En julio de 1808, Napoleón dominaba Europa y nadie había vencido aún a sus ejércitos en batalla campal. Entonces, en un secarral de Jaén, bajo un sol que mataba, un ejército español rodeó a un cuerpo entero francés y lo obligó a rendirse: diecisiete mil hombres del Emperador entregaron las armas. Fue la primera grieta en el mito de la invencibilidad, y su noticia dio esperanza a un continente.


Se muestra la bandera francesa actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.
En la primavera de 1808, Napoleón creyó que ocupar España sería un paseo: metió a su hermano en el trono y mandó columnas a tomar el país. Pero el 2 de mayo Madrid se levantó, y tras él, pueblo a pueblo, toda España. El Emperador ordenó entonces castigar el sur: el general Dupont bajó por Andalucía con un cuerpo de ejército rumbo a Cádiz. De camino, sus tropas saquearon Córdoba con una violencia que encendió aún más a la población.
Pero el sur no estaba indefenso. El general Francisco Javier Castaños, desde el campo de Gibraltar, había reunido y organizado un ejército con tropas regulares y voluntarios andaluces. Cuando Dupont, cargado de botín y con miedo a quedar aislado, empezó a replegarse hacia el norte por el valle del Guadalquivir, los españoles vieron la ocasión: cerrarle la ratonera.
Un secarral de Jaén, entre Córdoba y el desfiladero de Despeñaperros: la ratonera donde un ejército sediento se estrelló contra la línea española.
Dupont toma y saquea Córdoba. El desmán le gana el odio de toda Andalucía y le carga de un botín que ralentizará su marcha. Nervioso, decide retroceder hacia Despeñaperros para no quedar cortado.
Castaños divide su ejército para envolver al francés a lo largo del Guadalquivir. La división del suizo al servicio de España Teodoro Reding cruza el río por Mengíbar y se interpone entre Dupont y el desfiladero de Despeñaperros, su única vía de escape hacia Madrid.
Atrapado, Dupont ataca desesperadamente para abrirse paso en Bailén. Bajo un calor de más de cuarenta grados, sin agua, sus columnas se estrellan una y otra vez contra la línea española, que no cede. Los franceses, extenuados y sedientos, se deshacen. Las cargas fracasan.
Roto y rodeado, Dupont pide parlamento. Se firma la rendición: unos 17.000 soldados franceses entregan las armas. Es la primera vez que un ejército de Napoleón capitula en campo abierto. La noticia corre por Europa como un reguero de pólvora.
El eco de Bailén fue inmenso, mucho mayor que la batalla misma: demostró que la Grande Armée podía ser vencida, y dio alas a todos los que en Europa resistían a Napoleón. El Emperador, furioso, tuvo que venir en persona a España con lo mejor de su ejército. La guerra sería aún larguísima y durísima —«la úlcera española», la llamó él mismo—, pero el hechizo de la invencibilidad se había roto para siempre en un secarral de Jaén.
La capitulación de Bailén ha sido para mi ejército una mancha que solo la sangre podrá lavar.
Napoleón Bonaparte Sobre la derrota de Dupont, 1808Lo que sintieron aquellos soldados bajo el sol de julio de Jaén fue, antes que nada, el asombro de comprobar que se podía: que el ejército que nadie había derrotado en campo abierto también sangraba, también se rendía. Habían pasado sed, calor y miedo en un secarral que mataba, y de pronto tenían delante a un cuerpo entero francés entregando las armas. Debió de ser una alegría casi incrédula, la del que descubre que el gigante no era invencible.
Y con ella, un orgullo que corrió por toda Europa: Bailén fue la primera grieta en el mito de Napoleón, y la abrieron unos hombres a los que nadie daba una posibilidad. No sabían aún el precio terrible que la guerra les cobraría después; aquel día solo sintieron que habían hecho lo imposible.
Porque Bailén es la prueba de que un pueblo decidido puede plantar cara al poder que parece invencible. La victoria no la ganó solo un ejército profesional: la hicieron posible, también, los voluntarios andaluces y la resistencia de todo un país que se negó a agachar la cabeza. En nuestro mapa, el 19 de julio se enciende el valle del Guadalquivir — el lugar donde, por primera vez, se le dijo «no» al dueño de Europa.
Y hay en Bailén algo que va más allá de España: fue el aviso de que la voluntad de un pueblo pesa más que la fuerza de un imperio. Esa misma chispa —la de gente común que se niega a ser sometida— recorría por aquellos años el mundo hispano entero, a los dos lados del océano. Conviene recordarlo sin caer en la leyenda dorada: la guerra que Bailén abrió fue atroz, llena de sufrimiento para todos. Pero el mensaje que quedó fue luminoso y universal: ningún poder es invencible cuando enfrente hay hombres y mujeres dispuestos a defender lo suyo. Por eso Bailén no es solo una fecha española: es una de esas victorias en las que se reconoce cualquiera que alguna vez haya tenido que resistir.

Reunió y organizó desde el campo de Gibraltar el ejército que cerró la ratonera a Dupont. La victoria le valió el título de duque de Bailén y un lugar de honor en la historia militar española.

Cruzó el Guadalquivir por Mengíbar y se interpuso entre los franceses y Despeñaperros, su única vía de escape. Su maniobra selló el cerco. Uno más de los muchos extranjeros que hicieron suya la causa de esta casa.

Saqueó Córdoba y, cargado de botín, se dejó atrapar en el valle. Roto y sin agua, fue el primero en firmar la rendición de un ejército de Napoleón en campo abierto. El Emperador no se lo perdonó jamás.