En el verano de 1808, la mejor infantería del mundo —la de Napoleón— se plantó ante Zaragoza esperando rendirla en una tarde: una ciudad abierta, sin murallas serias y sin ejército. Tardaría meses, dejaría miles de muertos y aprendería una palabra nueva. Cuando le pidieron que se rindiera, Zaragoza respondió: «Guerra a cuchillo». Y cuando cayeron los artilleros de una puerta, una muchacha del pueblo tomó la mecha.


Se muestra la bandera francesa actual; la Cruz de Borgoña era la enseña de la Monarquía Hispánica.
En la primavera de 1808, Napoleón secuestró a la familia real española, colocó a su hermano en el trono y ordenó a sus ejércitos ocupar España como quien recoge una herencia. El 2 de mayo, Madrid se levantó; el eco de aquel grito corrió por toda la Península. En Aragón, el pueblo proclamó capitán general a un joven noble, José de Palafox, y se preparó para lo imposible: resistir a la mayor potencia militar del planeta.
El objetivo francés era Zaragoza, llave del valle del Ebro y camino hacia el este. Sobre el papel, no había defensa posible: una ciudad de casas de ladrillo, con una tapia vieja por toda muralla y sin apenas tropas regulares. Los generales de Napoleón contaban con tomarla en un paseo. No entendían que no iban a asaltar una fortaleza, sino una ciudad entera decidida a convertir cada calle, cada convento y cada casa en un reducto.
En 1808, un sitio se ganaba con ingenieros, cañones de gran calibre y murallas abaluartadas: era casi una ciencia. Y Zaragoza no tenía nada de eso. Era una ciudad abierta de casas de ladrillo a orillas del Ebro, con una tapia vieja por toda muralla, sin fortificaciones modernas, sin apenas tropas regulares y sin artillería de peso. Para los mariscales de Napoleón —que venían de arrollar a los ejércitos de Austria, Prusia y Rusia— tomarla no era una batalla: era un trámite de una tarde.
Los defensores eran, sobre todo, el pueblo: campesinos aragoneses, artesanos, frailes, mujeres y niños, con un puñado de soldados veteranos como armazón. No tenían ingenieros, ni murallas modernas, ni casi artillería. Tenían la ciudad y la voluntad de no entregarla. Frente a ellos, la infantería y la artillería de sitio del Imperio francés, la máquina de guerra que había humillado a los ejércitos de media Europa — y que aquí, por primera vez, se encontró con algo que no sabía combatir: una población que no se rendía aunque se le cayera la casa encima.
Una ciudad abierta a orillas del Ebro, sin más muralla que una tapia vieja: el tablero donde un pueblo entero decidió pelear casa por casa.
Los franceses llegan ante Zaragoza y atacan confiados, esperando que la ciudad abierta se derrumbe al primer empujón. Se estrellan contra una resistencia furiosa en las puertas y los arrabales. La ciudad, que debía caer en una tarde, aguanta.
En un asalto general, los franceses arrasan la batería de la puerta del Portillo: caen todos sus artilleros. Cuando el cañón va a quedar mudo y la brecha abierta, una joven que llevaba comida a los defensores, Agustina de Aragón, salta sobre los muertos, toma la mecha de manos de un artillero caído y dispara el cañón a bocajarro contra la columna francesa. La carga se detiene; los defensores vuelven al muro. El gesto de una sola mujer reanima a toda la ciudad.
Los franceses entran por fin en la ciudad y toman media Zaragoza. Envían a Palafox una nota exigiendo la rendición: «Cuartel general, Santa Engracia. Capitulación». La respuesta pasa a la historia: «Cuartel general, Zaragoza. Guerra a cuchillo». Y se pelea, literalmente, a cuchillo: casa por casa, habitación por habitación, durante días.
Tras la derrota francesa de Bailén en Andalucía, el ejército imperial no puede sostener el sitio y se retira del valle del Ebro. Zaragoza, medio en ruinas pero invicta, ha rechazado el Primer Sitio. La noticia recorre Europa: alguien le ha ganado un pulso a Napoleón.
Napoleón, humillado, vuelve con un ejército aún mayor. El Segundo Sitio es una agonía de hambre y tifus, casa por casa, en la que muere una parte enorme de la población. Zaragoza cae al fin, exhausta, pero su resistencia se ha convertido ya en leyenda europea de lo que puede un pueblo que no se rinde.
