Napoleón había ocupado España, y solo una ciudad resistía sin caer: Cádiz, cercada por tierra y bombardeada sin descanso. Y fue justo allí, bajo las bombas, donde ocurrió algo asombroso: se reunieron diputados venidos de España, de toda la América hispana y hasta de Filipinas, y entre todos —peninsulares y americanos, como iguales— escribieron una de las primeras constituciones liberales del mundo. La llamaron cariñosamente La Pepa. Fue el último gran proyecto que los dos hemisferios de la Hispanidad hicieron juntos, como una sola nación.

En 1808, Napoleón secuestró al rey de España y puso en el trono a su hermano. El país se levantó en armas, pero los ejércitos franceses fueron ocupando ciudad tras ciudad. Para 1810, casi toda la España peninsular estaba bajo control francés — casi toda: en el extremo sur, la isla de Cádiz, protegida por el mar y por la flota, resistía cercada, bombardeada a diario, pero libre.
Y allí, en esa última ciudad libre, la resistencia hizo algo genial: en vez de limitarse a sobrevivir, decidió refundar la nación. Convocó unas Cortes Generales, un parlamento — pero no solo de españoles peninsulares. Se llamó a diputados de todos los territorios de la Monarquía: de México, del Perú, de Nueva Granada, del Río de la Plata, de Centroamérica, de Cuba, de Filipinas. Por primera y única vez, los representantes de los dos lados del océano se sentaron juntos, como iguales, a decidir el destino común.
Una isla al extremo sur de la Península, protegida por el mar y por la flota: la última ciudad libre, y las líneas que llegaban hasta ella desde toda América.
En plena guerra y bajo el asedio, se instalan las Cortes en la isla de León y luego en la propia Cádiz. Llegan diputados de todo el imperio, algunos tras viajes larguísimos y peligrosos cruzando un océano en guerra.
Durante dos años, mientras caen las bombas, se debate de todo: la soberanía, los derechos, la libertad de imprenta, la igualdad. Los diputados americanos pelean por la igualdad de representación entre los dos hemisferios y por los derechos de los pueblos de América. Es un parlamento de una modernidad asombrosa.
Se promulga la Constitución de 1812. Como es el día de San José, el pueblo la bautiza con cariño La Pepa. Proclama que la soberanía reside en la nación —no en el rey—, que la nación son «los españoles de ambos hemisferios», la separación de poderes, la libertad de imprenta y una amplia ciudadanía. Es una de las constituciones más avanzadas de su tiempo.
El rey Fernando VII, al volver, abolió La Pepa y persiguió a sus autores. Pero el texto ya había prendido: inspiró revoluciones liberales en media Europa y en América. «¡Viva la Pepa!» se convirtió en grito de libertad. Su semilla no murió.
La Constitución de 1812 tuvo una vida corta y accidentada en España, pero su influencia fue enorme y duradera a los dos lados del mar: fue modelo para las constituciones liberales de medio mundo y para las de las propias naciones americanas que estaban a punto de nacer. Y quedó como testimonio de un momento irrepetible: aquel en que españoles y americanos, en lugar de separarse, se sentaron juntos a imaginar una patria común, libre y moderna, de California a Filipinas.
La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
Artículo 1 de la Constitución de Cádiz 19 de marzo de 1812Lo que sintieron aquellos diputados, debatiendo la primera Constitución española mientras las bombas francesas caían sobre Cádiz, hubo de ser una rara mezcla de miedo y de entusiasmo. Estaban inventando, bajo asedio, un país nuevo: la idea de que la soberanía no era del rey, sino de la nación, y a redactarla había venido gente de las dos orillas del mar —peninsulares y americanos sentados como iguales—. Se oye aún, en las actas, el pulso de quienes sabían que escribían algo grande.
Y hubo, después, la melancolía de lo que no pudo ser. La Constitución de 1812 —«la Pepa»— fue barrida al volver el rey, y su promesa quedó a medias a un lado y otro del Atlántico. Pero los que estuvieron allí, bajo el fuego, debieron de sentir que habían encendido una chispa que ya nadie apagaría del todo: la de que un pueblo puede darse a sí mismo sus propias leyes.
Porque las Cortes de Cádiz son el gran «lo que pudo ser» de la Hispanidad: el momento en que el mundo hispano estuvo más cerca de convertirse, no en un imperio con colonias, sino en una gran nación de iguales repartida por el planeta. Que aquel proyecto se malograra —por la cerrazón del rey, por las guerras de independencia que ya estaban en marcha— no le quita grandeza; se la da, como a todas las oportunidades hermosas que la historia deja escapar. En nuestro mapa, 1812 enciende Cádiz y las líneas que llegan hasta ella desde toda América: el dibujo de una familia que, por un instante, deliberó junta.
Y hay una idea en aquel primer artículo que sigue emocionando: «la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». En 1812, un mexicano, un peruano, un filipino y un gaditano eran, en pie de igualdad, ciudadanos de lo mismo. La historia tomó luego otro camino, y las naciones hispanas siguieron cada una su rumbo soberano, como debía ser. Pero el sueño que se escribió bajo las bombas de Cádiz —el de que los pueblos que comparten lengua y origen podían decidir juntos, como iguales— no era descabellado entonces y no lo es ahora. Esta casa no propone rehacer aquella nación única; sí recordar que existió el intento, y que lo hicieron juntos, codo con codo, los abuelos de todos nosotros. Cádiz demostró que, cuando la Hispanidad se sienta a la misma mesa, es capaz de estar a la vanguardia del mundo. Ojalá no lo olvidemos.