Un almirante cojo, tuerto y manco. Una ciudad amurallada. Y la mayor flota de invasión que había visto el mundo hasta el desembarco de Normandía. Esto fue lo que pasó entre marzo y mayo de 1741.


La bandera británica se representa en su forma actual; la Union Jack de 1741 aún no incorporaba la cruz de San Patricio.
En 1738, un contrabandista llamado Robert Jenkins se presentó ante el Parlamento británico con un frasco que contenía su propia oreja, cortada — según dijo — por un guardacostas español que lo había sorprendido comerciando ilegalmente en el Caribe. La indignación fue el pretexto perfecto: Londres llevaba años queriendo romper el monopolio comercial hispano en América, y en 1739 declaró la guerra. Los ingleses la llamaron «la Guerra de la Oreja de Jenkins»; los españoles, con menos teatro, «la Guerra del Asiento» — porque el fondo real era el comercio: el asiento de esclavos, el navío de permiso y, sobre todo, el contrabando masivo que la Armada española combatía.
El almirante Edward Vernon abrió la guerra tomando Portobelo (Panamá) en 1739 con solo seis navíos, y la propaganda británica lo convirtió en héroe nacional. Convencido de que el imperio español en América era un fruto maduro, Londres reunió para el siguiente golpe la mayor fuerza anfibia de la historia hasta entonces: 186 naves y unos 27.400 hombres, incluidos 4.000 reclutas de las colonias americanas al mando de Lawrence Washington — hermano mayor de George Washington. El objetivo: Cartagena de Indias, la llave del Caribe, el puerto por donde salía la plata del virreinato.
Frente a esa armada, Cartagena contaba con unos 3.600 defensores: soldados de marina y del ejército, milicianos de la ciudad, 600 arqueros indígenas y las tripulaciones de seis navíos de línea: Galicia, San Felipe, San Carlos, África, Dragón y Conquistador. Al mando de la defensa naval estaba un hombre que parecía inventado por un novelista: Blas de Lezo y Olavarrieta, guipuzcoano, que había perdido la pierna izquierda a los 15 años en la batalla de Vélez-Málaga, el ojo izquierdo en Tolón y el brazo derecho en Barcelona. Sus hombres lo llamaban «Mediohombre». Con él, el virrey Sebastián de Eslava, con quien mantuvo una tensa pero eficaz colaboración.
Cartagena no era una plaza cualquiera: era la llave del Caribe, el puerto por donde salía hacia Europa la plata de todo el virreinato. Quien la tomara tendría en la mano la puerta de la América española. Por eso Londres apostó tan fuerte, y por eso el desequilibrio de fuerzas fue casi absurdo: 186 naves contra 6, unos 27.400 hombres contra 3.600 — más de siete atacantes por cada defensor. No se reuniría una fuerza de desembarco semejante hasta el día D de Normandía, dos siglos después. En sus filas iban hasta 4.000 soldados coloniales americanos al mando de Lawrence Washington, el hermano mayor de George.
Pero había un tercer ejército en la bahía que no figuraba en ningún parte: el clima. Cartagena se defendía sola con su estación de lluvias, sus mosquitos y sus fiebres. El vómito negro —la fiebre amarilla— y la disentería se cebaron en una tropa hacinada en los barcos bajo el calor del trópico, y mataron a muchos más ingleses que la pólvora: de las cerca de nueve mil bajas británicas, la mayoría no cayó combatiendo, sino ardiendo de fiebre en las bodegas. Lezo lo sabía, y su plan fue precisamente ese: no vencer de un golpe, sino hacer pagar cada metro y dejar que el tiempo y la enfermedad hicieran el resto.
Para entender la batalla hay que entender la bahía. Cartagena no se podía atacar directamente desde el mar Caribe: sus murallas y los bajos hacían suicida cualquier desembarco frontal. Había que entrar en la bahía, y la bahía tenía solo dos puertas: Bocagrande, cegada por un banco de arena impracticable para navíos de guerra, y Bocachica — «la boca pequeña» — un canal estrecho defendido por el fuerte de San Luis y baterías costeras. Superada esa puerta, aún quedaba la bahía interior, protegida por los fuertes de Castillo Grande y Manzanillo, y por último el castillo de San Felipe de Barajas, la gran fortaleza sobre el cerro que dominaba la ciudad por tierra.
Todas las cifras son estimaciones de las fuentes disponibles y se marcan con «~» o «se calcula». La mayor parte de las bajas británicas se debió a la fiebre amarilla, no al combate.
El horizonte de Cartagena se llena de velas: 186 naves. Comienza el bombardeo de las defensas exteriores. Lezo y Eslava concentran la defensa en Bocachica: obligar al enemigo a pagar cada metro.
El fuerte de San Luis, diseñado para resistir días, aguanta más de dos semanas bajo el fuego de decenas de navíos. Los cuatro navíos españoles del canal se baten hasta el final; la Galicia, insignia de Lezo, pelea como batería flotante hasta caer en manos inglesas.
Antes de retirarse, Lezo ordena hundir sus propios navíos para cegar los canales. Vernon entra en la bahía exterior… y encuentra la entrada a la interior bloqueada por más cascos hundidos en Castillo Grande. Cada obstáculo cuesta días — y cada día, la fiebre amarilla devora la flota inglesa.
Los ingleses desembarcan miles de hombres y avanzan hacia el castillo de San Felipe de Barajas, la última llave de la ciudad. Vernon, impaciente, ya ha enviado a Londres un mensajero anunciando la victoria.
