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Defensas de la civilización · 1797

La isla que no cayó: San Juan rechaza a Abercromby

El mismo año en que Nelson dejaba su brazo en Tenerife, otra flota británica —la más grande vista en el Caribe— quiso arrancarle a España la llave del golfo: Puerto Rico. La defendieron el regimiento Fijo, las milicias de pardos libres y una ciudad que no durmió en quince días. Y, cuenta la tradición, una procesión de antorchas que el enemigo tomó por un ejército.

17976 min de lectura
La Rogativa, escultura en el casco antiguo de San Juan que recuerda la procesión de 1797
«La Rogativa», la escultura de Lindsay Daen en el casco antiguo de San Juan: el obispo y las mujeres de la ciudad con sus antorchas, la procesión que —según la tradición— hizo creer a los británicos que llegaban refuerzos. Foto: Todd Van Hoosear, CC BY-SA 2.0
Monarquía Hispánica · Cruz de Borgoña
San Juan de Puerto Rico
El Fijo, las milicias de pardos
y la ciudad entera
~4.000 defensores
Con las mujeres de San Juan en las murallas
Al mando: Ramón de Castro
Reino Unido
Expedición británica
La mayor fuerza anfibia
vista en el Caribe
~60 naves · hasta 13.000 hombres
Recién dueña de Trinidad
Al mando: Ralph Abercromby y Henry Harvey
Fecha
17 abr. – 2 may. 1797
Quince días de asedio
Lugar
San Juan de Puerto Rico
El Caribe
Resultado
Abercromby, rechazado
Dejó atrás cañones y su fama

Se muestra la bandera británica actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.

El origen del conflicto

El invierno de 1797 había sido dulce para Inglaterra en el Caribe: en febrero, la expedición del general Ralph Abercromby y el almirante Henry Harvey le había arrebatado a España la isla de Trinidad casi sin disparar. Envalentonados, pusieron rumbo al premio mayor: Puerto Rico, la llave oriental del golfo, el primer puerto fortificado que encontraba quien entraba en el Caribe. Traían la mayor fuerza anfibia vista en aquellas aguas: unas sesenta velas y varios miles de soldados curtidos.

La plaza no era menor. San Juan estaba sentada sobre un islote, guardada por dos castillos —El Morro y San Cristóbal— y un cinturón de murallas que dos siglos de piratas y armadas no habían podido morder: ni Drake en 1595 ni el propio Estado inglés en 1598 la habían tomado. Si caía ahora, Inglaterra tendría una base para dominar el Caribe entero y estrangular la carrera de Indias por su puerta de entrada. En juego no estaba una isla: estaba el candado del golfo.

Los contendientes

Mandaba la defensa el capitán general Ramón de Castro, con cerca de cuatro mil hombres de muy distinta condición: el veterano regimiento Fijo de Puerto Rico, las disciplinadas milicias de pardos y morenos libres —hombres de color que defendían su tierra con las armas en la mano—, la milicia urbana y los vecinos de la ciudad. Detrás, las mujeres de San Juan, que acarrearon agua, pólvora y consuelo a las murallas durante quince días.

Enfrente, la flor del ejército y la marina británicos, recién crecidos con la toma de Trinidad. La desproporción de hombres y cañones era enorme; la de moral, ninguna: los de dentro peleaban en su casa, sobre unos muros que conocían piedra a piedra, y los de fuera atacaban un laberinto de fortalezas bajo el sol y las fiebres del trópico.

El escenario

Un islote cerrado por dos castillos y una sola entrada de tierra —el puente de San Antonio—: para tomar San Juan había que cruzar aquel embudo batido por la artillería. Nadie lo cruzó.

¿Dónde ocurrió?
San Juan
Lo que estuvo en juego

Las cifras de la isla que no cayó

velas británicas, la mayor flota vista en el Caribe
de asedio sin cruzar un solo puente
procesión de antorchas que valió por un ejército

Así se desarrolló

17 de abril de 1797

La flota cierra la bahía

Harvey fondea ante San Juan y Abercromby desembarca al este de la ciudad, en el istmo de Condado. El plan es sencillo: cruzar el puente de San Antonio, la única entrada de tierra al islote, y asaltar las murallas por su punto más débil.

