Mientras el mundo imagina la costa del Pacífico norte como territorio de rusos e ingleses, la verdad es que los primeros europeos que subieron hasta allí hablaban español. En una goleta tan pequeña que apenas cabía la tripulación, sin cartas ni auxilio posible, un puñado de marinos se adentró en mares helados y desconocidos hasta tocar Alaska. Por eso, todavía hoy, la costa de Canadá y Alaska está sembrada de nombres españoles. Esta es su historia.

En el siglo XVIII, la costa del Pacífico norte —lo que hoy son California del norte, Oregón, la Columbia Británica y Alaska— era uno de los últimos grandes vacíos del mapa del mundo. Nadie de Europa había puesto allí un pie. Pero dos potencias empezaban a acercarse por los extremos: los rusos, que bajaban desde Siberia cazando nutrias por las islas Aleutianas, y los ingleses, siempre atentos a cualquier costa sin dueño. España, que reclamaba todo el Pacífico como suyo desde tiempos de los descubridores, sintió el peligro: si no ocupaba y cartografiaba aquella costa, otros lo harían.
La respuesta salió de un puerto pequeño de la costa de México: San Blas, la base naval desde la que se organizaban las expediciones al norte. De allí zarparon, en barcos modestos y con medios escasos, los marinos que iban a adelantarse a rusos e ingleses en una de las navegaciones más duras del planeta: la de unos mares fríos, brumosos, tempestuosos y sin cartografiar.
El primero en subir fue Juan Pérez. En 1774 navegó hacia el norte hasta alcanzar, por primera vez para un europeo documentado, las tierras del actual archipiélago de Haida Gwaii y la isla de Nutca (Nootka). Allí tuvo los primeros contactos con los pueblos de la costa —los haida, los nuu-chah-nulth—, que salieron a su encuentro en canoas y comerciaron con la tripulación. Fue un encuentro pacífico y asombrado por las dos partes: dos mundos que hasta entonces no sabían el uno del otro.
Pérez no pudo desembarcar formalmente ni subir más al norte, pero había abierto la puerta. Había demostrado que se podía llegar, y que aquella costa estaba habitada y era navegable. Al año siguiente, España mandó una expedición mayor a continuar la tarea. En ella iba el hombre que llevaría la bandera más lejos que nadie: Juan Francisco de la Bodega y Cuadra.
La expedición de 1775 la mandaba Bruno de Heceta, pero pronto los barcos se separaron. Bodega y Cuadra iba en la Sonora, una goleta minúscula de apenas unos once metros de eslora: una barca, en realidad, para un océano semejante. Con ella, en vez de volverse atrás como habría hecho cualquier prudente, Bodega decidió seguir subiendo. Y subió, y subió, adentrándose en mares cada vez más fríos y solitarios, peleando con las tormentas y con el escorbuto que iba tumbando a su gente, hasta alcanzar los 58 grados de latitud norte: ya en aguas de Alaska.
Allí, en aquellos confines helados, tomó posesión formal de la tierra en nombre del rey de España. Fue el punto más al norte alcanzado por España en el Pacífico americano. Mientras tanto, su compañero Heceta, más al sur, descubría la desembocadura de un gran río que sería el Columbia. Entre unos y otros, aquellos marinos habían cartografiado y reclamado miles de kilómetros de costa desconocida, y lo habían hecho en barcos que hoy nos parecerían de juguete.
La huella de aquellos viajes sigue en el mapa. Media costa de la Columbia Británica y de Alaska conserva nombres españoles: la isla de Cuadra, el archipiélago de Bucareli, el puerto de Valdez, la ciudad de Córdova, el glaciar Malaspina, la isla de Revillagigedo... La isla de Vancouver llegó a llamarse «isla de Cuadra y Vancouver», en honor a la amistad entre el marino español y el inglés. El tiempo borró la mitad hispana del nombre, pero no la otra media costa de topónimos.
Hay que intentar sentir lo que sentían aquellos hombres. Estaban en el mar más solitario del mundo conocido, meses enteros sin ver más que agua, niebla y de vez en cuando una costa negra y hostil. No había puerto amigo al que arribar, ni rescate posible si algo salía mal, ni carta que consultar: cada milla que avanzaban la dibujaban ellos por primera vez. En una goleta que una ola grande podía volcar, con la tripulación cayendo por el escorbuto, seguían adelante porque alguien tenía que ser el primero, y les había tocado a ellos.
Ese es el heroísmo callado del explorador: no el de la batalla, con su griterío y su gloria, sino el de la resistencia muda ante lo inmenso. No hubo enemigos que vencer, salvo el frío, la enfermedad, el miedo y la tentación de dar la vuelta. Y sin embargo, cada uno de esos hombres sabía que estaba ensanchando el mapa del mundo, que ponía nombre a costas que nadie de los suyos había visto. Volver con esas cartas dibujadas valía, para ellos, todo el sufrimiento del viaje.
Llegaron más lejos que nadie en el barco más pequeño, sin más premio que ser los primeros y volver para contarlo.
Síntesis de las expediciones del Pacífico norte San Blas – Alaska, 1774–1775
En una goleta minúscula alcanzó las aguas de Alaska en 1775. Años después defendería con habilidad los derechos de España frente a los ingleses en la crisis de Nutca.
El primer europeo documentado que alcanzó el Pacífico norte, en 1774, y tuvo contacto con los haida y los nuu-chah-nulth. Abrió la ruta que otros continuarían hacia Alaska. No se conserva retrato suyo.
Porque casi nadie sabe que los primeros europeos que exploraron la costa del Pacífico norte, hasta Alaska, fueron españoles, y que lo hicieron antes que los famosos navegantes ingleses. La historia que se cuenta suele saltar directamente de los rusos a los ingleses, borrando el capítulo hispano que quedó, sin embargo, escrito en el mapa para siempre. Cada nombre español en la costa de Canadá y Alaska es una firma que aquellos marinos dejaron y que el tiempo no ha podido borrar del todo.
Y merece recordarse por lo que fue: una hazaña de pura navegación, sin oro que la moviera ni grandes batallas que la adornaran, hecha por hombres oscuros en barcos ridículos frente a un océano descomunal. Reconocerlos es ampliar la idea que tenemos de nuestra propia historia: la civilización de seiscientos millones de almas no solo bajó por el sur del continente, también subió hasta el hielo del norte, y dejó allí, en unas costas que hoy hablan inglés, la prueba muda de que un día habló español.