Nació en una isla pequeña, a mitad de camino entre Europa y América. Aprendió el mar cruzando una y otra vez el océano con las flotas de Indias, mezcló el comercio con el corso contra ingleses y holandeses, y amasó una de las mayores fortunas de las Canarias. Cuando murió, dejó preparada su propia tumba, con una calavera grabada y un aviso para los vivos. Esta es su historia.

Las Islas Canarias eran, en el siglo XVIII, la última escala de Europa antes del gran salto al Atlántico. Toda flota que iba a las Indias hacía aguada y bastimento en Tenerife o en La Palma; toda flota que volvía cargada de plata y azúcar pasaba por allí. El archipiélago vivía de ese cruce de caminos: de un lado, el vino canario, que se exportaba hasta Inglaterra y América; del otro, el comercio con las Indias, con su río de riqueza y sus peligros.
Porque aquel océano no era seguro. Las guerras de las grandes potencias llenaban el mar de corsarios ingleses y holandeses, y un mercante desarmado era una presa fácil. Quien quisiera hacer fortuna cruzando el Atlántico tenía que saber comerciar y saber pelear a la vez. Amaro Rodríguez-Felipe, nacido en La Laguna en 1678, aprendió las dos cosas mejor que nadie.
Amaro Pargo —el apodo le vendría del pez, por su afición o su fortuna— se hizo marino en la Carrera de Indias, la ruta que unía Canarias con los grandes puertos americanos: La Habana, Caracas, Campeche. Fue capitán, después armador, y por fin dueño de barcos y de una red comercial que movía vino, azúcar, telas y, como buena parte del comercio atlántico de su tiempo, también esclavos: una de las caras oscuras de aquel mundo que es honesto no callar.
Cuando había guerra —y en su vida las hubo muchas—, Amaro Pargo armaba sus barcos con patente de corso y se convertía en cazador. Perseguía a los corsarios enemigos que hostigaban las flotas españolas y defendía los convoyes en los que iba su propia hacienda. Comerciante y corsario no eran para él dos oficios, sino uno solo: dos maneras de dominar el mismo océano.
El resultado fue una fortuna descomunal. Amaro Pargo llegó a ser uno de los hombres más ricos de Canarias: casas, tierras, barcos, cargamentos y una fama que cruzaba el Atlántico en las dos direcciones. Y con la riqueza, como era propio de su época, buscó también el honor: compró tierras, pleiteó por su hidalguía y se rodeó de todos los signos del caballero que su cuna de comerciante no le había dado.
La leyenda dice que Amaro Pargo escondió un fabuloso tesoro y dejó pistas cifradas para encontrarlo. Nunca ha aparecido, y probablemente nunca existió tal como lo cuentan; pero durante tres siglos ha hecho soñar a media Tenerife. Detrás del mito hay algo cierto: la fortuna de aquel hombre era tan grande que la imaginación popular la convirtió en oro enterrado.
Detrás del rico armador había un hombre profundamente religioso, casi atormentado por la otra vida. Amaro Pargo profesó una devoción intensa a Sor María de Jesús, la monja de La Laguna a la que veneraba, y volcó parte de su fortuna en obras piadosas. El mar le había dado todo, pero también le había enseñado, travesía a travesía, lo cerca que está siempre la muerte: una tormenta, un abordaje, una fiebre bastaban para acabar con el más rico.
Quizá por eso hizo algo insólito: preparó su propia tumba en vida. Mandó grabar en la losa una calavera y un aviso para los que la miraran, recordándoles que lo que él era, ellos lo serían, y lo que ellos eran, él lo había sido. El hombre que había desafiado el océano quiso tener la última palabra también con la muerte. Esa lápida, en la iglesia de Santo Domingo de La Laguna, todavía se puede ver.
Lo que tú eres yo fui; lo que yo soy tú serás.
Sentido del epitafio de Amaro Pargo sobre la losa que mandó preparar en vida, en La Laguna
Amaro Rodríguez-Felipe, el corsario canario que hizo del Atlántico su patio. Comerciante astuto, marino temible y hombre profundamente religioso, veló su fama con una leyenda de tesoros que aún dura.
La monja lagunera a la que Amaro Pargo profesó gran devoción. Su figura, muy venerada en Tenerife, acompañó la vida espiritual del corsario, que sufragó parte de su causa. No se conserva retrato suyo de la época.
Porque Amaro Pargo encarna una parte del mundo hispano que se olvida a menudo: la de las Canarias como puente entre los tres continentes, y la de un Atlántico que no era solo escenario de grandes armadas, sino también de miles de hombres de mar que se jugaban la vida cruzándolo por comercio. Él fue de los que ganaron esa apuesta hasta el final.
Y hay que mirarlo entero, sin dorarlo ni ennegrecerlo. Fue un marino valiente, un comerciante genial y un devoto sincero; y fue también un hombre de su tiempo, cuya riqueza brotó de un comercio atlántico que incluía la trata de esclavos. Contar solo el tesoro y la calavera sería quedarse en la leyenda. Reconocer las dos caras —la audacia y su precio— es lo justo, y es lo que devuelve a aquel corsario de una isla pequeña su tamaño verdadero dentro de la civilización de seiscientos millones de almas que hoy comparte su lengua.