Lo que salvó Zaragoza no fue una tropa, sino una ciudad convertida en ejército. Cuando faltaban murallas, se peleaba desde los balcones; cuando caía una calle, se resistía en la siguiente; cuando un convento se volvía fortín, allí morían los frailes con el fusil en la mano. Campesinos, artesanos, mujeres y niños convirtieron cada casa en un reducto. El momento que resumió aquel temple lo protagonizó una muchacha, Agustina de Aragón: llevaba comida a los defensores del Portillo cuando cayeron, uno tras otro, todos los artilleros. El cañón iba a quedar mudo y la brecha abierta. Entonces saltó sobre los muertos, tomó la mecha de un artillero caído y disparó a bocajarro contra la columna francesa. La carga se detuvo, y con aquel fogonazo se reanimó la ciudad entera.
Y estaba la voluntad de hierro del mando. Cuando los franceses ya habían tomado media ciudad y exigieron la rendición, José de Palafox respondió con dos palabras que recorrieron Europa: «guerra a cuchillo». No era una bravata: se peleó, literalmente, a cuchillo, habitación por habitación, durante días. Aquella gente no defendía una posición militar; defendía sus casas, sus iglesias, su ciudad y la idea de no dejarse gobernar por un extranjero impuesto a la fuerza. Le enseñaron a Napoleón, y de paso a toda Europa, que hay algo que ningún ejército puede tomar: un pueblo que ha decidido no rendirse aunque se le caiga la casa encima.
Agustina de Aragón sobrevivió a los Sitios, fue hecha prisionera, escapó y siguió combatiendo en la guerra como oficial de artillería: acabó siendo la única mujer en el ejército con grado por méritos de guerra. Su gesto en el Portillo, inmortalizado por Goya en sus grabados y por pintores de toda Europa, se convirtió en el símbolo universal de la resistencia popular. Zaragoza recibió el título de «Siempre Heroica», y su nombre se hizo, en varios idiomas, sinónimo de defensa a ultranza.
Cuartel general, Zaragoza. Guerra a cuchillo.
José de Palafox Respondiendo a la intimación francesa, agosto de 1808Imaginar lo que se vivió en Zaragoza es asomarse al horror y al coraje a la vez. Durante el Segundo Sitio, la gente peleaba y moría en su propia casa, en su propia cocina, mientras al otro lado del tabique combatía el enemigo. El hambre apretaba, el tifus se llevaba a familias enteras, los cadáveres se amontonaban en las calles porque no había manos para enterrarlos. Y aun así se seguía disparando desde la ventana. Es difícil concebir una determinación más absoluta que la de una ciudad que decide morir de pie antes que abrir las puertas.
En medio de esa pesadilla, hubo también fogonazos de una grandeza que emociona. El de Agustina en el cañón, que Goya dibujó bajo el título «¡Qué valor!», y que dio la vuelta al mundo porque en él se veía algo nuevo: la victoria con rostro de mujer del pueblo. Lo que sintió aquella muchacha al saltar sobre los muertos y prender la mecha no lo sabremos nunca, pero sí sabemos lo que sintió al verla la ciudad entera: que si una costurera era capaz de aquello, nadie tenía derecho a rendirse. Zaragoza cayó al fin, exhausta y medio muerta, pero se había ganado un título que dice más que cualquier victoria: «Siempre Heroica».
Porque Zaragoza le enseñó a Europa que a Napoleón se le podía resistir, y lo hizo no un ejército, sino un pueblo con su ciudad a cuestas. Y porque otra vez —como en La Coruña de María Pita, como en el San Juan de las antorchas— el rostro de la victoria es el de una mujer del pueblo con el arma en la mano. Agustina en el cañón es la misma imagen, dos siglos y un océano de distancia: la de una civilización que se defiende con todos sus hijos, sin preguntarles el oficio ni el sexo. En el mapa de esta casa, Zaragoza se enciende con el fogonazo del Portillo.

Llevaba comida a los defensores cuando cayeron todos los artilleros de la puerta del Portillo. Saltó sobre los muertos, tomó la mecha y disparó el cañón a bocajarro. Sobrevivió a los Sitios, escapó del cautiverio y acabó siendo oficial de artillería: la única mujer con grado por méritos de guerra.

Joven noble a quien el pueblo proclamó su jefe. A la intimación francesa de rendirse respondió con la frase que pasó a la historia: «Cuartel general, Zaragoza. Guerra a cuchillo». Sostuvo la resistencia hasta la agonía del Segundo Sitio.
Campesinos aragoneses, artesanos, frailes, mujeres y niños que convirtieron cada calle, cada convento y cada casa en un reducto. Sin ingenieros ni murallas modernas, le enseñaron a Europa lo que puede un pueblo que no se rinde aunque se le caiga la casa encima.