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Defensas de la civilización · 1797

«El Tigre» contra Nelson: la noche de Santa Cruz de Tenerife

En julio de 1797, el marino más temido de Inglaterra creyó que tomar Santa Cruz sería un paseo: ocho navíos, cuatro mil hombres y la fama de no perder nunca. Enfrente tenía a un general de sesenta y un años y a una ciudad de milicianos, frailes y pescadores. Aquella noche Horatio Nelson dejó en el muelle su brazo derecho — y la única derrota en tierra de toda su carrera.

17977 min de lectura
El cañón «El Tigre», al que la tradición atribuye el disparo que hirió a Nelson
«El Tigre», el cañón de bronce al que la tradición canaria atribuye el disparo de metralla que destrozó el brazo de Nelson. Se conserva en Santa Cruz de Tenerife. Foto: Hajotthu, CC BY 3.0
Monarquía Hispánica · Cruz de Borgoña
Santa Cruz de Tenerife
Milicias, frailes y pescadores
y las baterías de costa
~1.700 defensores
Entre sus cañones, «El Tigre»
Al mando: Antonio Gutiérrez de Otero
Reino Unido · Royal Navy
Royal Navy
Ocho navíos y marinería
de desembarco veterana
8 buques · ~4.000 hombres
Al mando del marino invicto de Inglaterra
Al mando: Horatio Nelson
Fecha
22 – 25 de julio de 1797
El asalto, en la noche del 24 al 25
Lugar
Santa Cruz de Tenerife
Islas Canarias
Resultado
Nelson, rechazado
Perdió allí el brazo derecho

Se muestra la bandera británica actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.

El origen del conflicto

En 1796 España volvió a la guerra contra Inglaterra, esta vez del lado de Francia. La Royal Navy quería un golpe de efecto en el Atlántico, y puso el ojo en la escala que unía Europa con América: Santa Cruz de Tenerife, puerto obligado de la carrera de Indias. Corría además el rumor de que en su bahía se reparaba un navío cargado con la plata del galeón de Manila. Presa de guerra, prestigio y tesoro, todo en un mismo puerto.

El encargo recayó en la estrella del momento: el contralmirante Horatio Nelson, que meses antes se había cubierto de gloria en el cabo de San Vicente. Traía ocho buques —entre ellos su Theseus— y cerca de cuatro mil hombres endurecidos. Sobre el papel, Santa Cruz era un objetivo menor que caería en una noche. Nelson lo daba por hecho hasta el punto de no dudar de la victoria: nunca la había necesitado dudar.

Pero Santa Cruz no era solo una ciudad. Era la bisagra atlántica de la Monarquía, la última tierra firme antes de América y la primera de vuelta. Si Inglaterra clavaba allí su bandera, cortaba de un tajo la vena que unía las dos orillas de la Hispanidad. En aquel muelle no se defendía una plaza: se defendía el camino de ida y vuelta de todo un mundo.

Los contendientes

La plaza la mandaba Antonio Gutiérrez de Otero, un general de sesenta y un años, veterano y metódico, que llevaba tiempo preparando las defensas de la isla contra este mismo peligro. Bajo su mando había poco más de 1.700 hombres: el batallón de Canarias, las milicias provinciales de labradores y artesanos, un centenar de marinos franceses de un barco refugiado en el puerto, frailes y vecinos con escopetas de caza. Y las baterías de costa, mal dotadas pero bien emplazadas, con nombres que la isla no ha olvidado: entre sus cañones de bronce, uno apodado «El Tigre».

Enfrente, la flor de la Marina inglesa: marinería y soldados de desembarco curtidos, al mando de oficiales que llegarían lejos —el capitán Thomas Troubridge entre ellos— y de un jefe que en ocho años sería el hombre de Trafalgar. La desproporción era tan grande que el único que no la veía como un problema era Gutiérrez: sabía que de noche, contra corriente y sin conocer la costa, cuatro mil hombres podían valer menos que mil que pelean en su casa.

¿Dónde ocurrió?
Tenerife
Lo que estuvo en juego

Las fuerzas enfrentadas

Defensores de Santa Cruz~1.700
Batallón de Canarias, milicias, marinos franceses, frailes y vecinos
Royal Navy~4.000
Marinería y tropa de desembarco de ocho navíos

Así se desarrolló

22 de julio de 1797

El primer intento fracasa

Nelson lanza sus lanchas contra la costa al norte de la ciudad, bajo el castillo de Paso Alto. La corriente atlántica las descuelga hacia el sur y el fuego de las baterías las obliga a retirarse antes de tocar tierra. Un segundo intento a la noche siguiente vuelve a deshacerse. La sorpresa, que era su mejor arma, se ha perdido.

