Junípero Serra tenía 55 años, una cátedra abandonada en Mallorca y una llaga en la pierna que no lo dejó en paz jamás. El 16 de julio de 1769 alzó una cruz sobre la bahía de San Diego: la primera de veintiuna misiones que, a un día de camino una de otra, cosieron la costa del Pacífico y sembraron las ciudades que hoy conoce el mundo entero.

Junípero Serra lo tenía todo: nacido en Petra, Mallorca, era catedrático de filosofía en Palma, admirado y cómodo. A los 35 años lo dejó todo para irse a América, y caminando de Veracruz a México se hizo la herida en la pierna que lo acompañaría — sin domarlo — el resto de su vida. Cuando en 1768 la Corona decidió poblar por fin la Alta California, aquel fraile de metro sesenta y salud rota se ofreció el primero.
La expedición sagrada partió en 1769 desde la Baja California en cuatro oleadas: dos barcos y dos columnas por tierra, la última con el gobernador Gaspar de Portolá y el propio Serra, que hizo a lomos de mula — medio a rastras — los mil kilómetros de desierto. En San Diego se reunieron los supervivientes; el escorbuto había diezmado a los marinos, y todo aconsejaba volver. Se quedaron.
Una costa virgen de tres mil kilómetros frente al Pacífico: el lienzo donde un fraile que apenas podía andar echó a andar un mundo, misión a misión.
Sobre una loma que mira la bahía, Serra bendice la misión de San Diego de Alcalá, primera de California. Alrededor no hay nada europeo en tres mil kilómetros: solo la fe de un cojo y el hambre de una expedición diezmada.
Buscando Monterrey por tierra, Portolá se pasa de largo y tropieza con algo que ningún navegante había visto en dos siglos de galeones: la inmensa bahía de San Francisco, donde — escribirán — cabrían todas las armadas de Europa.
Segundo intento y éxito: bajo una encina junto al mar, Serra canta la misa fundacional de Monterrey — la escena de nuestra portada — y nace la capital de la Nueva California. Serra instala pronto su cuartel general en la vecina misión del Carmelo.
San Gabriel, San Luis Obispo, San Juan Capistrano, San Francisco (1776), San José, Santa Clara… A la muerte de Serra hay nueve misiones; sus hermanos completarán veintiuna, unidas por el Camino Real. Junto a ellas, presidios y pueblos: en 1781, cuarenta y cuatro vecinos fundan El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles.
Con casi sesenta años y su pierna en carne viva, Serra vuelve a México — otros tres mil kilómetros — para pelear ante el virrey su «Representación»: treinta y dos puntos en defensa de los indígenas de las misiones, incluida la destitución del gobernador militar. Gana casi todos.
Serra murió en su Carmelo en 1784, con el hábito remendado de siempre, y está enterrado bajo el altar que fundó. Las misiones enseñaron a la tierra lo que hoy la hace célebre: en sus huertos se plantaron las primeras viñas, olivos, naranjos y trigales de California — el vino californiano nació en un lagar de misión. Aquel mundo tuvo también la dureza de su siglo, y las poblaciones nativas pagaron un precio que la historia honesta no calla; el propio Serra, con las categorías de su tiempo, fue de los que alzaron la voz por ellas. En 2015 fue canonizado: el primer santo hispano proclamado en suelo estadounidense.
Siempre adelante, nunca atrás.
Fray Junípero Serra Apóstol de CaliforniaLo que sintió Junípero Serra, arrastrando una pierna llagada que no lo dejó en paz jamás, fue seguramente una mezcla de fe inquebrantable y agotamiento físico. A los cincuenta y cinco años, cuando otros buscan el descanso, echó a andar hacia un norte desconocido convencido de que su vida solo tenía sentido gastándose en aquello. Hay una obstinación casi sobrehumana en ese hombre que no se detenía ni cuando el cuerpo le fallaba.
Pero la historia de las misiones tiene dos caras, y es honesto sostener las dos. Nacieron de una entrega verdadera y levantaron pueblos, huertos y saberes que aún perduran en los nombres de California; y a la vez trajeron enfermedad, trabajo forzado y la quiebra de los mundos indígenas que encontraron. Reconocer el celo y el sacrificio de Serra no obliga a callar el sufrimiento de aquellos a quienes su llegada cambió la vida para siempre: ni leyenda rosa ni leyenda negra, las dos verdades juntas.
Porque California — la economía que hoy inventa el futuro — tiene cimientos con nombre español, y no por casualidad: San Diego, Los Ángeles, San Francisco, San José, Santa Bárbara, Sacramento, Monterrey. Cada «San» del mapa es una misión o un presidio de esta historia. En nuestro mapa, el 16 de julio se enciende San Diego — la loma donde un fraile que apenas podía andar echó a andar un mundo.
Y encierra, en el lema de aquel cojo terco —«siempre adelante, nunca atrás»—, el mismo espíritu que recorre esta casa entera: el de quien, con el cuerpo roto y todo en contra, decide seguir caminando. Serra fundó California medio a rastras, con una llaga que no le cerró en treinta años. Hoy, cada vez que el mundo mira a San Francisco o a Los Ángeles como el lugar donde se inventa el futuro, está mirando —sin saberlo— la obra que empezó un fraile mallorquín que apenas podía tenerse en pie.

Dejó una cátedra en Mallorca y una vida cómoda para irse a América, donde una llaga en la pierna lo acompañó treinta años sin domarlo. Fundó California medio a rastras y peleó ante el virrey por los indígenas de las misiones. En 2015 fue canonizado: el primer santo hispano proclamado en suelo estadounidense.

Militar catalán al mando de la expedición sagrada. Buscando Monterrey por tierra, se pasó de largo y tropezó con la inmensa bahía de San Francisco, que ningún navegante había visto en dos siglos de galeones. Abrió por tierra el mapa de la Nueva California.