Mientras Washington peleaba en el norte, un malagueño de treinta años barrió a Inglaterra de todo el golfo de México. Su momento cumbre: entrar en la bahía de Pensacola bajo el fuego de los cañones ingleses... con un solo barco, porque nadie más se atrevía a seguirle.


Se muestra la bandera británica actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.
En 1779 España entró en guerra con Gran Bretaña en apoyo de las Trece Colonias rebeldes. Para los colonos americanos, la ayuda hispana fue de todo menos simbólica: dinero, pólvora, uniformes y suministros llevaban años cruzando el Misisipi desde la Luisiana española. Su gobernador era un militar malagueño de treinta años, veterano de Argel y de la frontera apache: Bernardo de Gálvez. Cuando llegó la declaración de guerra, no esperó órdenes ni refuerzos: en semanas levantó un pequeño ejército donde marchaban juntos soldados regulares, criollos, acadianos francófonos, milicianos negros libres e indios aliados — la Luisiana entera en armas.
El objetivo estratégico era limpiar de bases británicas el golfo de México, cerrando el sur a la Royal Navy y aliviando la presión sobre los rebeldes de Washington. Tres campañas, tres años, ni una sola derrota.
La toma de Pensacola no fue una aventura suelta, sino una pieza de una guerra global. En 1779 España entró en la contienda del lado de Francia contra Gran Bretaña, y aunque no reconoció formalmente a las Trece Colonias, su golpe fue demoledor para Londres. Desde años antes, por Nueva Orleans y el Misisipi subía en secreto un río de pólvora, fusiles, mantas y dinero hacia los rebeldes de Washington: la Luisiana española fue una de las grandes trastiendas de la independencia americana. Cuando llegó la guerra abierta, Gálvez pasó de suministrar a atacar.
Del Misisipi a la Mobila y a Pensacola: el mapa de tres campañas que le arrancaron a Inglaterra el sur entero de Norteamérica.
Antes de que los ingleses sepan que hay guerra, Gálvez remonta el río y les arrebata los fuertes de Manchac, Baton Rouge y Natchez. El Misisipi entero queda en manos hispanas: la puerta trasera de las Trece Colonias, asegurada.
Tras un asedio de dos semanas, el fuerte Carlota de la Mobila se rinde. El general inglés Campbell, que acudía desde Pensacola al rescate, llega tarde y se retira sin combatir.
La gran expedición contra Pensacola zarpa de La Habana… y un huracán la desarbola y dispersa por medio Golfo. Cualquier otro habría renunciado. Gálvez pasa el invierno reconstruyéndola pieza a pieza.
La flota llega ante Pensacola, pero la entrada de la bahía es un pasillo bajo los cañones de la batería inglesa de las Barrancas Coloradas, y el navío San Ramón toca fondo. Los mandos navales se niegan a intentarlo. El 18 de marzo, Gálvez embarca en su propio bergantín, el Galveztown, iza su insignia para que todos sepan quién va a bordo, y cruza la barra él solo bajo el fuego enemigo. Avergonzada, la escuadra entera lo sigue al día siguiente. De ahí su divisa eterna: «Yo solo».
Siete mil quinientos hombres llegados de La Habana, Nueva Orleans y Nueva España — peninsulares, criollos, cubanos, mexicanos, milicianos negros y mulatos, irlandeses del regimiento Hibernia — estrechan el cerco. Gálvez cae herido en una pierna y sigue al mando. El 8 de mayo, una granada hispana vuela el polvorín del reducto de la Media Luna; por la brecha entran los granaderos, y el general Campbell rinde la plaza. Florida Occidental entera vuelve a ser hispana.
El gesto que dio a Gálvez su divisa eterna resume su forma de mandar. Ante Pensacola, la entrada de la bahía era un pasillo de muerte bajo los cañones de las Barrancas Coloradas; cuando un navío tocó fondo, los mandos navales se negaron a intentar el paso. Gálvez no discutió: embarcó en su propio bergantín, el Galveztown, izó su insignia para que todos supieran quién iba a bordo y cruzó él solo la barra, ofreciéndose de blanco al enemigo. No era temeridad vana: era la única manera de arrastrar a los demás. Avergonzada, la escuadra entera lo siguió al día siguiente. Un hombre solo, jugándose la vida a la vista de todos, movió a una flota que se había paralizado por el miedo.