Tres columnas atacan San Felipe de noche. Pero los zapadores de Lezo habían excavado la explanada al pie de las murallas: las escalas inglesas resultan demasiado cortas. Atrapados bajo los muros, iluminados por las antorchas, los asaltantes son barridos. Al amanecer, una contracarga a bayoneta los arroja colina abajo: cientos de muertos en horas.
Con la tropa diezmada por el combate y la fiebre amarilla — que mató a más ingleses que la pólvora —, Vernon quema varios de sus propios barcos por falta de tripulantes y pone rumbo a Jamaica. Cartagena, en pie.
El cuerpo de Blas de Lezo era, él solo, una hoja de servicios: había dejado la pierna izquierda en Vélez-Málaga a los quince años, el ojo en Tolón y el brazo derecho en Barcelona. Con lo que le quedaba dirigió la defensa de una ciudad contra una armada ocho veces superior, y no cedió. No buscó una batalla campal que no podía ganar: hizo hundir sus propios navíos —la Galicia, su insignia, entre ellos— para cegar los canales, y convirtió cada fuerte en una trampa que costaba semanas y cientos de muertos tomar.
El golpe maestro llegó en San Felipe de Barajas. Sus zapadores habían rebajado la explanada al pie de las murallas, de modo que las escalas inglesas del asalto nocturno quedaron demasiado cortas: los atacantes se apelotonaron indefensos bajo el muro, iluminados por las antorchas, y una contracarga a la bayoneta al amanecer los arrojó colina abajo. Pero la gesta no fue de un solo hombre. En aquellas murallas peleaban juntos soldados peninsulares, criollos cartageneros, milicianos negros y mulatos libres y seiscientos arqueros indígenas: la ciudad entera defendiendo lo suyo. No los movía la gloria, sino algo muy concreto y muy hondo —sus casas, su puerto, su rey y su fe—, y por eso aguantaron donde cualquier cálculo decía que debían rendirse.
Las cifras lo dicen casi todo: los británicos perdieron entre 8.000 y 10.000 hombres y decenas de naves; los defensores, unos 800. La propaganda inglesa corrió un velo sobre el desastre — las medallas de la victoria desaparecieron de las tiendas — y Vernon acabó su carrera entre polémicas. La derrota aseguró el Caribe español durante décadas: hasta el final del siglo, ninguna potencia volvió a intentar arrancarle a la Hispanidad su mar interior.
Blas de Lezo no pudo saborearlo: herido durante el sitio, murió el 7 de septiembre de 1741, sin honores y enfrentado al virrey por los partes de guerra. La historia tardó siglos en devolverle su lugar; hoy tiene estatuas en Cartagena y en Madrid, a un paso de las murallas que defendió.
Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta solo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres.
Blas de Lezo Respuesta atribuida al ultimátum de VernonImagínese el amanecer del 13 de marzo desde las murallas: el horizonte del Caribe cubierto de velas de punta a punta, ciento ochenta y seis barcos, la mayor flota de invasión que había visto el mundo, viniendo a por su ciudad. Los defensores eran uno por cada siete atacantes. Muchos, seguramente, dieron la plaza por perdida en aquel primer vistazo. Y aun así se quedaron en sus puestos dos meses largos, bajo el bombardeo continuo, respirando el olor dulzón de la fiebre que se llevaba también a los suyos, sin saber ningún día si el siguiente traería el asalto final.
No sabemos qué palabras se dijeron en aquellas noches de vela, pero sí lo que sintieron al final: la incredulidad de ver cómo el imperio más poderoso de la tierra quemaba sus propios barcos por falta de manos para tripularlos y ponía proa a Jamaica, derrotado. Habían ganado. La tragedia es que su jefe apenas pudo sentirlo: Blas de Lezo murió pocos meses después, herido y enfermo, enfrentado al virrey y sin un solo honor. Se fue creyéndose olvidado. Tardó siglos en tener las estatuas que hoy lo recuerdan en Cartagena y en Madrid, pero la ciudad que salvó no cayó en manos extrañas nunca más.
Cartagena de Indias no fue solo una batalla: fue la prueba de que la civilización hispana de ambas orillas peleaba como una sola. Españoles peninsulares, criollos cartageneros, milicianos negros y mulatos y arqueros indígenas defendieron juntos la misma muralla. Y hay un eco curioso al otro lado: Lawrence Washington quedó tan marcado por su almirante que bautizó su hacienda de Virginia como Mount Vernon — la casa donde crecería George Washington. La historia, como siempre, estaba más conectada de lo que parece.
Y desmintió para siempre un cuento muy repetido: el de una América hispana débil, a punto de caer como fruta madura en manos de cualquiera. A Cartagena no la salvó una flota llegada de la metrópoli, sino la propia ciudad —sus criollos, sus milicianos negros y mulatos, sus arqueros indígenas— peleando por lo suyo a las órdenes de un jefe genial. Aquel Caribe no era una colonia asustada esperando amo: era ya un pueblo capaz de plantar cara al imperio más poderoso del mundo y ganarle la partida.

«Mediohombre»: cojo, tuerto y manco de tres campañas. Concentró la defensa en Bocachica y hundió sus propios navíos para cegar los canales. Murió a los meses de la victoria, sin honores.

El mando supremo de la plaza. Su colaboración con Lezo fue tensa pero eficaz; suya fue la responsabilidad última de una defensa que resistió más de dos meses.

Reunió la mayor flota anfibia hasta Normandía y envió a Londres la noticia de una victoria que nunca llegó. La fiebre amarilla y las murallas de Cartagena acabaron con su campaña.