Un aventurero de Tennessee, William Walker, se hizo con Nicaragua a sangre y fuego y proclamó que Centroamérica entera sería suya —y esclavista—. Por una vez, los pueblos del istmo, que tanto se dividían, se unieron como uno solo para echarlo al mar. Y el rostro de aquella gesta no fue un general, sino un tamborilero pobre de Alajuela que se ofreció para lo imposible.



A mediados del siglo XIX estaban de moda en Estados Unidos los filibusteros: aventureros que, con ejércitos privados, invadían países vecinos para hacerse con el poder. El más audaz de todos fue William Walker, un abogado y médico de Tennessee que en 1855 se metió en la guerra civil de Nicaragua, tomó el mando y acabó proclamándose presidente. Restableció la esclavitud, impuso el inglés como lengua oficial y anunció su verdadero plan: unir bajo su mando toda Centroamérica.
Para las jóvenes repúblicas del istmo, siempre enfrentadas entre sí, fue una amenaza mortal — y, por una vez, un motivo para unirse. Costa Rica fue la primera en declararle la guerra; Guatemala, El Salvador, Honduras y los propios nicaragüenses se sumaron. Nació así la Campaña Nacional: la vez que Centroamérica peleó como una sola nación.
Los filibusteros eran veteranos bien armados, con rifles modernos y la fama de invencibles que traían de sus aventuras. Enfrente tenían ejércitos improvisados de campesinos y milicianos centroamericanos, peor equipados pero peleando en su tierra y por su libertad. El símbolo de esa gente humilde sería un muchacho pobre de Alajuela, tamborilero del ejército costarricense: Juan Santamaría, «el Erizo».
De Guanacaste a Rivas: los campos y ciudades del istmo por donde los ejércitos aliados persiguieron y acorralaron a los filibusteros.
Los filibusteros invaden Costa Rica, pero en la hacienda de Santa Rosa, en Guanacaste, el ejército costarricense los sorprende y los derrota en apenas catorce minutos. La primera lección: la invencibilidad de Walker es un cuento.
El combate decisivo se libra en la ciudad nicaragüense de Rivas. Los filibusteros se hacen fuertes en un mesón desde el que fusilan a los atacantes. La única forma de desalojarlos es prenderle fuego — y hacerlo significa morir bajo sus balas.
El tamborilero Juan Santamaría se ofrece voluntario para la misión imposible. Pide solo que cuiden de su madre. Corre bajo el fuego con una tea encendida, alcanza el mesón y le prende fuego. El reducto arde y los filibusteros tienen que huir — pero él cae acribillado. Su gesto decide la batalla.
Acosado por todos los frentes y por una epidemia de cólera, Walker se rinde y abandona Centroamérica. Lo intentará de nuevo años después, hasta que en 1860 es capturado y fusilado en Honduras. El istmo ha salvado su independencia.
La Campaña Nacional dejó un héroe a cada país y un símbolo compartido: la certeza de que, unidos, los pueblos de Centroamérica eran invencibles. Costa Rica hizo de Juan Santamaría su héroe nacional; su monumento preside Alajuela y su nombre lleva el aeropuerto por el que el país saluda al mundo. El humilde tamborilero que solo pidió que cuidaran de su madre se convirtió en la prueba de que las grandes gestas las protagoniza, casi siempre, la gente más sencilla.
Voy a incendiar el mesón; pero si muero, que alguien cuide de mi madre.
Palabras atribuidas a Juan Santamaría Antes de la carga · Rivas, 11 de abril de 1856Lo que sintieron los centroamericanos que marcharon contra Walker fue, quizá por primera vez, el orgullo de ser uno solo. Pueblos que se pasaban la vida en disputas de fronteras y banderas se descubrieron de pronto hermanos ante una amenaza común: un extranjero que quería hacerse dueño del istmo y devolverlo a la esclavitud. Esa unión repentina, tan difícil siempre, tuvo que sentirse como una revelación.
Y hubo el sacrificio anónimo, como el del joven que, según la tradición, prendió fuego al mesón donde se atrincheraban los invasores a costa de su vida. No peleaban por conquistar nada, sino por no ser conquistados; y al echar a Walker al mar, aquellos pueblos pequeños sintieron que su libertad no era un regalo, sino algo defendido con su propia sangre.
Porque es la historia de una unión: la vez en que unos pueblos que se dividían por todo se dieron la mano para defender lo que compartían. Frente a un invasor que venía a esclavizarlos y a borrarles la lengua, Centroamérica descubrió que era una familia. Y porque su héroe no fue un caudillo con charreteras, sino un muchacho pobre con un tambor y una antorcha: exactamente el tipo de valor que esta casa quiere recordar. En el mapa de la Hispanidad, Rivas se enciende con la tea de Juan Santamaría.