En 1862, el ejército más poderoso y temido del mundo —el de Napoleón III— marchó sobre México creyendo que sería un paseo. Frente a los cerros de Puebla lo esperaba un ejército más pequeño, peor armado y mandado por un general de treinta y tres años, Ignacio Zaragoza. Al caer la tarde, lo increíble había ocurrido: las armas mexicanas se habían cubierto de gloria.



Arruinado tras años de guerras, México suspendió en 1861 el pago de su deuda externa. Francia, Inglaterra y España enviaron barcos a cobrar; pero mientras las otras dos negociaron y se retiraron, Napoleón III vio la ocasión de algo más grande: convertir México en un imperio satélite bajo un príncipe europeo. Su ejército, que no perdía una batalla desde hacía medio siglo, desembarcó y avanzó tierra adentro con toda confianza hacia la capital.
La llave del camino era Puebla, guardada por los cerros de Loreto y Guadalupe. Allí plantó cara el ejército republicano, al mando del general Ignacio Zaragoza. La orden que dio a sus hombres antes del combate lo resume todo: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México».
La deuda fue solo el pretexto. Cuando México suspendió sus pagos en 1861, Francia, Inglaterra y España enviaron barcos a cobrar; pero en cuanto las otras dos potencias vieron que Napoleón III no buscaba dinero, sino un imperio, negociaron por su cuenta y se retiraron. El emperador francés tenía un plan mucho más ambicioso: aprovechar que los Estados Unidos estaban desangrándose en su Guerra de Secesión —y no podían hacer valer la doctrina Monroe— para convertir México en un trono satélite bajo un príncipe europeo, Maximiliano de Habsburgo. Puebla se interponía en el camino a la capital.
Los franceses eran unos seis mil, con artillería moderna y la aureola del ejército invencible de Europa. Los mexicanos, unos cuatro mil, peor armados, muchos de ellos indígenas y campesinos con fusiles viejos. La diferencia de material y de fama era enorme; la de terreno y de moral, favorable a quien defendía su tierra desde lo alto de dos fuertes.
Dos cerros con sus fuertes, Loreto y Guadalupe, guardando la llave del camino a la capital: el terreno alto desde el que un ejército pequeño detuvo al mejor del mundo.
El general Lorencez desdeña rodear la ciudad y decide lo más directo: un asalto frontal contra los cerros de Loreto y Guadalupe, seguro de que la infantería francesa barrerá a los defensores en una sola carga.
Los franceses cargan una, dos, tres veces cuesta arriba contra los fuertes. Cada vez son rechazados por el fuego de cañón y fusil de los defensores, que aguantan firmes en sus posiciones. Las bajas francesas se acumulan en la ladera.
Cuando el asalto francés se quiebra, Zaragoza lanza a su caballería y a la infantería contra el enemigo desordenado. Una tormenta convierte la ladera en un barrizal que hunde a los atacantes. Los franceses, por primera vez en mucho tiempo, se retiran vencidos.
Zaragoza envía al gobierno el parte más famoso de la historia militar mexicana: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria». Lo imposible ha ocurrido: México ha derrotado al mejor ejército del mundo.
La arenga de Zaragoza antes del combate contenía ya toda la clave: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México». No prometía una victoria fácil; ofrecía algo más poderoso: la certeza de que peleaban por lo suyo, en su tierra, y que eso podía pesar más que la fama del enemigo. Y así fue. Cuando la infantería tenida por invencible cargó cuesta arriba contra los cerros de Loreto y Guadalupe, se encontró con hombres que no retrocedían: una, dos, tres veces se estrellaron las columnas francesas contra el fuego de los fuertes, y tres veces bajaron rotas la ladera, dejándola sembrada de bajas.
El mérito fue, sobre todo, de los humildes. Buena parte de aquellos defensores eran indígenas y campesinos de la Sierra Norte de Puebla, gente sencilla peor armada que el enemigo, que aguantó en sus posiciones donde ejércitos mejores se habrían quebrado. Cuando el asalto francés se deshizo, una tormenta convirtió la cuesta en un barrizal, y Zaragoza lanzó a su caballería y a su infantería sobre el enemigo desordenado. No los movía un rey ni un imperio: los movía la patria, la idea nuevísima de un México que era de todos y que no se dejaría convertir en colonia de nadie. Aquella tarde, unos labradores con fusiles viejos le enseñaron al mejor ejército del planeta que ninguna fama es invencible.
La victoria no fue el fin de la guerra: al año siguiente, Francia envió un ejército mucho mayor, tomó Puebla y llegó a imponer un imperio que duró hasta 1867. Pero el 5 de mayo de 1862 quedó grabado como el día en que un pueblo demostró que ningún ejército es invencible. La fecha se convirtió en fiesta nacional, y con el tiempo en un símbolo de orgullo mexicano celebrado incluso más allá de sus fronteras. Zaragoza murió pocos meses después, joven y en la cima de su gloria; la ciudad que defendió se llama hoy, en su honor, Puebla de Zaragoza.
Las armas nacionales se han cubierto de gloria.
Ignacio Zaragoza Parte tras la victoria de Puebla, 5 de mayo de 1862Pongámonos en la piel de un soldado mexicano aquella mañana, mirando desde el fuerte cómo se desplegaba abajo el ejército más temido del mundo, el que no perdía desde hacía cincuenta años. El miedo tuvo que ser inmenso: muchos eran campesinos que jamás habían visto nada igual, y sabían que enfrente venía Europa entera con su artillería y su leyenda. Y sin embargo, algo más fuerte que el miedo los mantuvo en su sitio: la voz de Zaragoza recordándoles quiénes eran, y el suelo que pisaban, que era el suyo.
Cuesta imaginar lo que sintieron al ver, por tercera vez, retirarse ladera abajo a los invencibles. Debió de ser incredulidad primero —¿de verdad estamos ganando?— y después una oleada de orgullo como pocas veces ha sentido un pueblo. No habían defendido solo dos cerros: habían demostrado, ellos, los pobres, los de los fusiles viejos, que a las grandes potencias se las puede mirar de frente. Ese sentimiento no cabía en un parte de guerra, pero Zaragoza lo destiló en seis palabras que México repite desde entonces: «las armas nacionales se han cubierto de gloria». Y aunque la guerra continuaría y vendrían años amargos, ya nadie pudo quitarles lo que supieron aquella tarde: que su valor valía tanto como el del primer ejército del mundo.
Porque es la demostración perfecta de que el tamaño y la fama de un ejército no deciden por sí solos una batalla: la deciden el terreno, la cabeza y el corazón de quien pelea por lo suyo. Puebla le dio a México —y de rebote a toda Hispanoamérica— la certeza de que a las grandes potencias se las puede mirar de frente. Pocas victorias han alimentado tanto orgullo con tan pocos medios. En el mapa de la Hispanidad, los cerros de Puebla se encienden con la gloria de una tarde de mayo.

General de treinta y tres años que arengó a los suyos: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México». Venció y firmó el parte más famoso del país: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria». Murió pocos meses después, en la cima de su gloria.
Unos cuatro mil hombres peor armados que el enemigo, muchos de ellos indígenas y campesinos con fusiles viejos. Rechazaron cuesta arriba, una y otra vez, a la infantería tenida por invencible de Europa, hasta hundirla en el barrizal de la ladera.
Jefe de la expedición francesa. Confiado en su fama, desdeñó rodear la ciudad y ordenó el asalto frontal a los cerros, seguro de barrer a los defensores en una carga. Sus columnas se estrellaron tres veces contra los fuertes y hubo de retirarse vencido.