En septiembre de 1847, el ejército de Estados Unidos llegó ante Ciudad de México. Guardaba la última colina, el castillo de Chapultepec, un puñado de cadetes adolescentes del Colegio Militar. Cuando llegó la orden de retirada, seis de ellos no la obedecieron. Prefirieron morir sobre el muro. Y uno, cuenta la tradición, se envolvió en la bandera para que el enemigo no la tomara, y saltó al vacío con ella.



En 1846 estalló la guerra entre México y Estados Unidos: el país del norte reclamaba Texas y ambicionaba los inmensos territorios del septentrión mexicano. Tras una campaña dura, en septiembre de 1847 el ejército estadounidense, al mando del general Winfield Scott, llegó a las puertas de la capital. Solo quedaba una defensa entre él y Ciudad de México: la colina y el castillo de Chapultepec, que albergaba el Colegio Militar.
Allí, junto a los soldados de la guarnición del general Nicolás Bravo, había un grupo de cadetes adolescentes, muchachos de entre trece y diecinueve años que estudiaban para oficiales. Cuando se ordenó evacuar el colegio, varios se negaron a marcharse: aquella era su escuela, su bandera y su patria, y decidieron defenderla con el resto.
De un lado, un ejército profesional, numeroso y bien armado, curtido en toda la campaña. Del otro, una guarnición escasa y, entre ella, un puñado de niños con uniforme de cadete. La desproporción era absoluta y el final, previsible. Pero hay derrotas que valen más que muchas victorias, porque enseñan de qué está hecho un pueblo. Los nombres de seis de aquellos cadetes los aprende de memoria cada niño mexicano: Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez y Vicente Suárez.
La última colina antes de Ciudad de México, coronada por un castillo y un colegio: el punto donde seis adolescentes decidieron que allí no pasaba la bandera enemiga.
La artillería estadounidense machaca el castillo durante todo un día para abrir brecha. Dentro, los defensores y los cadetes aguantan el fuego sabiendo que al amanecer vendrá el asalto.
Las columnas de infantería trepan la colina con escalas y toman el bosque y las defensas exteriores. El combate llega al propio edificio del colegio, escalera por escalera, sala por sala.
Llega la orden de retirada. La mayoría de la guarnición se repliega, pero seis cadetes se niegan a abandonar el castillo y siguen peleando cuando ya todo está perdido. Caen uno a uno defendiendo su colegio, arma en mano, contra un enemigo muy superior.
La tradición cuenta que, para que la bandera del colegio no cayera en manos del enemigo, el cadete Juan Escutia la arrancó de su asta, se envolvió en ella y se arrojó al vacío desde lo alto del castillo. Fuera exacto o leyenda, el gesto resume lo que aquellos muchachos hicieron: entregarlo todo antes que entregar la enseña.
Chapultepec cayó y, con él, Ciudad de México. México perdió la guerra y la mitad de su territorio. Pero de aquella derrota amarga nació uno de los símbolos más queridos de la patria: seis nombres de niños que enseñaron que hay cosas que no se rinden.
México levantó al pie del cerro de Chapultepec el Altar a la Patria, seis columnas de mármol por los seis cadetes, ante el cual desfila el país cada 13 de septiembre. Los Niños Héroes se convirtieron en la lección moral de la nación: la prueba de que el valor no tiene edad y de que la dignidad de un pueblo no se mide por las guerras que gana, sino por cómo pelea cuando las pierde. Pocos monumentos guardan tanta ternura y tanto orgullo a la vez.
Prefirieron morir sobre el muro de su colegio antes que arriar la bandera. Tenían quince, dieciséis, diecisiete años.
Conciencia Hispana Sobre los cadetes de Chapultepec, 13 de septiembre de 1847Lo que sintieron aquellos cadetes adolescentes, con el castillo de Chapultepec a punto de caer y la orden de retirada ya dada, es de las cosas que sobrecogen. Eran casi niños, y decidieron quedarse donde los hombres se marchaban. No hace falta adornar con leyenda lo que ya es, en su núcleo, verdadero: unos muchachos que prefirieron caer defendiendo su escuela y su bandera a ponerse a salvo. El miedo tuvo que ser inmenso; que se quedaran, aún más admirable por eso.
Y conviene contarlo sin rencor. Aquella guerra la ganó Estados Unidos, y a México le costó la mitad de su territorio; recordarlo con dolor no obliga a odiar a nadie, sino a honrar a los que cayeron. La imagen de esos cadetes no es un arma contra otro pueblo, sino un espejo en el que México aprendió lo que vale defender lo propio cuando todo parece perdido.
Porque es la respuesta a quien crea que el orgullo de un pueblo se funda solo en sus triunfos. México recuerda Chapultepec no para lamentar una derrota, sino para honrar una entrega: la de unos niños que, pudiendo salvarse, eligieron la bandera. En esta serie hay victorias deslumbrantes, pero pocas historias enseñan tanto como esta sobre lo que significa pertenecer a algo y no soltarlo. En el mapa de esta casa, Chapultepec se enciende con la última bandera de seis adolescentes.

El cadete que, según la tradición, arrancó la bandera del colegio, se envolvió en ella y se arrojó al vacío desde lo alto del castillo para que no cayera en manos del enemigo. Fuera exacto o leyenda, su gesto resume lo que aquellos muchachos hicieron: entregarlo todo antes que entregar la enseña.
Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez y Vicente Suárez. Sus nombres los aprende de memoria cada niño mexicano. Pudiendo salvarse con la retirada, se quedaron a pelear cuando ya todo estaba perdido, y cayeron uno a uno defendiendo su colegio.

General al mando de la escasa guarnición de Chapultepec. Sostuvo la colina bajo el bombardeo y el asalto de un ejército muy superior hasta que la posición se hizo insostenible. La última defensa entre el invasor y Ciudad de México.