría en el trono de España tras la muerte sin hijos del último Habsburgo. De un lado, el nuevo rey Borbón, Felipe V, apoyado por Francia; del otro, Inglaterra, Holanda y Austria. El Caribe se convirtió en un avispero. Los mercaderes ingleses de Jamaica y los holandeses de Curazao inundaban las islas españolas de contrabando y sus corsarios asaltaban cuanto barco español encontraban. La Corona, sin flota suficiente para defender cada isla, recurrió a un arma antigua y barata: la patente de corso. Con ese papel, un particular podía armar su propio barco, atacar al enemigo del rey en el mar y quedarse con lo capturado. Era la guerra subcontratada. Y en Puerto Rico nadie la haría mejor que un zapatero mulato llamado Miguel Enríquez.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de un imposible

el rey Felipe V le concede la Medalla de la Real Efigie, un honor rarísimo para un hombre nacido pobre y mulato
se calcula que llegó a atesorar una de las mayores fortunas privadas del Caribe de su tiempo
financia y arma la expedición que arroja a los ingleses de la isla de Vieques
¿Dónde ocurrió?
Puerto Rico

El zapatero que se hizo a la mar

Miguel Enríquez había nacido en San Juan hacia 1674, hijo de una humilde lavandera. Era pardo libre: mulato y libre, en una sociedad que reservaba el poder, los cargos y el prestigio a los blancos peninsulares. Su oficio era remendar zapatos. Nada en su cuna anunciaba lo que vendría; al contrario, todo conspiraba contra ello.

Pero Enríquez tenía dos cosas que no se compran: olfato para el mar y un coraje frío. Cuando la guerra llenó el Caribe de presas, pidió y obtuvo una patente de corso. Empezó pequeño —una balandra, un puñado de hombres— y fue creciendo presa a presa. Cada barco enemigo capturado se convertía en dinero, y cada peso en un barco más. En pocos años, aquel remendón mandaba una flota corsaria propia, con capitanes a sueldo, almacenes, astilleros y una red de agentes que llegaba hasta la corte de Madrid.

Su caza favorita era el contrabandista. Ingleses y holandeses habían montado un comercio ilegal descomunal con las islas españolas, y Enríquez, con patente en mano, los perseguía sin descanso: apresaba sus balandras cargadas de esclavos, telas y aguardiente, y las llevaba a San Juan como buena presa. Para los mercaderes de Jamaica y Curazao, su nombre se volvió una maldición. Le pusieron precio a su cabeza. No sirvió de nada.

En un mundo donde el color de la piel marcaba el destino desde la cuna, Miguel Enríquez llegó a firmar cartas al rey de España y a recibir respuesta. Un mulato pobre de las Antillas se convirtió en interlocutor de la Corona por una sola razón: era, sencillamente, imprescindible.

El terror del Caribe

Durante la Guerra de Sucesión, la flota de Enríquez fue, en la práctica, la armada de Puerto Rico. Donde el rey no llegaba, llegaba él. Sus naves patrullaban desde las Antillas Menores hasta las costas de Tierra Firme, escoltaban a los mercantes amigos, cazaban a los enemigos y defendían la isla de las incursiones. Cuando los ingleses ocuparon la vecina isla de Vieques, fue Enríquez quien pagó de su bolsillo, armó y despachó en 1718 la expedición que los arrojó de allí. Defendía la patria con su propio dinero.

La Corona lo supo recompensar. Felipe V le concedió el título de Capitán de Mar y Guerra y, en 1713, algo casi inaudito: la Medalla de la Real Efigie, una condecoración con el rostro del rey grabado que muy pocos súbditos lucían en todo el Imperio. Un hombre nacido mulato y pobre llevaba sobre el pecho la cara del rey de España. En una sociedad de castas rígidas, aquello era casi un milagro.

Con el dinero llegó el poder. Enríquez se convirtió en el hombre más rico de Puerto Rico y en uno de los mayores potentados del Caribe. Poseía barcos, tierras, casas y almacenes; daba trabajo y crédito a media isla; su firma movía el comercio de San Juan. El zapatero se había vuelto un imperio de un solo hombre.

Así se desarrolló

c. 1674

Nace un pardo libre

Miguel Enríquez nace en San Juan, hijo de una lavandera. Mulato y libre, aprende el oficio de zapatero. En su mundo, ese es todo el porvenir que le está permitido soñar.