Noche del 24 al 25 de julio

El asalto al muelle — y la metralla

Nelson decide jugárselo todo a un ataque frontal contra el muelle, en persona y a oscuras. Al saltar a tierra, una descarga de metralla —la tradición se la atribuye al cañón «El Tigre»— le destroza el brazo derecho por encima del codo. Lo devuelven a rastras a su barco, donde esa misma madrugada se lo amputan. Muchas lanchas zozobran en la rompiente o son barridas por la artillería antes de desembarcar a un solo hombre.

25 de julio, madrugada

La columna atrapada

Solo una parte de la fuerza logra desembarcar, con Troubridge al frente, y se abre paso hasta la plaza de la ciudad. Allí queda cercada: sin pólvora seca tras el remojón, sin refuerzos posibles y con los vecinos disparándole desde cada ventana y azotea. Refugiados junto al convento de Santo Domingo, los ingleses comprenden que no pueden ni avanzar ni volver al mar. Troubridge pide parlamentar.

25 de julio, mañana

La capitulación honrosa

Gutiérrez, dueño de la situación, podría haberlos aniquilado. En vez de eso concede una capitulación generosa: los ingleses reembarcarán con sus armas y sus banderas, y la ciudad les dará pan y vino para los heridos. La única condición es una promesa: no volver a atacar las Canarias. Los botes ingleses regresan a la escuadra bajo la mirada de una ciudad que no ha caído.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de la gesta

única batalla en tierra que perdió Nelson
defensores: milicianos, frailes y pescadores
navíos británicos, rechazados

El desenlace

Lo que vino después es de las páginas más caballerescas de aquel siglo de pólvora. Nelson, agradecido por el trato a sus heridos, envió a Gutiérrez un obsequio de cerveza y queso ingleses; el general le respondió con vino canario. El almirante llegó a ofrecerse para llevar en su propio barco las cartas del general al Gobierno español, y firmó aquella oferta —por primera vez— con la mano izquierda: la derecha ya no la tenía. Pocas banderas capturadas se han guardado con más orgullo que las inglesas de aquella noche, que aún cuelgan en las iglesias de Santa Cruz; y pocos cañones tienen nombre propio como «El Tigre», hoy pieza de museo.

Nelson se rehízo de la herida y del ánimo. Ocho años después, en Trafalgar, sellaría el dominio británico de los mares durante un siglo. Pero Santa Cruz de Tenerife siguió siendo, hasta el final de su vida, la única batalla en tierra que perdió — y el lugar donde dejó, literalmente, un pedazo de sí mismo.

Me he convertido en una carga para mis amigos e inútil para mi patria… un almirante zurdo nunca volverá a ser tenido por útil.

Horatio Nelson Carta a su superior tras perder el brazo, agosto de 1797

Lo que sintieron

Lo que sintieron los milicianos, frailes y pescadores de Santa Cruz al ver frente a su ciudad al marino más temido de Inglaterra fue, seguramente, la conciencia de estar en clara desventaja — y, aun así, las ganas de no ponérselo fácil. No eran un ejército profesional: eran la gente del lugar, mandada por un general de sesenta y un años, defendiendo su casa con lo que había.

Y luego vino el asombro de la victoria imposible: Nelson, el que no perdía nunca, reembarcado y sin un brazo, dejando atrás su intento. Debieron de sentir esa alegría incrédula, y también la generosidad del vencedor: la tradición cuenta que el general Gutiérrez despidió a los ingleses con vino y cortesía. Habían ganado, y podían permitirse ser magnánimos.

Por qué importa

Porque el hombre que Inglaterra convirtió en su mayor héroe naval fue vencido, una sola vez y en tierra, por una ciudad de milicianos, frailes y pescadores mandados por un general anciano. Porque aquella defensa mantuvo abierta la puerta atlántica de una civilización que ya hablaba español a los dos lados del océano. Y porque el vencedor no remató al vencido: le dio pan, vino y palabra. En el mapa de esta casa, Santa Cruz de Tenerife se enciende cada 25 de julio con el fogonazo de un cañón que tenía nombre de fiera.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Antonio Gutiérrez de Otero
Antonio Gutiérrez de Otero
General · comandante de la plaza

Veterano y metódico, a sus sesenta y un años tenía preparadas las defensas de la isla. Dueño de la situación, no remató al vencido: le dio pan, vino para los heridos y una capitulación honrosa.

1729 – 1799
Horatio Nelson
Horatio Nelson
Contralmirante · Royal Navy

La estrella de la Marina inglesa. En Santa Cruz perdió el brazo derecho y su única batalla en tierra; ocho años después sellaría en Trafalgar el dominio británico de los mares. Agradeció el trato a sus heridos con un obsequio de cerveza y queso.

1758 – 1805
Thomas Troubridge
Thomas Troubridge
Capitán · jefe del desembarco

Logró desembarcar y abrirse paso hasta la plaza, pero quedó cercado, sin pólvora seca y sin retirada. Fue quien pidió parlamentar: la rendición de la única columna que tocó tierra.

1758 – 1807