Cuando la guerra más terrible que ha vivido América se acercaba a su final, Paraguay ya casi no tenía hombres: habían caído por millares. El 16 de agosto de 1869, en la llanura de Acosta Ñu, quien salió a defender la patria fue un ejército de niños — muchachos de nueve, diez, doce años, con uniformes de mayores y barbas pintadas para aparentar. Es una historia de guerra que no celebra la guerra, sino que llora y honra a la vez. Por eso Paraguay la recuerda cada año en el Día del Niño.


Entre 1864 y 1870, Paraguay libró contra una coalición de sus vecinos la guerra más devastadora de la historia de América. No es esta la página para repartir culpas de aquel conflicto entre pueblos hermanos —fue una tragedia para todos ellos, y así hay que contarla—, sino para recordar lo que ocurrió en su tramo final, cuando el país estaba ya arrasado. Paraguay había perdido en la guerra a una parte enorme de su población y a casi todos sus hombres en edad de combatir. Y, sin embargo, se negaba a rendirse.
En agosto de 1869, para cubrir la retirada del último resto del ejército y del gobierno, hubo que formar una fuerza con lo único que quedaba: niños y ancianos. A los muchachos, algunos de apenas nueve o diez años, se les dio uniforme, y a muchos se les pintó una barba en la cara para que de lejos parecieran hombres. Con ellos se plantó la defensa en la llanura de Acosta Ñu.
De un lado, unos tres mil quinientos defensores, la inmensa mayoría criaturas mandadas por unos pocos oficiales veteranos, con armamento escaso y viejo. Del otro, un ejército de unos veinte mil soldados profesionales, con artillería y caballería. No había ninguna posibilidad de victoria, y todos lo sabían. Lo que estaba en juego no era ganar, sino ganar tiempo: cada hora que aquellos niños resistieran era una hora que ganaban los que se retiraban a su espalda.
La llanura de Acosta Ñu, también llamada Campo Grande: el terreno abierto donde una fuerza minúscula tuvo que cubrir la retirada de toda una nación.
En la llanura de Acosta Ñu se despliega la pequeña fuerza paraguaya para cubrir la retirada del grueso del ejército. La componen sobre todo niños. Enfrente avanza un ejército aliado muchas veces mayor.
Contra todo pronóstico, los defensores aguantan hora tras hora. Los niños pelean con una entereza que, según los propios testimonios del bando contrario, dejó atónitos a los soldados veteranos. La batalla, que debía durar minutos, se prolonga durante toda la jornada.
Al caer la tarde, la resistencia se apaga por puro agotamiento y por el peso abrumador del enemigo. La mayor parte de aquellos niños queda en el campo. Es una de las escenas más desgarradoras de la historia militar de América — y una de las más valientes.
Su sacrificio cumplió su terrible objetivo: dieron tiempo a que el resto se pusiera a salvo y a que Paraguay, aun derrotado, no dejara de existir como nación. Murieron para que su patria siguiera en pie.
Paraguay salió de aquella guerra devastado como pocos países en la historia, y tardó generaciones en recuperarse. Pero de entre todo aquel dolor eligió como símbolo no una victoria, sino a sus niños de Acosta Ñu. Cada 16 de agosto, el país celebra en su memoria el Día del Niño: no una fiesta de guerra, sino un homenaje a la infancia y una promesa de que un sacrificio así no debe repetirse. Es, quizá, la forma más noble en que un pueblo puede recordar su hora más amarga.
Eran niños, y pelearon un día entero para que su país no dejara de existir. Paraguay no los recuerda para celebrar la guerra, sino para no olvidar jamás lo que costó seguir siendo.
Sobre los niños de Acosta Ñu 16 de agosto de 1869Lo que sintieron los niños de Acosta Ñu no hay corazón que lo lea sin encogerse. Paraguay se había quedado casi sin hombres —caídos por millares en la guerra más terrible que ha vivido América—, y el 16 de agosto de 1869 quien salió a defender la patria fue un ejército de niños, algunos con barbas pintadas para parecer mayores. Debieron de sentir un miedo impropio de su edad y, a la vez, esa lealtad ciega del que cree que no le queda otra que cumplir. Es una de las páginas más desgarradoras del continente.
Y hay que contarla sin cargar contra nadie, porque fue una tragedia de todos. No fue una gesta gloriosa, sino una herida abierta entre naciones hermanas que hoy comparten la misma lengua a un lado y otro de sus fronteras. Recordar a aquellos niños no es reavivar un rencor de guerra: es prometer, entre todos los pueblos que fueron parte de aquello, que nunca más se mande a un niño a morir por los errores de los mayores.
Porque no todas las gestas se cuentan para levantar el puño: algunas se cuentan para bajar la cabeza. Acosta Ñu no glorifica una guerra que fue una desgracia para toda la familia americana; honra el amor de un pueblo por su tierra, capaz de defenderla hasta con sus hijos cuando ya no le quedaba nada más. Es el orgullo hecho de dolor, y por eso Paraguay lo ha convertido en el día de sus niños. En el mapa de la Hispanidad, Acosta Ñu se enciende con una luz distinta: la de la ternura y el sacrificio, para que nunca vuelva a hacer falta.