Durante más de treinta años, en el corazón de lo que hoy es Colombia, un sabio gaditano dirigió una empresa insólita: catalogar y pintar toda la naturaleza de Nueva Granada. Junto a él, una escuela de pintores criollos y mestizos produjo seis mil láminas botánicas de una belleza que aún hoy deja sin aliento. No buscaban oro: buscaban conocer y retratar la vida. Fue la mayor expedición botánica de la Ilustración — y la hicieron, sobre todo, manos americanas.

José Celestino Mutis, médico y sacerdote nacido en Cádiz, llegó a Nueva Granada en 1760 y ya no se marchó: se enamoró de la naturaleza americana, la más rica y variada del planeta, y se propuso algo que parecía imposible: conocerla y catalogarla entera. Durante veinte años lo intentó por su cuenta, hasta que en 1783 la Corona le concedió al fin lo que pedía: una Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, con medios, tiempo y equipo.
Lo que Mutis montó no fue solo una expedición: fue una institución científica y artística en mitad de los Andes. Reunió herbarios, instrumentos, una biblioteca y, sobre todo, una escuela de dibujantes. Porque su gran idea era que la naturaleza había que estudiarla, sí, pero también pintarla con una exactitud y una belleza que la hicieran inolvidable. Y para eso formó a decenas de artistas locales.
El valle cálido del Magdalena y los Andes de Nueva Granada: el lugar donde la ciencia y el arte se dieron la mano en mitad de la selva.
La expedición se instala en Mariquita, en el valle cálido del Magdalena. Allí se organiza el trabajo: recolectores que traen plantas de toda la región, botánicos que las describen y una nutrida escuela de pintores que las retratan.
El corazón de la expedición fueron sus artistas: criollos, mestizos e indígenas formados por Mutis que llegaron a dominar una técnica prodigiosa. Inventaron incluso tintes nuevos con plantas locales. Sus seis mil láminas —a tamaño natural, de un realismo y un colorido asombrosos— son una de las cumbres del arte científico de todos los tiempos.
Mutis dedicó años a estudiar la quina (la cinchona), la corteza andina de la que se extraía el único remedio contra la malaria que existía entonces. Su estudio tenía un valor incalculable: esa fiebre mataba a millones en todo el mundo.
El gran naturalista alemán Alexander von Humboldt, de paso por Bogotá, se desvía especialmente para conocer a Mutis y su expedición. Queda deslumbrado por la biblioteca, el herbario y las láminas: reconoce que está ante una de las mayores empresas científicas del mundo.
De la expedición salió toda una generación de sabios neogranadinos —como el astrónomo Francisco José de Caldas—, la primera élite científica del país. La ciencia había echado raíces propias en suelo americano.
Tras la muerte de Mutis, buena parte de aquel tesoro —miles de láminas y pliegos— viajó a Madrid, donde se conserva en el Real Jardín Botánico: un archivo monumental que aún hoy se sigue estudiando y editando. Pero su fruto más vivo se quedó en América: la Expedición Botánica fue la cuna de la ciencia colombiana y un orgullo nacional. Aquellas plantas pintadas por manos criollas son hoy un símbolo de identidad, reproducido en billetes, sellos y museos.
Nunca vi reunidos tantos y tan preciosos materiales… esta es una de las empresas más grandes que han emprendido los hombres para conocer la naturaleza.
Alexander von Humboldt Sobre la expedición de MutisDetrás de aquellas seis mil láminas hubo decenas de manos anónimas —criollas, mestizas, indígenas— inclinadas durante años sobre el papel, aprendiendo a mirar su propia tierra con una atención que nadie les había pedido antes. Debió de haber en aquel taller de Mariquita una mezcla rara de disciplina y asombro: el orgullo callado del que descubre que su selva, la de siempre, la que otros solo cruzaban de paso, merecía ser retratada con la misma devoción que un santo o un rey.
Mutis, gaditano, murió lejos de su tierra natal y con buena parte de su obra camino de Madrid; hubo en él la melancolía serena del sabio que siembra sin llegar a ver la cosecha. Pero el sentimiento más nuevo, el que aún nos conmueve, fue el de aquellos pintores sin nombre: el de una tierra que aprendía, por primera vez, a mirarse a sí misma sin pedir permiso, y a encontrarse hermosa.
Porque la Expedición Botánica es otra respuesta rotunda a quien reduce el pasado común a saqueo: aquí no se extrajo nada, se conoció y se pintó, con dinero público, la naturaleza de un continente, y se hizo formando a artistas y sabios del propio país. En nuestro mapa, la expedición enciende el valle del Magdalena y los Andes de Nueva Granada: el lugar donde la ciencia y el arte se dieron la mano en mitad de la selva.
Y hay algo que la hace profundamente nuestra: que sus obras maestras las pintaron manos americanas. Mutis vino de Cádiz, pero la expedición fue, sobre todo, la de decenas de pintores criollos, mestizos e indígenas anónimos que aprendieron a mirar su propia tierra con ojos de sabios y a retratarla con una belleza que asombró a Europa. Esa es la verdad más honda de aquella época en sus mejores momentos: que no fue solo Europa mirando a América, sino América aprendiendo a mirarse a sí misma y a contarse al mundo. Cada una de aquellas seis mil láminas es un pequeño acto de amor a la tierra propia — y un recordatorio de que la Hispanidad, cuando fue fiel a lo mejor de sí misma, no vino a llevarse la riqueza de América, sino a ayudarla a descubrir la suya.

Gaditano llegado a Nueva Granada en 1760, se enamoró de la naturaleza americana y se propuso conocerla y pintarla entera. Montó en mitad de los Andes una institución científica y artística, y formó a decenas de artistas locales. Humboldt lo tuvo por una de las mayores empresas científicas del mundo.

«El Sabio Caldas», salido de la escuela de Mutis, encarna el fruto más vivo de la expedición: la primera élite científica propia del país. La ciencia había echado raíces americanas, con nombres y apellidos criollos.
Criollos, mestizos e indígenas formados por Mutis que dominaron una técnica prodigiosa e inventaron tintes nuevos con plantas locales. Sus seis mil láminas, anónimas casi todas, son una de las cumbres del arte científico de todos los tiempos: América aprendiendo a mirarse a sí misma.