1701 – 1714

La Guerra de Sucesión

El Caribe arde. Enríquez obtiene una patente de corso y empieza a apresar naves inglesas y holandesas. De una balandra pasa a una flota entera.

1713

La medalla del rey

Felipe V le concede la Medalla de la Real Efigie y el grado de Capitán de Mar y Guerra. Un mulato pobre luce en el pecho el rostro del monarca. La Corona reconoce que le debe la defensa de la isla.

1718

La reconquista de Vieques

Los ingleses ocupan la isla de Vieques. Enríquez arma y financia la expedición que los expulsa. Defiende el territorio del rey con su propia fortuna.

Años 1720

La cima y la envidia

Enríquez es el hombre más rico de Puerto Rico. Pero su color, su origen y su poder despiertan el odio de la élite blanca de la isla, que no soporta deberle tanto a un mulato.

Años 1730

La caída

Acabada la guerra, el corsario ya no es imprescindible. Llueven las acusaciones, los pleitos y los embargos. Le arrebatan barcos, bienes y honra.

1743

El final en un convento

Arruinado y perseguido, Miguel Enríquez muere refugiado en el convento de Santo Domingo de San Juan. El hombre que había defendido la isla se apaga escondido en ella.

Lo que sintió

Cuesta imaginar lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre. Había nacido con todas las puertas cerradas y las había abierto una a una, a fuerza de audacia, en la cubierta de un barco. Había pasado del banco del zapatero a mandar una flota; del anonimato a que el rey de España supiera su nombre. Cada presa capturada era, además de dinero, una respuesta a un mundo que le había dicho desde niño que no valía nada.

Y luego vino lo más amargo: descubrir que su tierra no se lo perdonaba. Que cuanto más servía, más lo envidiaban. Que las mismas familias a las que había defendido y prestado dinero conspiraban para hundirlo, porque no toleraban que un mulato fuera el más poderoso de la isla. Enríquez lo vio venir y peleó en los tribunales como había peleado en el mar, pero esta vez no había abordaje que ganar. Terminó sus días entre los muros de un convento, rico en enemigos y pobre en todo lo demás, sabiendo que su único delito verdadero había sido llegar demasiado alto para el sitio en que había nacido.

Sirvió al rey con su hacienda y su sangre, y el rey lo honró; pero los hombres de su isla no le perdonaron nunca el color de su piel.

Síntesis del drama de Miguel Enríquez a partir de la documentación de su ascenso y su caída
Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

retrato de época
Miguel Enríquez
Miguel Enríquez
Corsario y Capitán de Mar y Guerra

El zapatero mulato de San Juan que se hizo a la mar con una patente del rey y llegó a ser el hombre más rico de Puerto Rico y el terror de ingleses y holandeses. No se conserva retrato auténtico suyo.

c. 1674 – 1743
Felipe V
Felipe V
Rey de España

El primer Borbón, en cuyo nombre corseaba Enríquez. Le concedió el grado de Capitán de Mar y Guerra y la rarísima Medalla de la Real Efigie, con el rostro del propio rey.

1683 – 1746

Por qué importa

Porque la historia de Miguel Enríquez desmonta de un golpe muchos tópicos. Nos dicen que el Imperio español era una jaula de castas donde un mulato pobre no podía ser nada: y sin embargo aquí hay un mulato pobre que llegó a ser el hombre más rico de su isla, capitán del rey y azote de dos potencias. La sociedad de su tiempo tenía muros, sí, enormes y crueles; pero también tenía grietas por donde un hombre excepcional podía colarse hasta la cima. Enríquez fue las dos cosas a la vez: la prueba de que se podía, y la prueba de lo que costaba.

Y hay que contarlo entero, con sus dos caras. Su ascenso fue una hazaña; su caída, una vergüenza que dice tanto de su época como su gloria. Defendió Puerto Rico cuando el rey no llegaba, y Puerto Rico lo dejó morir escondido. Recordarlo es hacerle, tres siglos tarde, una pizca de la justicia que le negaron los suyos: devolverle al pueblo de seiscientos millones de almas que hoy comparte su lengua el nombre del zapatero que se hizo terror de los mares.