Del 18 al 24 de abril

El puente de San Antonio

Allí se rompe el plan. El paso es un embudo batido por la artillería de San Cristóbal: cada intento de forzarlo se deshace bajo el fuego cruzado. Los británicos montan baterías y bombardean la ciudad, pero no logran cruzar. El asedio se estanca.

Últimos días de abril

Las salidas nocturnas

Ramón de Castro no se limita a resistir: manda partidas que salen de noche a hostigar el campamento inglés, le queman posiciones y no le dejan dormir. Las fiebres del trópico empiezan a hacer entre los sitiadores lo que no hacen las balas.

Noche del 30 de abril

La Rogativa

El obispo Trespalacios saca en procesión a la ciudad: mujeres y vecinos recorren las calles con antorchas y campanas, pidiendo amparo. La tradición cuenta que los británicos, al ver aquel río de luces moverse por las murallas y oír el repique, creyeron que a la plaza le habían llegado refuerzos de tierra adentro. Fuera leyenda o casualidad, aquella fue su última noche.

1 – 2 de mayo

Abercromby leva anclas

Tras quince días sin cruzar un puente, con el campamento diezmado por la enfermedad y la ciudad más firme que el primer día, Abercromby reembarca y se marcha. Deja atrás cañones, pertrechos y la fama de invencible que traía de Trinidad. Puerto Rico sigue siendo español.

El desenlace

La victoria fue del pueblo entero, y así se recordó. Puerto Rico no volvería a ser atacado por una potencia europea: la próxima vez que cambiara de manos —un siglo después, en 1898— sería por un tratado firmado en un despacho, no por un asalto. San Juan levantó a la orilla de la bahía la escultura de La Rogativa, con el obispo y las mujeres de las antorchas, para que la ciudad no olvidara la noche en que sus luces valieron por un ejército. Las milicias de pardos que defendieron los muros son hoy uno de los orgullos de la memoria puertorriqueña.

Creyeron que las luces de la procesión eran el ejército que bajaba a socorrernos — y con las antorchas y las campanas ganó la ciudad su última noche de asedio.

La tradición de La Rogativa San Juan de Puerto Rico, 30 de abril de 1797

Lo que sintieron

Lo que sintieron los que defendieron San Juan en 1797 —el regimiento Fijo, las milicias de pardos libres, la ciudad entera— fue el orgullo de una defensa que era de todos. Contra la mayor flota vista en el Caribe, no resistió una guarnición peninsular llegada de fuera, sino los propios puertorriqueños, blancos, pardos y negros libres hombro con hombro.

Debieron de sentir, al ver retirarse a los británicos, que aquella isla era ya inequívocamente suya: que la habían defendido sus vecinos, con sus manos, y que esa tierra tenía quien la quisiera lo bastante como para morir por ella. Pocas victorias dejan una idea tan clara de a quién pertenece de verdad un lugar.

Por qué importa

Porque 1797 fue el año en que la Royal Navy, dueña de los mares, chocó dos veces contra la Hispanidad y dos veces rebotó: en julio dejaría a Nelson sin brazo en Tenerife, y en la primavera se había estrellado ya contra San Juan. Y porque quienes defendieron la isla no fueron solo soldados de rey, sino milicias de pardos libres, vecinos y mujeres con antorchas: la prueba de que estas murallas las sostuvo siempre una comunidad entera. En el mapa de esta casa, San Juan se enciende con la luz de una procesión.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

retrato de época
Ramón de Castro
Ramón de Castro
Capitán general · defensor

No se limitó a resistir: cerró el puente de San Antonio con el fuego de San Cristóbal y mandó partidas nocturnas a hostigar el campamento inglés y no dejarlo dormir. Cuando Abercromby reembarcó, Puerto Rico seguía siendo español.

1749 – 1810
Ralph Abercromby
Ralph Abercromby
General británico

Venía de tomar Trinidad casi sin disparar y traía la mayor fuerza anfibia del Caribe. Quince días después de desembarcar, con el campamento diezmado por las fiebres y sin cruzar un puente, levó anclas dejando atrás su fama de invencible.

1734 – 1801
retrato de época
Obispo Trespalacios
Obispo Trespalacios
Juan Bautista de Trespalacios

La noche del 30 de abril sacó a la ciudad en rogativa: mujeres y vecinos recorrieron las murallas con antorchas y campanas. La tradición cuenta que los británicos tomaron aquel río de luces por un ejército de refuerzo.

s. XVIII