Y no fue un rasgo aislado. Meses antes, cuando un huracán desarboló y dispersó su expedición por medio Golfo, cualquiera habría abandonado; él pasó el invierno reconstruyéndola pieza a pieza. En el asalto final cayó herido en una pierna y siguió al mando. Aquel malagueño de treinta años no pedía a sus hombres nada que él no hiciera primero, y por eso lo seguían andaluces y cubanos, mexicanos y negros libres, irlandeses e indios: no combatían solo por un rey lejano, sino por un jefe que iba delante y por una causa —cerrar el Golfo a Inglaterra— que sabían grande.
Con Pensacola cayó todo el golfo de México: la Royal Navy perdió sus bases del sur en plena guerra americana, y en el tratado de paz de 1783 España recuperó las dos Floridas y Menorca. Carlos III autorizó a Gálvez a lucir en su escudo el bergantín Galveztown con el lema «Yo solo». Murió apenas cinco años después, con cuarenta, siendo virrey de Nueva España y llorado en dos continentes: la ciudad de Galveston (Texas) lleva su nombre, su retrato cuelga en el Capitolio de Washington, y en 2014 el Congreso de Estados Unidos lo declaró ciudadano honorario — un honor que solo comparten ocho personas en toda la historia, entre ellas Lafayette y Churchill.
Yo solo.
Divisa concedida por Carlos III a Bernardo de Gálvez Por cruzar solo la barra de Pensacola bajo el fuego inglésImaginemos la mañana del 18 de marzo desde la cubierta del Galveztown. Toda la escuadra observa, paralizada, ese pasillo de agua batido por los cañones ingleses; nadie se atreve. Y de pronto un solo bergantín larga velas, iza bien alta la insignia del general —«miradme, aquí voy yo»— y se mete en la boca del lobo. Los hombres que iban con Gálvez debieron de sentir el vértigo de ir a una muerte casi segura; los que se quedaban atrás, la vergüenza ardiente de ver a su jefe hacer solo lo que ellos rehusaban. No hizo falta un discurso: al día siguiente cruzaban todos.
Y hay otro sentimiento, más callado, que recorre toda esta campaña: el orgullo de una tropa que no se parecía a ninguna otra del mundo. Aquellos andaluces, cubanos, mexicanos, negros libres de Nueva Orleans, irlandeses e indios peleaban juntos bajo la misma bandera, y al tomar Pensacola debieron de sentir que habían hecho algo más grande que ganar un fuerte: habían demostrado, sin proponérselo, que gentes tan distintas podían ser un solo ejército y una sola causa. Que la historia oficial de los Estados Unidos casi los haya olvidado no borra lo que sintieron aquel día: que la libertad que nacía al norte también se estaba pagando, y en español.
La independencia de Estados Unidos también se ganó en español, y esta historia es la prueba que casi nadie cuenta. El ejército de Gálvez fue además un retrato anticipado de la Hispanidad entera: andaluces y cubanos, mexicanos y acadianos, negros libres de Nueva Orleans e indios aliados, todos bajo la misma bandera. Cuando el mapa de esta casa pinta de granate la memoria hispana de Estados Unidos, Pensacola es una de las razones con más pólvora.
Y no fue un gesto menor de cortesía diplomática. Al barrer a los ingleses del Golfo y del Misisipi, Gálvez les cerró un frente entero y liberó recursos que ayudaron a decidir la guerra en el norte; el dinero, la pólvora y los víveres que subían de la Luisiana y de La Habana regaron los ejércitos de Washington en sus peores horas. La independencia de los Estados Unidos tuvo muchos padres, y algunos de ellos hablaban, rezaban y mandaban en español. Que su historia oficial casi los haya borrado no cambia lo que hicieron: solo nos da a nosotros una razón más para contarlo.

El malagueño de treinta años que barrió a Inglaterra del Golfo sin una sola derrota. Cruzó solo la barra de Pensacola bajo el fuego enemigo y avergonzó a su escuadra a seguirle. Carlos III le concedió por ello la divisa «Yo solo». Murió con cuarenta, virrey de Nueva España.

Militar navarro, mano derecha de Gálvez y jefe de las columnas de asalto en el sitio de Pensacola. Sostuvo el cerco cuando el general cayó herido. Su hoja de servicios lo llevaría después a gobernar Cuba y a ser virrey de Nueva Granada: uno de tantos que hicieron carrera sirviendo a las dos orillas.

Defendió Pensacola tras las Barrancas Coloradas y llegó tarde a socorrer la Mobila. Cuando una granada hispana voló el polvorín de la Media Luna y los granaderos entraron por la brecha, rindió la plaza: con ella, toda Florida Occidental volvió a ser hispana.